Capítulo 3 3
—No vuelvas a llamarme como si todavía tuvieras derecho a hacerlo.
Samuel guardó silencio al otro lado de la línea. La lluvia golpeaba el techo del auto y Gabriel seguía frente a mí, una mano apoyada en la puerta, la camisa mojada pegada al hombro. Su expresión había perdido cualquier rastro de burla.
—Solo quiero hablar —dijo Samuel.
—Tuviste dos años para hacerlo.
—No sabía que estabas buscando esposo.
—No estoy buscando un reemplazo.
Gabriel arqueó una ceja.
Le mostré el dedo medio.
—Entonces ¿qué es ese proyecto? —preguntó Samuel.
—Un error enviado al grupo equivocado.
—Mi hermana recibió el archivo de tu tía Norma.
Cerré los ojos.
Norma había convertido mi humillación en boletín parroquial.
—Voy a denunciar a esa mujer por tráfico de documentos.
Gabriel movió los labios sin emitir sonido.
—Eso no existe.
Lo empujé con el hombro.
—¿Estás con alguien? —preguntó Samuel.
—Sí.
La palabra salió antes de que pudiera detenerla.
Gabriel me miró.
—¿Con quién?
Pude haber mentido mejor. Pude decir Abril, mi madre, un sicario. En cambio, miré la mano de Gabriel sujetando la puerta.
—Con el abogado que está revisando candidatos.
—¿Gabriel Arce?
Su voz cambió.
—¿Por qué suena como si te hubiera insultado?
—Porque sé lo que pasó entre ustedes.
Mi espalda se tensó.
Gabriel dejó de respirar.
—No sabes nada.
—Me lo contaste cuando estábamos comprometidos.
Recordé aquella discusión con Samuel, semanas antes de que terminara nuestro primer compromiso. Yo había confesado que una vez me acosté con Gabriel, no por culpa, sino porque Samuel insistía en conocer cada detalle de mi pasado. Después utilizó la historia para acusarme de no entregarme por completo a nuestra relación.
—Esa conversación era privada.
—También lo era tu proyecto.
Colgué.
El silencio dentro del estacionamiento se llenó con la lluvia.
Gabriel cerró la puerta del auto sin dejarme entrar.
—¿Le hablaste de nosotros?
—No existía un nosotros.
—No pregunté eso.
—Estábamos comprometidos. Samuel quería saber si conocía a alguien de su familia.
—Y tú decidiste contarle que te acostaste conmigo en una despensa.
—No incluí el inventario.
—Qué consideración.
—No te debía secreto eterno.
—No. Solo esperaba que una noche entre dos personas no se transformara en información familiar.
Su molestia me sorprendió más de lo que debía.
—Tu hermano no lo sabe.
—Ahora probablemente sí.
—Gracias a Romeo, toda la ciudad lo sabe.
El guacamayo no estaba allí para defenderse, así que Gabriel me miró como si quisiera discutir y besarme al mismo tiempo. Esa combinación debería haberme provocado prudencia. En cambio, di un paso hacia él.
—¿Por qué te importa tanto?
—Porque Samuel usó algo mío para lastimarte.
—Aquella noche no te pertenecía.
—Tampoco a él.
La lluvia resbalaba por su mandíbula. Alcé la mano para limpiarla antes de recordar que lo detestaba. Gabriel atrapó mi muñeca.
Su pulgar presionó el punto donde latía mi pulso.
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Tocarme como si no recordaras.
El calor me subió por el cuello.
—Recuerdo la harina.
—Recuerdas más.
—Recuerdo que hablaste demasiado.
—Tú gemías demasiado para escucharme.
Miré alrededor. Dos personas corrían hacia el restaurante bajo un paraguas. Nadie parecía prestarnos atención.
—Suéltame.
—Dilo sin acercarte.
Entonces comprendí que mi cuerpo había reducido la distancia. Mi pecho casi rozaba el suyo y yo seguía sosteniendo la hoja de reglas entre ambos.
—No significa nada.
—Tampoco significó nada hace nueve años y todavía lo mencionas cuando te enfadas.
—Tú lo mencionaste primero.
—Porque querías fingir que nunca ocurrió.
—Porque después desapareciste.
La respuesta lo inmovilizó.
—Me fui por trabajo.
—Te marchaste sin despedirte.
