Capítulo 10 Capítulo 10

Clara

La desesperación no llegó de golpe.

Se instaló despacio, como el frío en los huesos durante el invierno: primero una molestia, después una presencia constante, y al final algo tan natural que casi dejé de notar que estaba ahí.

Tenía veinte años y ya no recordaba cómo se sentía despertar sin miedo. Cada mañana abría los ojos y lo primero que hacía era escuchar. ¿Había gritos abajo? ¿Silencio demasiado tenso? ¿La risa de Cristina subiendo por las escaleras? Según el sonido, sabía qué tipo de día me esperaba. Había aprendido a leer la casa mejor que cualquier libro.

Esa mañana el silencio era espeso.

Malo.

Bajé las escaleras con cuidado. El desayuno ya estaba servido. Cristina comía yogur con fruta. Mi madre le servía más café. Mi padre leía el periódico. Matteo revisaba el teléfono. Nadie levantó la vista cuando entré. Me serví un vaso de agua y me lo bebí de pie, apoyada contra la nevera. El agua sabía a metal.

—Clara —dijo mi padre sin mirarme—. Hoy no salgas. Cristina no se siente bien y no queremos que la molestes.

Asentí. Era inútil discutir. Hacía años que había dejado de discutir.

Me quedé en mi habitación la mayor parte del día. Intenté leer. Las palabras se movían en la página sin sentido. Intenté dormir. El sueño no venía. Me senté en el suelo, con la espalda contra la cama, y conté las grietas de la pared de enfrente. Había catorce. Las conocía de memoria.

A media tarde escuché pasos en el pasillo. La puerta se abrió sin que nadie llamara. Matteo.

—Baja —ordenó—. Ahora.

Obedecí. En el salón estaba Cristina sentada en el sofá, con los ojos enrojecidos y una manta sobre las piernas. Mi madre la sujetaba de la mano. Ivan estaba de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados. Mi padre tenía el látigo en la mano.

No pregunté qué había pasado.

Ya no hacía falta.

—Cristina dice que le rompiste el collar que le regalé —dijo Roberto con voz plana—. El de perlas.

Negué con la cabeza. Ni siquiera sabía de qué collar hablaba.

—No lo toqué.

Cristina sollozó en el momento exacto. Mi madre le acarició el cabello.

—Clara, por favor. Ya basta de mentiras.

El primer latigazo me alcanzó en la espalda antes de que pudiera prepararme. El segundo me hizo caer de rodillas. Conté hasta nueve. Después perdí la cuenta. Cuando terminó, yo estaba en el suelo, con la frente apoyada contra la alfombra y la respiración hecha jirones. Alguien —Matteo, creo— me agarró del brazo y me arrastró hasta las escaleras.

—Sube. Y no bajes hasta que te digamos.

Llegué a mi habitación como pude. Me quité la camisa. Las marcas nuevas se cruzaban con las viejas. Algunas sangraban. Me senté en el borde de la cama y miré mis manos. Temblaban. Ya no de miedo. De algo más profundo. De un cansancio que no se iba ni con el sueño.

Esa noche, por primera vez en mucho tiempo, pensé en rendirme.

No de forma dramática. No con gritos ni con planes elaborados. Solo me acosté boca abajo, para no apoyar la espalda, y dejé que la idea se instalara. ¿Qué pasaría si simplemente dejaba de pelear? ¿Si dejaba de intentar que me creyeran? ¿Si dejaba de esconderme, de curarme, de aguantar? ¿Si un día simplemente no me levantaba?

La idea no me asustó tanto como debería.

Cerré los ojos y me imaginé desapareciendo. No de forma violenta. Solo… dejando de estar. Como si la casa pudiera seguir funcionando perfectamente sin el peso molesto de mi existencia. Cristina sería más feliz. Mi madre dejaría de suspirar. Mi padre dejaría de cansarse. Matteo dejaría de enfadarse. Ivan dejaría de tener que fingir que yo no existía.

Y yo… yo dejaría de doler.

Lia vino al día siguiente. Trepó por la ventana del baño porque la puerta principal estaba cerrada con llave (castigo extra). Cuando me vio, se le heló la cara.

—Otra vez.

