Capítulo 2 2
—No pienso sentarme a tomar café con un hombre casado solo para que puedas decir “te lo advertí”.
Gabriel cerró la puerta del auto y me miró por encima del techo.
—Técnicamente, no tienes que tomar café. Puedes lanzárselo cuando aparezca la esposa.
—¿Va a aparecer la esposa?
—No lo sé.
—Eres insoportable.
—Y tú elegiste un restaurante con manteles blancos para una cita con un posible bígamo. Todos aportamos algo.
Llegué veinte minutos antes porque mi dignidad podía estar herida, pero jamás era impuntual. Llevaba un vestido verde, tacones bajos y el cabello recogido. Gabriel había aparecido sin invitación, vestido con pantalón oscuro y camisa blanca, como si fuera a presentar pruebas ante un juez.
—Te quedarás en otra mesa —ordené.
—Eso acordamos.
—No acordamos nada.
—Aceptaste el reto.
—Acepté demostrar que exageras.
—Tu candidato ocultó a su esposa. Me gusta tu optimismo.
Entramos. La anfitriona nos condujo hacia una mesa junto a la ventana. Gabriel se sentó frente a mí.
—Dije otra mesa.
—No voy a ocupar dos mesas antes de que llegue.
—La gente pensará que somos la cita.
—La gente tiene problemas propios.
Una mesera dejó dos cartas. Gabriel tomó la mía y la abrió.
—¿También vas a elegir mi comida?
—Estoy comprobando si existe algún plato que no puedas utilizar como arma.
—Pediré sopa.
—Entonces me sentaré lejos.
Le quité la carta. Su rodilla rozó la mía debajo de la mesa. Ninguno se movió de inmediato. El contacto fue mínimo, pero mi cuerpo lo registró con una atención ridícula.
Gabriel apartó la pierna primero.
—¿Estás nerviosa?
—Estoy molesta.
—Juegas con el anillo cuando estás nerviosa.
Miré mi mano. Todavía llevaba una sortija antigua de mi abuela en el índice.
—No sabes nada de mis hábitos.
—Te conozco desde hace nueve años.
—Nos toleramos desde hace nueve años. Es distinto.
—También muerdes el interior de la mejilla cuando mientes.
Dejé de hacerlo.
Gabriel sonrió.
—Eso no prueba nada.
—Prueba que puedo evaluarte mejor que tus candidatos.
—No eres candidato.
—Ya lo aclaraste veintisiete veces.
La mesera regresó y preguntó si esperábamos a alguien.
—A un posible esposo —respondió Gabriel.
Ella me miró, después lo miró a él.
—¿Para cuál de los dos?
Casi me atraganté.
—Para ella —dijo Gabriel.
—Lástima.
La mujer se alejó antes de que yo pudiera decidir si reír o lanzarle la carta.
—Le gustaste —dije.
—Tiene buen juicio.
—Podrías casarte con ella y dejar de intervenir en mi vida.
—No conozco sus antecedentes.
—Qué seductor.
Julián Olvera llegó siete minutos tarde. Era atractivo, llevaba un reloj demasiado brillante y una sonrisa entrenada.
—Renata, perdona. El tránsito fue terrible.
Miró a Gabriel.
—¿Tu hermano?
—Abogado —respondimos al mismo tiempo.
Julián perdió medio tono de color.
Gabriel se levantó.
—Estaré cerca.
Se instaló dos mesas más allá con vista directa hacia nosotros. Julián esperó a que abriera el menú.
—No mencionaste que traerías supervisión.
—Tampoco mencionaste que estabas casado.
Sus dedos se detuvieron.
—Estoy separado.
—El registro dice que sigues viviendo en el mismo domicilio.
—Mi esposa y yo compartimos la casa por nuestros hijos.
—Tu perfil dice que no tienes hijos.
Julián bebió agua.
—Es complicado.
—Esa frase debería imprimirse en las banderas rojas.
Gabriel tosió para esconder una risa. Lo miré con advertencia.
—No estoy buscando problemas —dijo Julián—. Mi matrimonio terminó hace meses. Solo necesito tiempo para formalizarlo.
—¿Tu esposa sabe que terminó?
Antes de que respondiera, una mujer apareció junto a la mesa. Traía un bebé en brazos y una bolsa de pañales colgada del hombro.
—Esa es una excelente pregunta.
Julián cerró los ojos.
