Capítulo 4 4
—No voy a fingir que salgo contigo, aunque Samuel llegue acompañado por el papa y una banda de mariachis.
Gabriel cerró mi puerta del copiloto y rodeó el auto bajo la lluvia.
—Hace treinta segundos aceptaste el reto.
—El reto consistía en revisar candidatos, no en convertirte en uno.
Se sentó al volante, encendió el motor y dejó el paraguas goteando entre ambos.
—No seré candidato. Seré una coartada.
—Las coartadas no ponen la mano en mi cintura.
—Las convincentes sí.
—Pues seremos una pareja poco convincente.
Gabriel me miró con esa paciencia falsa que utilizaba cuando deseaba discutir sin despeinarse.
—Samuel llevará a su prometida para humillarte delante de tu familia. Puedes presentarte sola y permitir que convierta tu proyecto en una prueba de que sigues esperando reemplazarlo, o puedes llegar conmigo.
—También puedo no ir.
—Es la cena de tu madre.
—Precisamente.
Mi teléfono vibró otra vez. Abril había enviado nueve mensajes, tres signos de interrogación y una fotografía de mamá colocando tarjetas con los nombres de mis candidatos alrededor de la mesa.
—Va a numerarlos —murmuré.
—Tu familia convierte cualquier crisis en concurso televisivo.
—La tuya convierte cualquier emoción en documento legal.
—Por eso funcionaría.
Lo miré.
—¿Qué cosa?
—La mentira.
No respondí. Gabriel puso el auto en marcha. Su camisa seguía mojada y pegada a su torso. Evité mirar, lo que me obligó a observar sus manos sobre el volante, una elección todavía peor.
—Tendríamos reglas —dije.
—Claro.
—Nada de besos.
—Perfecto.
Respondió demasiado rápido.
—Nada de tocarme debajo de la ropa.
—Renata, estaremos cenando con tu madre.
—La última vez estábamos en una despensa con una bolsa de harina. No confío en la arquitectura.
Su boca se movió.
—Continúa.
—No inventarás sentimientos. No hablarás de futuro. No contarás detalles de aquella noche.
—¿Puedo decir que ya te he visto desnuda?
—Puedes decirlo si quieres morir antes del postre.
—Entonces solo cuando sirvan café.
Llegamos a mi edificio. Antes de bajar, Gabriel me quitó la hoja arrugada de reglas.
—El domingo paso por ti a las seis.
—Puedo conducir.
—Una pareja llega junta.
—Una pareja puede tener dos autos.
—Una pareja falsa necesita menos preguntas.
Me incliné para recuperar la hoja. Él no la soltó. Quedamos demasiado cerca, con la consola clavándose en mi cadera y su respiración rozándome la frente.
—Suelta.
—Firma primero.
—No pienso firmar algo que escribiste bajo la lluvia.
—Tú redactaste cuarenta y dos páginas para elegir marido.
—Eso es planificación.
—Esto también.
Tomé su pluma y firmé sobre su muslo. Gabriel tensó la pierna bajo mi mano.
—Podrías usar el tablero.
—Podrías dejar de dar órdenes.
Escribí mi nombre despacio, consciente de la dureza del músculo bajo la tela. Cuando levanté la mirada, él ya no sonreía.
—No hagas eso el domingo —dijo.
—¿Firmar?
—Provocarme y fingir que fue accidente.
Le devolví la pluma.
—Controla tus reacciones, abogado.
—Controla dónde apoyas la mano.
El domingo, Gabriel llegó a las seis en punto. Yo abrí con el vestido azul a medio cerrar y un arete entre los dientes.
—No digas nada.
—No he dicho nada.
—Tu cara sí.
Entró mientras yo peleaba con el cierre.
—Abril iba a ayudarme, pero mamá la secuestró para acomodar servilletas según personalidad.
—¿Las servilletas tienen personalidad?
—En mi familia, hasta los cubiertos guardan resentimiento.
Romeo observaba desde su perchero.
—¡Gabriel, más despacio!
Gabriel dejó las llaves sobre la mesa.
—Empiezo a sentir que ese animal me difama.
—Te recuerda con precisión.
—Eso sugiere que tú repetiste mi nombre suficientes veces para enseñárselo.
Me atraganté con el arete.
—Cierra el vestido.
Le di la espalda. Sus dedos rozaron mi columna al tomar el cierre. El metal subió lentamente. No necesitaba tardar tanto. Tampoco necesitaba apartarme el cabello y dejar la mano un segundo en mi nuca.
—Listo —murmuró.
Me volví. Estaba demasiado cerca.
—Regla uno.
—No te besé.
—Lo pensaste.
—Eso no está prohibido.
—Lo estará en la segunda versión.
Tomó mi abrigo.
—Nos esperan.
La casa de mi madre parecía preparada para negociar un tratado matrimonial. Había tarjetas con nombres, velas, tres tipos de vino y una campana frente a Teresa.
—La tocaré cuando un candidato mienta —explicó.
—¿Y si mienten todos? —preguntó Nicolás.
—Tengo otra campana.
Samuel llegó diez minutos después con Daniela, una mujer de cabello corto y sonrisa serena. Llevaba un anillo discreto que me dolió más que el enorme que yo había elegido años atrás.
Gabriel apoyó la mano en mi espalda.
—Respira.
—No me des instrucciones.
—Entonces deja de clavarme las uñas.
No había notado que apretaba su antebrazo.
Samuel nos miró.
—Así que era verdad.
—¿Qué cosa? —pregunté.
—Que ustedes están juntos.
Gabriel deslizó los dedos hasta mi cintura.
—Desde hace poco.
—Desde ayer —aclaré.
—Renata disfruta discutir las fechas.
Daniela soltó una risa. Samuel no.
Durante la cena, mamá interrogó a los candidatos mientras Teresa tocaba la campana cada vez que alguien decía “soy muy familiar”. Gabriel permaneció pegado a mí. Su rodilla rozaba la mía debajo de la mesa y su pulgar dibujaba círculos lentos sobre mi cadera cada vez que Samuel miraba.
—Estás exagerando —susurré.
—Nos observa.
—Tú también.
—Yo tengo permiso.
—Temporal.
Samuel dejó la copa.
—Renata siempre ha confundido intensidad con amor.
La mesa quedó quieta.
—Samuel —advirtió Abril.
—No la insulto. Solo digo que este proyecto demuestra lo mismo. Ella quiere casarse, no importa con quién.
Gabriel retiró la mano de mi cintura.
—Curioso análisis de un hombre que vino a exhibir a su prometida frente a su ex.
Samuel sonrió.
—Vine porque me invitaron.
—Aceptaste porque sabías que ella estaría aquí.
—No todos seguimos pensando en una noche de universidad durante nueve años.
La campana de Teresa sonó.
Daniela miró a Samuel.
—¿Qué noche?
Mi madre dejó caer el tenedor.
Yo me levanté.
—Necesito aire.
Daniela también se puso de pie.
—Antes de que te vayas, tengo que preguntarte algo. Trabajo con una agencia de ceremonias y contraté a una escritora de votos llamada Renata Solís.
El comedor se encogió.
—Soy yo.
Daniela sonrió con alivio.
—Entonces esto será incómodo.
Samuel la tomó de la mano.
—No vine solo para presentar a Daniela. Vine a pedirte que aceptes el encargo.
—¿Qué encargo?
El aire dejó de entrarme. Aquella fecha seguía guardada en una carpeta de mi computadora, junto a presupuestos cancelados, fotografías de centros de mesa y una versión de mis votos que nunca había terminado. Samuel lo sabía. También sabía que yo escribía para desconocidos porque poner palabras en amores ajenos resultaba menos doloroso que releer el fracaso del mío.
Gabriel se levantó a mi lado.
—No tienes que responder ahora.
—No hables por ella —dijo Samuel.
—Alguien debería hacerlo mientras tú conviertes una cena familiar en una exhibición.
Daniela retiró la mano de Samuel.
—Me dijiste que Renata sabía del encargo.
—Pensé explicárselo aquí.
—Eso no es explicar. Es arrinconar.
Por primera vez, ella pareció avergonzada de estar junto a él. Mi madre observaba el mantel. Abril apretaba los labios. Teresa dejó la campana en silencio.
—Renata —dijo Samuel—, necesito una respuesta.
Samuel sostuvo mi mirada.
—Quiero que escribas los votos con los que voy a casarme en la fecha que era nuestra.