Asentí. Ella sacó su kit de siempre y se puso a limpiar las heridas en silencio. Yo miraba la pared. En algún momento hablé, con la voz tan baja que casi no se oía:

—Estoy cansada, Lia.

Ella detuvo las manos.

—Lo sé.

—No de este tipo de cansancio. Del otro. Del que hace que te preguntes para qué seguir.

Lia dejó el algodón. Me tomó la cara con las dos manos y me obligó a mirarla. Sus ojos estaban brillantes, pero la voz le salió firme.

—No. No me hagas esto. No me dejes sola con esta mierda. Tú no te rindes. ¿Me oíste? No te rindes.

Quise decirle que ya no estaba segura de poder cumplir esa orden. En cambio, solo asentí. Ella me abrazó con cuidado, evitando las marcas, y se quedó así mucho tiempo. Cuando se fue, me dejó un chocolate escondido bajo la almohada y una nota que decía: “Mañana también vengo. Aguanta.”

Aguantar.

Esa era toda mi vida resumida en una palabra.

Los días siguientes fueron una niebla. Comía cuando me dejaban. Dormía cuando el dolor lo permitía. Bajaba cuando me llamaban. Subía cuando me ordenaban desaparecer. Cristina brillaba más que nunca. Ivan la miraba como si fuera la única persona valiosa de la casa. Matteo la protegía. Mis padres la adoraban.

Y yo… yo empezaba a entender que el espacio que ocupaba se estaba volviendo demasiado incómodo para todos.

Una noche, mientras miraba el techo en la oscuridad, me permití el pensamiento completo:

¿Y si simplemente dejaba de existir para ellos?

No tenía un plan. No tenía pastillas escondidas ni cuerdas. Solo la idea. La idea de que, si un día no despertaba, el problema que yo representaba desaparecería. Y tal vez, solo tal vez, el silencio que dejaría sería más amable que el ruido que hacía al seguir viva.

Me asusté de mí misma cuando me di cuenta de lo lejos que había llegado ese pensamiento. Me senté en la cama, con el corazón acelerado, y me obligué a recordar la voz de Lia: “No te rindes.”

Pero la voz de Lia estaba afuera.

Y el cansancio estaba dentro, creciendo.

Empecé a moverme más despacio. A hablar menos. A ocupar todavía menos espacio. Si me quedaba quieta lo suficiente, tal vez dejarían de notarme del todo. Tal vez el siguiente castigo no llegaría porque ya no valdría la pena. Tal vez el olvido era una forma de paz.

Una tarde, mientras doblaba toallas en el cuarto de lavado, me miré las manos. Estaban llenas de pequeñas cicatrices. Las de los latigazos. Las de los golpes. Las de las veces que me había mordido para no gritar. Pensé en cómo se verían si un día simplemente dejaran de moverse.

El pensamiento me acompañó el resto del día.

Esa noche soñé que caminaba por la casa y nadie me veía. Pasaba junto a mi padre y él seguía leyendo. Pasaba junto a Cristina y ella seguía riendo. Pasaba junto a Ivan y él seguía besándola. Yo era transparente. Peso cero. Problema cero.

Cuando desperté, lloré en silencio durante mucho rato. No de tristeza. De alivio. Porque el sueño había sido la primera vez en años que me había sentido a salvo.

Al día siguiente Lia me encontró más callada de lo normal. Me miró fijamente durante un largo rato y después habló con esa seriedad que solo usaba cuando tenía miedo de verdad.

—No sé qué estás pensando —dijo—, pero lo noto. Y te juro que si dejas de pelear, yo voy a pelear por las dos. Aunque tenga que arrastrarte fuera de aquí a patadas.

Quise abrazarla. Quise decirle que la oía. En cambio, solo apoyé la cabeza en su hombro y cerré los ojos. El cansancio era tan grande que hasta el gesto de sostener la cabeza me pesaba.

Veinte años.

Una vida entera de pelear por un espacio que nadie quería darme.

Y por primera vez, la idea de rendirme ya no me parecía una traición.

Me parecía… descanso.

Solo necesitaba un empujón más.

Uno solo.

Y entonces, tal vez, el silencio sería completo.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo