Capítulo 5 Capítulo 5

Clara

La promesa llegó un martes de octubre, cuando yo tenía diecisiete años y todavía creía —estúpida, desesperada— que el amor de infancia podía sobrevivir a todo.

Ivan me encontró detrás del invernadero al atardecer. Llevaba semanas evitando quedarse a solas conmigo, pero esa tarde apareció con las manos en los bolsillos y una expresión que no le había visto en mucho tiempo. Se detuvo a dos metros de distancia, como si el espacio entre nosotros fuera una frontera que ya no se atrevía a cruzar del todo.

—Necesito hablar contigo —dijo.

Asentí. El corazón me latía con una mezcla peligrosa de esperanza y miedo. Había pasado casi un año desde que empezó a salir oficialmente con Cristina. Un año de verlos juntos en el salón, de escuchar sus risas desde mi habitación, de fingir que no me importaba cuando Matteo hacía comentarios crueles sobre “lo bien que le iba a Ivan ahora que se había librado de ti”.

Ivan se pasó una mano por el cabello. Estaba más alto. Más ancho de hombros. Ya no era el niño que me traía margaritas. Era un hombre joven que, de alguna forma, seguía siendo el único resto de la vida que yo había perdido.

—Sé que las cosas han estado… raras —empezó—. Sé que te he fallado. Pero no puedo seguir así. No puedo seguir viéndote sufrir y hacer como si nada.

Levanté la vista. Por un segundo creí que iba a pedirme perdón. Que iba a decirme que por fin había abierto los ojos. En cambio, sacó una cajita pequeña del bolsillo de la chaqueta. Mis dedos se tensaron sobre la falda.

—No es un anillo de verdad —aclaró rápido, casi avergonzado—. Es solo… una promesa. De cuando éramos niños. Me acordé de lo que te dije bajo el roble. Que algún día nos casaríamos. Que tendríamos una casa con un jardín lleno de margaritas.

Abrió la cajita. Dentro había un anillo sencillo de plata con una piedra azul pálida. No valía nada. Lo había comprado probablemente en alguna tienda de souvenirs. Pero para mí, en ese instante, pesaba más que cualquier diamante.

—Quiero que lo tengas —continuó—. Quiero que sepas que no me he olvidado. Que cuando todo esto se calme… cuando Cristina esté mejor y tu familia deje de estar tan enrarecida… quizás podamos volver a intentarlo. De verdad.

Me quedé mirando el anillo. Las palabras se me amontonaban en la garganta. Quise gritarle que Cristina nunca iba a “estar mejor”, que las mentiras no se calmarían, que él estaba eligiendo mirar hacia otro lado. Pero la esperanza es una droga cruel. Y yo llevaba años sin probarla.

Extendí la mano. Él me puso el anillo en el dedo anular. Quedaba un poco grande. La piedra azul brilló con la última luz del día.

—¿Lo prometes? —susurré.

Ivan sostuvo mi mirada durante tres segundos exactos. Luego asintió.

—Lo prometo.

Esa noche me acosté con el anillo puesto y, por primera vez en meses, dormí sin pesadillas. Soñé con el roble. Con margaritas. Con una versión de nosotros que ya no existía, pero que todavía dolía desear.

La promesa duró once días.

El undécimo día era un viernes. Había una pequeña reunión en casa. Nada formal. Solo la familia y, como siempre, Ivan. Yo bajé las escaleras con el anillo escondido bajo la manga del suéter. No se lo había enseñado a nadie. Ni siquiera a Lia. Tenía miedo de que, al decirlo en voz alta, se desvaneciera.

Cristina estaba en el salón, sentada en el sofá con las piernas recogidas. Llevaba un vestido blanco que la hacía parecer más frágil de lo normal. Cuando me vio, sonrió. Esa sonrisa que yo ya conocía demasiado bien.

La noche transcurrió con la tensión habitual. Mi padre hablaba de negocios. Matteo bebía cerveza y lanzaba miradas de desprecio en mi dirección. Mi madre se dedicaba a asegurarse de que Cristina tuviera de todo. Ivan estaba sentado a su lado. Cada tanto le tocaba el brazo o le susurraba algo al oído. Yo fingía interesarme en el libro que tenía abierto sobre las rodillas.

Cerca de las once, Cristina se levantó con un gesto dramático y se llevó una mano a la frente.

