Cruza los dedos por mí

—¿Y el otro no lo era? —preguntó irónicamente—. Siéntate —habló seriamente.

No era un caso de vida o muerte en el que necesitara renunciar y salir corriendo, aunque sí, tenía un poco de prisa. Necesitaba regresar ese día a la ciudad donde había vivido la mayor parte de mi vida.

Miré a Sebastián. N...

Inicia sesión y continúa leyendo