Capítulo 1 1

—¿Por qué mi hermano aparece en el puesto siete de tu lista de posibles esposos?

El silencio cayó sobre la mesa de mi madre con la precisión de una guillotina.

Yo dejé de respirar.

Abril dejó de cortar listones para las invitaciones. Nicolás bajó lentamente la copa. Mi abuela Teresa se puso los lentes, encantada. Incluso Romeo, mi guacamayo, inclinó la cabeza como si entendiera que acabábamos de alcanzar el momento más interesante de la cena.

Gabriel Arce sostenía su teléfono frente a mí.

—No aparece —respondí.

—Aquí dice: “Nicolás Arce. Treinta y cuatro años. Arquitecto. Buen historial médico. Afectuoso con su madre. Descartado porque se casará con mi hermana dentro de noventa días”.

Abril me miró.

—Agradezco que hayas respetado ese pequeño obstáculo.

—Era una broma privada.

—Tiene cuarenta y dos páginas —dijo Gabriel—. Las bromas privadas no suelen incluir verificación de antecedentes y una tabla sobre compatibilidad genética.

Mi madre buscó su teléfono dentro del bolso.

—¿Qué mandaste al grupo de la boda?

Sentí que el estómago se me doblaba.

Media hora antes había intentado enviar el presupuesto de las flores. Había seleccionado el documento equivocado: PROYECTO ESPOSO, VERSIÓN DEFINITIVA.

Definitiva. Porque las once anteriores, al parecer, no eran suficientemente humillantes.

—Nadie lo abra —ordené.

Teresa levantó una mano.

—Demasiado tarde. Estoy en la página nueve y quiero conocer al candidato tres. Tiene una cadera excelente.

—Eso no está escrito.

—Hay fotografía.

Me levanté para arrebatarle el teléfono a Gabriel. Él alzó el brazo. Medía casi una cabeza más que yo y utilizó la diferencia con una tranquilidad ofensiva.

—Devuélvemelo.

—El archivo llegó a veintiséis personas.

—Pero tú puedes dejar de leerlo.

—Podría. También podría dejar un contrato sin revisar y esperar que la otra parte sea honesta.

—No es un contrato.

—Incluye cláusulas de eliminación.

Intenté alcanzar el teléfono otra vez. Mi cuerpo chocó contra el suyo. Gabriel me sostuvo por la cintura para impedir que cayera sobre la mesa. Su mano quedó abierta sobre mi costado, caliente incluso a través del vestido.

Nos miramos.

Él tenía los ojos oscuros, la barba recortada y esa expresión sobria que hacía pensar que había nacido desaprobando algo. Yo odiaba que oliera bien. También odiaba notar que su pulgar se había movido apenas sobre mi cintura.

—¿Terminaste? —preguntó.

—No he empezado.

—Eso explica el archivo.

Le clavé el tacón en el zapato.

Gabriel soltó mi cintura.

—Violencia durante una negociación. Otro punto preocupante.

—¿Podemos concentrarnos en mi boda? —preguntó Abril—. Preferiría que la dama de honor y el padrino no se asesinaran antes de elegir el pastel.

—Yo no soy la dama de honor —dije.

Mi hermana me mostró una caja pequeña.

—Iba a pedírtelo esta noche.

La culpa me desinfló un poco.

—Claro que sí. Perdón. Seré la mejor.

—Eso dijiste cuando ofreciste organizar mi despedida y creaste una hoja de cálculo llamada “Riesgo de vómito por invitada”.

—La previsión salva vestidos.

Romeo abrió las alas.

—¡Tu madre tenía razón! —gritó.

Gabriel me miró.

—¿Quién le enseñó eso?

—Mi segundo prometido.

Mi madre cerró los ojos.

La broma dejó una grieta incómoda. Todos recordaban a Tomás, su infidelidad y la boda cancelada seis semanas antes de celebrarse. También recordaban a Samuel, mi primer prometido, que me devolvió el anillo diciendo que yo amaba más el plan que al hombre.

Faltaban cuatro meses para que cumpliera treinta y tres. Dos compromisos rotos. Una hermana menor organizando la boda que yo había imaginado para mí.

No necesitaba sus caras compasivas encima del archivo.

—Lo escribí para ordenar ideas —dije—. No estoy cazando marido.