—Volví a buscarte.
Solté una risa breve.
—Tres semanas después, cuando ya estaba con Samuel.
—Volví al día siguiente.
—No.
—Fui a tu departamento. Tu compañera dijo que habías salido con él.
Recordé a Laura, su obsesión con Samuel y su convencimiento de que Gabriel era una mala idea con mandíbula bonita.
—Ella nunca me dijo nada.
—Tal vez porque Samuel estaba en tu cocina preparando desayuno.
El dato me golpeó. Aquella mañana Samuel apareció sin avisar, decidido a reconciliarnos. Yo lo dejé entrar porque Gabriel no había enviado un mensaje.
—¿Por qué no llamaste?
—Lo hice. Contestó él.
Mi estómago cayó.
—Eso es imposible.
—Pregunté por ti. Dijo que estabas en la ducha y que habías vuelto con él.
—Nunca me contó.
Gabriel soltó mi muñeca.
—Parece que tu candidato perfecto ya mentía antes del compromiso.
La rabia necesitó un objetivo. Arrugué la hoja entre los dedos.
—No conviertas esto en otra prueba para tu reto.
—No lo necesito. Samuel se descalifica solo.
—No tienes derecho a decidirlo.
—Tú tampoco deberías permitirle regresar solo porque promete lo mismo que querías hace nueve años.
—No sabes qué quiero ahora.
—Quieres demostrar que alguien puede quedarse.
El comentario me dolió porque se parecía demasiado a la verdad.
Abrí la puerta del auto.
—Terminamos por hoy.
Gabriel la sostuvo otra vez.
—No conducirás así.
—¿Así cómo?
—Enojada, mojada y pensando en atropellar a tu tía.
—Solo uno de esos puntos afecta la conducción.
—Dame las llaves.
—No.
Forcejeamos. Mi tacón resbaló y terminé contra su pecho. Gabriel me sujetó por la cadera. Su otra mano quedó junto a mi muslo, firme, demasiado cerca de la abertura del vestido.
Mi respiración se cortó.
La suya también.
—Renata.
—No digas mi nombre así.
—¿Así cómo?
—Como aquella noche.
Su mirada descendió a mi boca.
—No recuerdo que te molestara.
—Ahora sí.
—Mientes peor cuando estás pegada a mí.
Podía sentir el calor de su palma atravesando la tela. El agua había oscurecido su camisa y marcaba cada línea de su torso. Quise apartarme. También quise comprobar si todavía sabía exactamente cómo hacerme olvidar una discusión.
Mi teléfono sonó entre nosotros.
Abril.
Contesté sin moverme.
—¿Qué pasó?
—Pasó que mamá leyó tu proyecto completo y decidió organizar una cena con los seis candidatos el domingo.
Me separé de Gabriel.
—Dime que estás bromeando.
—Ojalá. Ya invitó a cuatro. El casado no contestó y Samuel se ofreció a ocupar su lugar.
Cerré los ojos y apoyé la frente en el borde de la puerta. Mi familia podía convertir una crisis íntima en actividad dominical antes de que yo terminara de procesarla. Visualicé a mi madre colocando tarjetas con nombres, a Teresa evaluando dentaduras y a Norma preguntando por ingresos frente al postre. Gabriel me quitó con cuidado una hoja mojada que se había pegado a mi brazo.
—No te rías.
—No estoy riendo.
—Tu cara sí.
—Mi cara celebra que ya no soy el problema de esa cena.
Gabriel extendió la mano.
—Dame el teléfono.
—No.
—Renata.
—Ni se te ocurra intervenir.
Abril guardó silencio unos segundos.
—Hay otra cosa. Samuel no irá solo.
El pulso volvió a golpearme.
—¿Con quién?
—Con su prometida.
Miré a Gabriel. Él había escuchado.
—Eso no tiene sentido.
—Dice que quiere demostrar que terminó contigo por las razones correctas.
Gabriel tomó mi teléfono antes de que pudiera impedirlo.
—Dile a Samuel que venga —dijo—. Yo también llevaré a la mujer con la que Renata está saliendo.
Le arrebaté el aparato.
—¿Qué mujer?
Gabriel abrió la puerta del copiloto y sonrió sin humor.
—Tú, Renata. Porque el domingo vas a fingir que sales conmigo.
