Capítulo 8 PRUEBA DE COMPATIBILIDAD
ISABELLA
Antes de que nadie pudiera levantar la vista, me dejé caer de golpe al suelo y me escondí.
Allá abajo ya podía oír los gritos; todos listos para crucificar a quien lo hubiera hecho, aunque yo estaba segura de que el príncipe lo había esquivado.
Mi mirada, presa del pánico, se posó en la razón por la que la había arruinado y, por un segundo, casi me lanzé por la ventana yo también.
—Eh… s-señor… —balbuceé al licántropo rubio que me miraba con una ceja levantada, el mismo que había estado gritando desde las gradas durante la competencia.
Sus ojos brillantes danzaban de diversión.
—O de verdad te gusta Aurelius, o tienes ganas de morir —dijo, poniéndose en cuclillas para quedar más o menos a mi altura.
Era enorme, como todos los licántropos.
Pero bajo la chaqueta de cuero su complexión se veía más esbelta, y su sonrisa lo hacía mucho menos intimidante que los demás.
—No quise… No sabía que alguien iba a pasar… Entré en pánico…
—Ah, ¿así que ahora es culpa mía?
Síííí.
—Nooo, no, claro que no… —dije lo contrario de lo que pensaba, con la mirada ansiosa clavada en la puerta.
Thera me advirtió que alguien subía las escaleras a toda prisa.
¿Iba a entregarme?
—Por favor, se lo juro, soy inocente —le supliqué, con los ojos muy abiertos.
Se frotó la barbilla, como si estuviera pensando algo, aunque nunca parecía tomarse nada en serio.
—Puedo cubrirte esta vez, pero me vas a deber un favor —dijo por fin, incorporándose y recorriendo mi cuerpo con una mirada lenta y curiosa.
Por instinto, me encogí y me crucé de brazos sobre el pecho.
—Yo no hago ese tipo de favores —le dije, muy estirada.
Él soltó una carcajada.
—Eres divertidísima. Todavía no renuncio a que seas mi Seraphina.
Los pasos ya retumbaban en el pasillo de afuera. ¿El príncipe venía en persona?
Solo pensarlo me hizo temblar.
—No quiero nada sexual de ti, pero lo pensaré y luego te diré qué quiero. ¿Trato? —preguntó con calma.
—Trato —solté de inmediato, con el labio superior sudoroso, viendo ya la sombra del desastre caer sobre mí.
—No lo olvides, pequeña Omega —dijo, guiñándome un ojo, y tuve la clara sensación de que acababa de hacer algún tipo de pacto oscuro.
—Ahora métete debajo de esa cama.
Señaló mi propia cama, cerca, y me lancé hacia ella, escondiéndome sin pensarlo dos veces.
Vi sus botas de combate dirigirse hacia la entrada.
El corazón me latía tan fuerte que estaba segura de que lo oirían.
Contuve la respiración cuando dos personas entraron a la enfermería.
—Oigan, ¿qué hacen aquí ustedes?
—Señor William, vinimos a revisar. ¡Alguien acaba de atacar al príncipe Aurelius desde esa ventana! —respondieron voces masculinas; respetuosas, pero furiosas.
Me acurruqué más contra las baldosas frías.
—Ah, sí. Vi a una chica salir corriendo por ese pasillo. Se topó conmigo cuando entraba —mintió sin pestañear.
—¿En serio? Entonces vamos. ¡Gracias, señor William! —gritaron, y los oí salir corriendo.
Casi solté un suspiro de alivio, pero ese licántropo, William, empezó a canturrear desde la puerta.
—Tenía una Omega, ia-ia-oh… Y esa pequeña Omega me debía un favor, ia-ia-oh…
Se alejó tarareando esa melodía ridícula, y yo apoyé la frente en el suelo, pensando en lo enredada que ya estaba mi vida y apenas llevaba medio día en esta Academia.
Ahora estaba en deuda con otro licántropo. Maldición.
Por fin me escabullí fuera de la enfermería, deambulando sin un destino real.
Me aterraba toparme con cualquiera de esos lamebotas del príncipe.
Llegué a una esquina y miré hacia atrás; el vello de la nuca se me erizó.
No tenía idea de por qué, pero sentía como si alguien me estuviera observando.
—Hay un olor fuerte en el aire, pero quien sea se esconde muy bien.
Las palabras de Thera me hicieron recorrer un escalofrío por la columna.
Cualquiera que pudiera ocultarse así era poderoso. ¿Otro licántropo?
—Deberíamos encontrar a un profesor —murmuré. Ese era el plan… pero en cuanto doblé la esquina, choqué de frente con alguien que venía corriendo hacia mí.