—Me duele la cabeza… otra vez.

Mi madre se alarmó al instante. Matteo se ofreció a subirla. Pero fue Ivan quien se puso de pie primero.

—Yo la acompaño —dijo—. Ya es tarde de todas formas.

Los vi subir las escaleras juntos. La mano de Ivan en la cintura de Cristina. La forma en que ella se apoyaba en él como si no pudiera dar un paso sin su ayuda. El anillo de plata me pesó de pronto como plomo en el dedo.

Esperé. Conté los minutos. Cuando pasaron veinte y no bajaban, algo frío se instaló en mi estómago. Me levanté sin hacer ruido y subí las escaleras. El pasillo del segundo piso estaba en penumbra. La puerta de la habitación de Cristina estaba entreabierta.

No quería mirar.

Pero miré.

Estaban sentados en el borde de la cama. Cristina tenía la cabeza apoyada en el pecho de Ivan. Él le acariciaba el cabello con una ternura que hacía tiempo no me dedicaba a mí. Ella levantó el rostro y lo besó. No fue un beso de consuelo. Fue un beso lento, profundo, de quien sabe exactamente lo que está haciendo. Ivan respondió. Sus manos se cerraron alrededor de la cintura de ella. Un sonido bajo, casi un gemido, escapó de la garganta de Cristina.

Retrocedí un paso. El suelo crujió.

Ivan levantó la vista. Nuestros ojos se encontraron a través de la rendija de la puerta. Por un segundo vi pánico. Luego vi resignación. Y después… vi cómo elegía. Cómo apretaba más a Cristina contra su cuerpo y desviaba la mirada hacia ella, como si yo nunca hubiera estado allí.

Cerré la puerta con cuidado. Bajé las escaleras en silencio. Crucé el salón sin que nadie me preguntara nada. Salí al jardín. El aire de octubre me golpeó la cara como una bofetada. Caminé hasta el roble. Me senté al pie del tronco y me quité el anillo.

Lo miré bajo la luz de la luna. La piedra azul ya no brillaba. Solo parecía un trozo de vidrio barato. Cerré el puño alrededor de él hasta que los bordes se me clavaron en la piel. El dolor fue limpio. Preferible al otro.

No lloré.

No grité.

Solo me quedé allí, con el anillo apretado en la mano, entendiendo por fin lo que había estado negando durante años:

Ivan no me había hecho una promesa.

Me había dado una limosna.

Y esa misma noche la había retirado sin siquiera molestarse en decírmelo en la cara.

Cuando regresé a la casa, las luces del salón estaban apagadas. Subí a mi habitación. Me quité el suéter. Me miré en el espejo. El moretón que Matteo me había dejado tres días atrás todavía se veía amarillento bajo la clavícula. El labio ya no sangraba, pero la cicatriz interna seguía allí. Y ahora, además, tenía un anillo de plata barata que ya no significaba nada.

Lo guardé en el cajón más profundo del escritorio. No lo tiré. No sé por qué. Tal vez porque todavía necesitaba una prueba tangible de que, alguna vez, alguien había fingido elegirme.

Lia me encontró al día siguiente. No le conté lo del beso. No hacía falta. Ella solo me miró a los ojos, vio lo que había allí y me abrazó sin preguntar. Nos quedamos sentadas en el césped húmedo hasta que el sol empezó a bajar. No hablamos de Ivan. No hablamos de Cristina. Solo de cosas pequeñas: el examen de historia, el gato callejero que había adoptado su vecina, la posibilidad de que el invierno llegara temprano.

Cuando por fin me levanté para volver adentro, Lia apretó mi mano una última vez.

—No valía la pena —dijo en voz baja—. Ninguno de ellos lo valía.

Asentí. Pero por dentro sabía que no era tan simple. Porque aunque Ivan no valiera la pena, aunque la promesa hubiera sido mentira, una parte de mí se había aferrado a ella con la desesperación de quien se está ahogando. Y ahora esa parte flotaba a la deriva, sin nada a lo que agarrarse.

Esa noche, cuando las risas de Cristina e Ivan subieron desde el salón hasta mi habitación, me tapé los oídos con la almohada y cerré los ojos con fuerza. El anillo seguía en el cajón. Yo seguía en la cama. Y la casa, una vez más, seguía girando alrededor de todos… menos de mí.

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