Gabriel deslizó el dedo por la pantalla.

—La introducción dice: “Objetivo: conocer a un candidato viable antes de mi cumpleaños y evitar desperdiciar otros tres años con un hombre emocionalmente defectuoso”.

—Eso puede significar muchas cosas.

—Significa exactamente una.

—Eres abogado de divorcios. Ves tragedias hasta en las listas del supermercado.

—Las listas del supermercado revelan mucho. Quien escribe “algo para cenar” ya renunció al compromiso.

Nicolás soltó una carcajada.

Abril le quitó la copa.

—No lo animes.

Gabriel volvió a leer.

—Requisito uno: desea matrimonio. Requisito dos: quiere hijos en un plazo máximo de tres años. Requisito tres: no mantiene contacto íntimo con ninguna ex pareja. Requisito cuatro: estabilidad económica comprobable.

—Qué escándalo. Una mujer sabe lo que quiere.

—No sabes lo que quiere un hombre. Sabes qué casillas necesitas llenar para que no se marche.

El golpe llegó sin elevar la voz.

La mesa dejó de resultar divertida.

—No me conoces —dije.

—Conozco este documento.

—Entonces deberías cobrarle consulta.

—Lo haría, pero ya está condenado.

Me acerqué hasta quedar frente a él.

—Mis candidatos no son asuntos tuyos.

—Uno está acusado de fraude fiscal.

Parpadeé.

—¿Qué?

—El número cuatro. Julián Olvera. Dos empresas fantasma y una investigación abierta.

—Eso no aparece en internet.

—Porque buscaste su perfil social, no su nombre en registros judiciales.

Quise creer que mentía. Gabriel me mostró la pantalla. El nombre, la demanda y las fechas estaban allí.

Teresa hizo una mueca.

—La cadera era del número tres. Menos mal.

—Puedo revisar a los demás —continuó Gabriel—. El segundo todavía vive con su esposa. El quinto miente sobre su edad. El sexto publica frases sobre mujeres obedientes.

—¿Y por qué investigaste mi lista?

—Porque Nicolás me pidió que revisara el contrato del fotógrafo y recibí cuarenta y dos páginas de desesperación organizada.

Le arranqué el teléfono.

Esta vez no me detuvo. La pérdida del contacto me produjo un alivio irritante.

—No estoy desesperada.

—Entonces elimina la fecha límite.

—No.

—Porque no buscas amor. Buscas llegar al cumpleaños con un testigo que certifique que alguien te eligió.

Sentí la mirada de mi familia.

Mi madre hizo la señal de la cruz. Nicolás pidió otra copa. Abril tomó mi mano debajo de la mesa, pero no supe si quería consolarme o impedir que estrangulara al padrino. Gabriel seguía observándome con una calma insoportable, como si ya hubiera ganado algo que yo aún no entendía.

—No vuelvas a analizarme.

—No vuelvas a enviar material probatorio.

Abril se interpuso antes de que yo utilizara el centro de mesa como arma.

—Necesito que ambos colaboren durante noventa días. Renata coordinará votos, ceremonia y proveedores. Gabriel revisará contratos. Van a verse cada semana.

—Contrata a otro abogado —dije.

—Consigue otra hermana —respondió ella.

Romeo golpeó el borde de su jaula.

—¡Eso no cabe ahí!

Nicolás se cubrió la cara. Teresa preguntó quién había enseñado esa frase. Yo preferí no contestar.

Gabriel recogió su saco del respaldo. Antes de marcharse, dejó una tarjeta junto a mi plato.

—¿Qué es esto?

—Mi oficina.

—No pienso contratarte.

—No para el divorcio. Para el proyecto.

Solté una risa.

—¿Pretendes ayudarme a encontrar esposo?

—Pretendo demostrarte que ninguno de esos hombres superará dos citas.

—¿Y qué ganas tú?

Gabriel se inclinó, apoyando una mano en mi silla. Su boca quedó demasiado cerca de mi oído.

—La satisfacción de verte admitir que no temes quedarte sola, Renata. Temes que, después de conocerte de verdad, ningún hombre decida quedarse.

Me volví hacia él, furiosa.

—Acepto el reto.

Gabriel sonrió por primera vez.

—Perfecto. Entonces prepárate para conocer a tu primer candidato mañana… y para descubrir por qué ya está casado.

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