—¡Savannah, ya te dieron de alta! ¡Qué bien! ¡Venía a visitarte!
—Kiara —exhalé, y cuando sentí su abrazo tímido, estuve a punto de romper en llanto.
Por fin, alguien conocido.
—¿Todavía te duele? —preguntó, preocupada, mirando mi pie.
—No, no, estoy bien. ¿Por qué estás vestida así?
La miré de arriba abajo. Llevaba un uniforme azul marino.
Una falda plisada hasta las rodillas, una camisa blanca debajo y, encima, una chaqueta entallada de mangas largas y cuello alto.
Sobre el pecho derecho, tenía bordado un emblema dorado con la cabeza de un lobo y las letras HMA.
Supuse que significaba HighMoon Academy.
Se veía elegante y caro.
—Te perdiste la ceremonia de apertura, pero no te preocupes, recogí todos los materiales, los horarios y adivina qué… —dijo, con los ojos brillantes.
Antes de que pudiera adivinar, siguió:
—¡Convencí a mi mamá de que nos pusiera en el mismo dormitorio!
La noticia me hizo absurdamente feliz. Con solo imaginarme atrapada viviendo con alguna de esas otras Seraphinas, me recorría un escalofrío por todo el cuerpo.
Recordé que había dicho que su mamá trabajaba aquí, en administración.
Mientras charlábamos, me guio por el laberinto de pasillos y edificios.
Diosa, esta Academia era impresionante.
Construida con una piedra tan oscura que resultaba opresiva, pero al mismo tiempo era increíblemente majestuosa.
Aquí era donde entrenaban las élites de nuestro reino.
Si había un lugar donde de verdad podías volverte poderosa, era este.
Las torres se alzaban a lo lejos, más allá de una cadena de edificios, y unas montañas que raspaban las nubes rodeaban el valle donde se asentaba la Academia.
Se sentía irreal y me dejó sin aliento.
Sentí lo mismo cuando llegamos a nuestro pequeño dormitorio compartido.
Nos recibió una acogedora salita, con un juego de sofás, una mesita de comedor e incluso una televisión modesta.
Todo el lugar mezclaba lo clásico y lo moderno.
—Este es mi cuarto —dijo Kiara, dándome un recorrido.
Pasada la sala, había un pasillo con cuatro puertas.
Abrió una, revelando un dormitorio pequeño con maletas a medio desempacar y un montón de rosa por todas partes.
Luego me mostró el baño compartido y dijo que el otro dormitorio era para una tercera estudiante a la que todavía no conocía y que no se había presentado.
—Y este es el tuyo. Ya trajeron tus cosas —añadió, abriendo la puerta frente a la suya.
Entré en el cuarto más bonito que había tenido en toda mi vida.
Una cama sencilla de madera blanca con dos mesas de noche, un baúl sólido a los pies y un tocador con un espejo enorme.
Sin embargo, lo que de verdad me robó la atención fue la vista a través de la puerta de vidrio que daba a un balconcito.
Un lago se extendía a lo lejos, y parte del bosque rozaba prácticamente este edificio del dormitorio.
—Es… precioso. Gracias, Kiara —dije, volviéndome hacia ella, conmovida de verdad, mientras la brisa me acariciaba el cabello.
—De nada —murmuró, con las mejillas enrojecidas mientras bajaba la cabeza.
—Te dejo para que te cambies. Hoy es nuestro único día libre, ¡así que descansa! —me llamó mientras salía, cerrando la puerta principal detrás de ella.
Volví al cuarto para desempacar.
Lo principal era revisar que no hubiera perdido nada importante, como el spray de aroma de Savannah, que tenía que renovar cada semana.
—¿Qué es eso? —preguntó Thera, entrometida como siempre, y fue entonces cuando noté un sobre blanco sobre las sábanas color lila.
Lo levanté, suponiendo que Kiara lo había dejado ahí, pero en el segundo en que lo abrí, mi sonrisa se congeló.
«Se le solicita presentarse a las 8:00 p. m. en los aposentos del príncipe Aurelius para una prueba de compatibilidad. Requisitos: …»
¿Prueba de compatibilidad? ¿Qué demonios se suponía que era eso?
¿Y quién había entrado a mi cuarto para dejar esas instrucciones?
Cuanto más leía sobre lo que se suponía que debía hacer, más frío sentía por dentro.
¿De verdad era necesario todo esto?
Arrugué el papel entre las manos, con la rabia a punto de estallarme en el pecho.
—Príncipe pervertido de mierda —murmuré entre dientes, pero mi destino estaba atado a él, y lo único que podía hacer era obedecer.
Esa noche sería mi primera vez a solas con el príncipe licántropo.