La mujer me observó con cansancio, no con rabia.
—¿También te dijo que estaba separado?
—Sí.
—A mí me dijo esta mañana que tenía una reunión con un cliente.
Julián se puso de pie.
—Patricia, podemos hablar en casa.
—No. En casa hablas cuando quieres sexo o cuando no encuentras las llaves.
El bebé empezó a llorar. Toda la sala nos miraba.
Gabriel se acercó.
—¿Necesita que llame a alguien?
Patricia negó con la cabeza.
—Necesito que este idiota deje de usar aplicaciones mientras yo despierto cuatro veces por noche.
Julián intentó tocarle el brazo. Ella retrocedió.
—No me toques.
La escena dejó de ser graciosa. Vi la agotada furia de Patricia, el bebé aferrado a su blusa y la vergüenza que Julián intentaba convertir en molestia.
Me levanté.
—No sabía nada.
—Lo sé —dijo ella—. Tienes la misma cara que puse yo cuando descubrí la primera.
La primera.
Julián murmuró mi nombre.
—No vuelvas a pronunciarlo —dijo Gabriel.
No elevó la voz. Tampoco necesitó hacerlo.
Julián tomó su saco y salió. Patricia permaneció inmóvil, tratando de acomodar al bebé.
—Puedo llevarte a casa —ofrecí.
—Pedí un auto.
Le di mi número.
—Por si necesitas las capturas de nuestra conversación.
Ella me miró por primera vez con algo parecido a alivio.
—Gracias.
Cuando se marchó, regresé a la mesa y agarré mi bolso.
—No digas nada.
—No pensaba hacerlo.
—Tienes cara de discurso.
—Tengo cara.
—Una particularmente irritante.
Salimos del restaurante. La lluvia había empezado y yo no llevaba paraguas. Gabriel abrió el suyo sin preguntarme. Caminamos juntos hasta el estacionamiento, demasiado cerca bajo el espacio estrecho.
—Puedes reírte —dije.
—No tiene gracia.
—Ganaste.
—No era una competencia.
—Ayer parecía una.
Gabriel se detuvo junto a mi auto.
—Ayer estabas rodeada de familiares. Si no te provocaba, habrías llorado.
La observación me dejó sin defensa.
—No iba a llorar.
—Muerdes la mejilla cuando mientes.
Me cubrió del agua mientras buscaba las llaves. Su camisa se mojaba sobre un hombro.
—¿Por qué te importa?
—Porque sé lo que se siente descubrir que la persona con quien planeabas una vida ya tenía otra.
Lo miré. Nunca hablaba de su divorcio.
—¿Ella te engañó?
—No vamos a hablar de mí.
—Entonces no analices mi miedo.
—Tu miedo acaba de sentarte frente a un hombre casado porque cumplía cuatro casillas.
—Y tú me llevaste para demostrar un punto.
—Te traje para que dejaras de confundir información con honestidad.
Abrí el auto, pero Gabriel sostuvo la puerta.
—Necesitamos reglas.
—No necesito un tutor.
—No. Necesitas un filtro.
—¿Qué propones?
Sacó una hoja doblada del bolsillo.
—Revisión básica antes de cada cita. Nada de investigar conversaciones privadas. No interferiré durante el encuentro a menos que exista una mentira comprobable.
—¿Y tú qué recibes?
—Acceso al Proyecto Esposo.
—Ni muerta.
—Entonces sigue eligiendo hombres por fotografías y profesiones.
Le arrebaté la hoja. La última cláusula decía: “Ninguna relación sexual con un candidato antes de la tercera cita”.
—Esto no es asunto tuyo.
—Es prevención.
—¿De enfermedades?
—De que confundas química con compromiso.
Me acerqué hasta rozar su pecho con el mío.
—¿Y quién evaluará la química?
Gabriel bajó la vista hacia mi boca.
—Yo.
Mi teléfono sonó. Un número conocido apareció en la pantalla.
Samuel.
Contesté sin apartar la mirada de Gabriel.
—¿Qué quieres?
El pulso me golpeó en la garganta. Gabriel reconoció el nombre en la pantalla y su expresión cambió. Por primera vez desde que comenzó el reto, dejó de parecer divertido.
La voz de mi antiguo prometido llegó clara.
—Escuché que buscas esposo, Renata. Quiero recuperar mi lugar en la lista.
