Capítulo 11 Capítulo 11

Cristina

Me gustaba verla romperse.

No de forma rápida ni ruidosa. Eso habría sido vulgar. Me gustaba el proceso lento, el desgaste diario, la forma en que Clara Parker se iba apagando año tras año como una vela a la que nadie le ponía más cera. Yo solo había tenido que soplar un poco al principio. Después el resto se encargó solo: el padre, el hermano, la madre ciega de voluntad, el novio cobarde. Todos tan fáciles de dirigir. Todos tan deseosos de creer que la hija de sangre era el problema y yo, la huérfana, la víctima eterna.

Esa noche, mientras me miraba en el espejo de mi habitación, sonreí. El reflejo me devolvió la misma cara que todos amaban: ojos grandes, labios suaves, expresión de eterna fragilidad. Nadie sospechaba lo que había detrás. Nadie quería sospecharlo. Era más cómodo para ellos quererme así.

Clara tenía veinte años. Yo diecinueve. Y ya había ganado casi todo.

Casi.

Todavía ocupaba espacio. Todavía respiraba el mismo aire. Todavía hacía que, de vez en cuando, alguien (normalmente Lia, esa mosca molesta) recordara que existía. Y eso, aunque ya no dolía como antes, seguía siendo una molestia.

Necesitaba un golpe definitivo.

Algo de lo que no pudiera recuperarse.

Me senté en el borde de la cama y abrí el cuaderno que guardaba bajo el colchón. No era un diario. Era un plan. Había empezado a escribirlo meses atrás, cuando me di cuenta de que los latigazos y las humillaciones ya no bastaban. Clara se estaba volviendo demasiado silenciosa, demasiado pequeña. Si seguía así, tal vez un día simplemente se desvanecía y yo me quedaba sin el placer de verla caer del todo.

No.

Quería que cayera delante de todos.

Quería que la odiaran.

La idea del secuestro nació una tarde en la que vi una noticia en la televisión sobre una chica desaparecida. La familia lloraba. Los vecinos ponían velas. Todo el mundo se volcaba. Y pensé: ¿qué pasaría si yo desaparecía… y la culpa caía sobre Clara?

Perfecto.

Limpio.

Irreversible.

Empecé a detallarlo esa misma noche.

Primero, el momento. Tenía que ser creíble. Un día en el que Clara estuviera sola en casa o cerca. Un día en el que yo pudiera escabullirme sin que nadie me viera salir. El bosque que quedaba detrás de la propiedad era ideal. Oscuro, poco transitado, lo suficientemente cerca como para que el grito se escuchara… y lo suficientemente lejos como para que nadie llegara a tiempo.

Después, la evidencia. Necesitaba dejar rastros. Un trozo de tela de alguna camisa vieja de Clara. Un poco de su cabello (fácil de conseguir del cepillo que todavía guardaba en el baño compartido). Tal vez un mensaje en mi teléfono, a medias, diciendo que tenía miedo de ella. Algo que la policía pudiera encontrar y que apuntara directamente a la hermana celosa y problemática.

Y el golpe maestro: el testimonio.

Yo regresaría.

Claro que regresaría.

Sucia, asustada, con algunas rasguños superficiales que yo misma me haría. Lloraría. Temblaría. Y contaría, con la voz quebrada perfecta, cómo Clara me había arrastrado hasta el bosque, cómo me había amenazado, cómo había dicho que ojalá desapareciera de una vez. Cómo me había dejado atada y se había ido.

Ellos me creerían.

Siempre me creían.

Me recosté en la cama y cerré los ojos, imaginando la escena. El rostro de Roberto cuando oyera la historia. La furia de Matteo. Las lágrimas de Lucia. La cara de Ivan… ah, Ivan. Ese era un detalle delicioso. Él ya me pertenecía, pero verlo odiar a Clara con más fuerza todavía me daba un placer especial. Quería verlo gritarle. Quería verlo empujarla. Quería verlo elegir destruirla con sus propias manos.

Y después… la subasta.

Esa parte la había pensado más tarde, cuando escuché a Matteo hablar una noche con unos amigos sobre “cómo se resolvían ciertos problemas” en algunos círculos oscuros de la ciudad. Una broma, había dicho. Pero yo anoté la información. Si la familia estaba lo suficientemente furiosa, si creían que Clara había intentado matarme, tal vez aceptarían un castigo más… permanente. Venderla. Deshacerse de ella. Borrarla de la casa como se borra una mancha molesta.

Sonreí en la oscuridad.

No necesitaba que muriera.

Solo necesitaba que desapareciera.

Que se convirtiera en un recuerdo vergonzoso del que nadie quisiera hablar.

Me levanté y fui hasta el escritorio. Saqué el teléfono viejo que había escondido (uno que nadie sabía que tenía) y escribí el borrador del mensaje. Algo corto, aterrorizado:

“Clara me está siguiendo otra vez. Tengo miedo. Si le pasa algo a…”

Lo dejé incompleto a propósito. Más tarde lo enviaría a un número ficticio o lo dejaría en borradores para que la policía lo encontrara. Detalles. Siempre los detalles.

Después repasé la lista de lo que necesitaba:

– Un trozo de la camisa gris de Clara (la que usaba para limpiar).

– Varios cabellos suyos.

– Rasguños en mis brazos (fáciles de hacer con las uñas).

– Tierra del bosque en la ropa.

– El momento exacto en que todos estuvieran ocupados.

Calculé que en menos de dos semanas podría tenerlo todo listo. El cumpleaños de Clara había pasado sin pena ni gloria, como yo quería. Ahora estaba más rota que nunca. El momento era perfecto.

Me miré otra vez en el espejo. Practiqué la expresión. Primero el miedo. Después el llanto. Después la voz temblorosa al decir su nombre como si fuera un monstruo. Cada gesto salió perfecto. Años de práctica.

—Clara me llevó al bosque —susurré al reflejo, dejando que la voz se quebrara justo en el punto correcto—. Me dijo que odiaba que existiera. Me ató. Me dejó ahí. Creí que iba a morir…

Me detuve. Sonreí de verdad, sin máscara.

Iba a funcionar.

Porque en esta casa la verdad nunca había importado.

Solo importaba quién lloraba mejor.

Y yo lloraba mejor que nadie.

Apagué la luz y me metí en la cama. Mientras el silencio de la mansión me envolvía, repasé mentalmente cada paso una vez más. El grito. La carrera. El regreso. Las acusaciones. La furia de Roberto. El momento en que, por fin, se desharían de ella de una forma que yo pudiera disfrutar para siempre.

Clara Parker había sido la hija amada.

Yo me había encargado de convertirla en el error.

Y muy pronto, me encargaría de convertirla en un recuerdo.

Cerré los ojos.

Por primera vez en mucho tiempo, dormí profundamente.

Y soñé con su cara cuando se diera cuenta de que ya no había escapatoria.

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