Capítulo 5 5
—Prefiero escribir el discurso de tu funeral antes que los votos de tu boda.
Mi madre soltó un gemido. Abril murmuró mi nombre. Teresa, en cambio, levantó la campana y la hizo sonar una vez.
—Respuesta honesta —declaró—. Punto para Renata.
Samuel apretó la mandíbula.
—No vine a provocarte.
—Elegiste la fecha que era nuestra, apareciste con tu prometida y me pediste que redactara las promesas que nunca pudiste hacerme. Si esto no es provocación, necesitas un diccionario.
Daniela se apartó de él.
—Yo no sabía que esa fecha había sido suya.
Samuel la miró.
—No tiene importancia.
—Para ella sí —respondió Daniela—. Y ahora también para mí.
Gabriel seguía de pie junto a mi silla. Ya no me tocaba, pero su presencia era una pared entre Samuel y yo. Una pared arrogante, alta y demasiado bien vestida.
—La cena terminó —dijo mi madre con voz débil.
—No —intervino Teresa—. Todavía falta el flan.
—Abuela.
—Los conflictos con azúcar se procesan mejor.
Nicolás se cubrió la boca para disimular una risa. Abril le dio un codazo.
Samuel respiró hondo.
—Renata, Daniela leyó varios textos tuyos y te eligió sin saber quién eras. No estoy pidiéndote un favor personal. Te pagaremos el doble.
—No necesito tu dinero.
—Nunca dije que lo necesitaras.
—Lo insinuaste al creer que podías comprar mi participación en esta farsa.
Daniela tomó su bolso.
—No quiero unos votos escritos por una mujer a la que estamos lastimando.
—No estamos lastimando a nadie —dijo Samuel.
La miré. Ella también había reconocido la mentira.
—Daniela, puedo recomendarte a otra escritora. Te enviaré nombres mañana.
—Gracias.
Samuel cerró los ojos, irritado.
—¿Vas a marcharte por esto?
—Voy a marcharme porque me trajiste a una cena sin contarme que tu ex prometida estaría aquí ni que querías contratarla para nuestra boda.
—Pensé que sería más sencillo hablarlo en persona.
—Para ti.
Daniela se despidió de mi familia y salió. Samuel fue detrás de ella, pero se detuvo frente a mí.
—Siempre conviertes todo en una escena.
La frase encontró la herida exacta. Era una de sus favoritas cuando estábamos juntos: yo dramatizaba, yo exageraba, yo pedía demasiado.
Gabriel dio un paso.
—Termina esa frase y saldrás por la puerta sin ayuda de tus piernas.
—No necesito que me defiendas —dije.
—Lo sé.
—Entonces no lo hagas.
Samuel sonrió con desprecio.
—Sigues eligiendo hombres que hablan por ti.
Me acerqué hasta quedar frente a él.
—Y tú sigues creyendo que conocer mis inseguridades te convierte en dueño de la verdad. Vete con tu prometida antes de que descubra todo lo que yo tardé años en aceptar.
Samuel sostuvo mi mirada, pero no encontró respuesta. Se marchó.
Teresa tocó la campana otra vez.
—El flan sobrevivió.
—Yo no —murmuré.
Subí al antiguo dormitorio que conservaba en casa de mi madre. Cerré la puerta, me quité los tacones y los lancé debajo de la cama. El vestido azul me apretaba las costillas. O tal vez era la vergüenza.
No lloré.
Estuve a punto, pero la puerta se abrió sin permiso.
—Vete, Gabriel.
—Tu madre me pidió que subiera.
—Mi madre te entregaría una llave de mi casa si creyera que así consigue casarme.
—Ya me ofreció una copia.
Me volví. Llevaba dos platos de flan.
—No tengo hambre.
—El otro es mío.
Se sentó en el borde de la cama y empezó a comer.
—Eres un imbécil.
—Y este flan necesita más vainilla.
Le quité el plato.
—Eso era mío.
—Hace diez segundos no lo querías.
—Cambié de opinión.
Comí una cucharada. Gabriel esperó en silencio, algo extraño en él.
—No necesito lástima —dije.
—No siento lástima.
—¿Alivio otra vez?
—Rabia.
La cuchara quedó suspendida.
—No sabía que Samuel había elegido esa fecha.
—Yo tampoco, hasta esta noche.
—Miente con facilidad.
—Y tú disfrutas tener razón.
—Hoy no.
Dejé el plato sobre la cómoda.
—Daniela parecía buena persona.
—Lo es.
—Eso empeora las cosas.
—Para Samuel.
—Para ella. Yo ya sé lo que él puede hacer.
Gabriel se levantó.
—Entonces deja de permitir que te haga sentir culpable por reaccionar.
—No me psicoanalices.
—No hace falta. Samuel te entrenó para disculparte cada vez que te enfadas.
La precisión me irritó.
—¿Y tú qué sabes de eso?
—Sé que hace nueve años contestó tu teléfono y decidió qué podías escuchar. Sé que hoy trajo a su prometida para obligarte a demostrar que lo superaste. Sé que eligió tu antigua fecha porque todavía necesita controlar la versión de la historia donde él no fue un cobarde.
—¿Revisaste también su expediente?
—No necesito expedientes para reconocer a otro hombre que teme perder el control.
—¿Otro?
Gabriel dejó el plato.
—No hablaba de mí.
—Claro que sí.
Intenté pasar, pero me sujetó de la muñeca. No con fuerza. Lo suficiente para detenerme.
—Suéltame.
—Cuando dejes de buscar pelea conmigo para no pensar en él.
—No todo gira alrededor de Samuel.
—Entonces mírame.
Lo hice.
Error.
Gabriel estaba cerca. El cuello abierto de su camisa mostraba una porción de piel que no debía resultarme tan familiar. Su pulgar se movió sobre mi muñeca y mi respiración cambió.
—Regla uno —susurré.
—No te he besado.
—Sigues pensándolo.
—También tú.
—No sabes lo que pienso.
—Estás mirando mi boca.
Levanté la vista.
—Ahora miro tus ojos.
—Demasiado tarde.
Su mano subió hasta mi codo. La otra se apoyó en mi cintura, justo sobre el lugar que había acariciado durante la cena. Mi cuerpo reaccionó con una traición inmediata.
—Esto es parte de la actuación —dije.
—Estamos solos.
—Entonces es un error.
—No repitas esa palabra.
—¿Por qué?
—Porque la última vez la usaste para borrar una noche completa.
El aire se volvió escaso.
—Tú también fingiste que no importó.
—Porque te comprometiste con Samuel.
—Y tú desapareciste.
—Ya te dije que volví.
—No fue suficiente.
Gabriel bajó la frente hasta rozar la mía.
—¿Qué habría sido suficiente, Renata?
No tuve respuesta.
Romeo gritó desde el pasillo:
—¡Eso no cabe ahí!
Nos separamos justo cuando Abril abrió la puerta.
—Mamá pregunta si Gabriel se quedará a dormir.
—No —dijimos al mismo tiempo.
Abril miró mi muñeca todavía entre sus dedos.
—Qué relación tan poco convincente.
Cerró la puerta antes de que pudiera arrojarle el plato.
Gabriel soltó una risa baja. Yo lo empujé hacia la salida.
—Mañana revisaremos al siguiente candidato.
—No hay siguiente.
—Quedan cinco.
—Cuatro. Acabo de eliminar a Samuel.
—No puedes eliminar a nadie sin mi permiso.
—Puedo negarme a ayudarte a evaluar a un hombre que ya demostró cómo te trata.
—Eso viola nuestro acuerdo.
—Nuestro acuerdo todavía no está firmado.
Saqué del bolso la hoja arrugada.
—Entonces firmemos ahora.
Gabriel tomó la pluma de mi escritorio, añadió una cláusula al final y escribió su nombre. Intenté leerla, pero dobló el papel antes de devolvérmelo.
—¿Qué pusiste?
—Una condición.
—No aceptaré nada sin leerlo.
—La leerás mañana.
—Gabriel, no juegues conmigo.
Su expresión perdió la burla.
—Ese es precisamente el problema. Hace nueve años empezamos a jugar y todavía ninguno supo terminar.
Me detuve.
—Samuel nunca estuvo en la lista.
Gabriel abrió la puerta, pero antes de salir se volvió.
—No hablaba de tu lista, Renata. Hablaba de la mía.
