Capítulo 6 Capítulo 6
Clara
Los latigazos empezaron el invierno en que cumplí dieciocho años.
Hasta entonces los castigos habían sido puños, empujones, encierros y la humillación constante de ser la hija que sobraba. Pero aquella noche de diciembre mi padre decidió que ya no bastaba con las manos.
Había llegado del colegio con el uniforme mojado por la nieve. Lia me había acompañado hasta la esquina, como siempre, y me había apretado la mano antes de dejarme sola frente a la reja. Dentro de la casa el ambiente estaba denso. Cristina lloraba en el salón con esa forma perfecta de llorar que ya dominaba desde niña. Mi madre la mecía. Matteo caminaba de un lado a otro con los puños cerrados. Ivan estaba sentado en el sofá, con la mandíbula apretada, mirando el suelo.
Cuando entré, todos se giraron hacia mí.
—Otra vez, Clara —dijo mi padre con voz baja, casi cansada—. ¿Cuántas veces tenemos que repetirte que no toques a tu hermana?
Negué con la cabeza. El frío de la nieve todavía me calaba los huesos.
—No la toqué. Acabo de llegar.
Cristina levantó la cara. Tenía una marca roja en la mejilla que yo sabía que ella misma se había hecho contra el marco de la puerta. Las lágrimas le brillaban bajo la luz del candelabro.
—Me empujó cuando bajaba las escaleras —sollozó—. Me dijo que ojalá me cayera y me rompiera el cuello.
Mi padre no preguntó más. Se levantó, agarró mi brazo con fuerza y me arrastró hacia el estudio. Escuché la puerta cerrarse detrás de nosotros. El olor a cuero y a madera vieja me golpeó la nariz. Sobre el escritorio había un látigo de cuero fino, de esos que se usan con los caballos. Nunca lo había visto ahí.
—Quítate el abrigo —ordenó.
Obedecí con los dedos entumecidos. El abrigo cayó al suelo. Me quedé en el uniforme escolar, temblando.
—Contra el escritorio.
Me giré. Apoyé las manos sobre la madera fría. Escuché el silbido del aire cuando el látigo se levantó. El primer latigazo me atravesó la espalda como fuego líquido. El grito se me quedó atragantado en la garganta. El segundo llegó antes de que pudiera recuperar el aliento. El tercero me hizo doblar las rodillas. Seguí de pie solo porque las manos se me habían clavado al borde del escritorio.
Perdí la cuenta después del sexto.
Cuando por fin paró, yo estaba de rodillas en el suelo, con la frente apoyada contra el costado del escritorio y la respiración entrecortada. La espalda ardía. Sentía la tela del uniforme pegada a la piel, húmeda de algo que no era solo sudor. Mi padre dejó el látigo sobre la mesa con un ruido sordo.
—La próxima vez será peor —dijo—. Aprende de una buena vez.
Salió y cerró la puerta. Me quedé sola en el silencio del estudio, intentando no sollozar demasiado fuerte. Cada movimiento enviaba oleadas de dolor por la columna. Cuando por fin logré incorporarme, vi mi reflejo distorsionado en el cristal de la ventana: el cabello desordenado, los ojos enrojecidos, la boca entreabierta. Parecía una extraña.
Subí a mi habitación por la escalera de servicio para no cruzarme con nadie. Me quité el uniforme con cuidado. La espalda estaba marcada con líneas rojas e hinchadas. Algunas ya empezaban a sangrar en hilos finos. Me duché con agua tibia, mordiéndome el labio hasta hacerlo sangrar también, y después me acosté boca abajo sobre la cama, sin sábanas, porque cualquier contacto dolía demasiado.
Lia apareció al día siguiente. Trepó el seto aunque la nieve le llegaba a las rodillas y entró por la ventana del baño como había hecho tantas veces. Cuando vio mi espalda se le congeló la expresión.
—Clara…
—No digas nada —susurré—. Si te oyen, te prohíben venir.
Ella se sentó en el borde de la cama y me limpió las heridas con cuidado, usando el kit pequeño que siempre traía escondido en la mochila. No hablamos mucho. Solo el sonido del algodón contra la piel y su respiración contenida. Cuando terminó, apoyó la frente en mi hombro sano y se quedó así un largo rato.
—Algún día esto se acaba —murmuró—. Tiene que acabarse.
Quise creerle. De verdad que quise.
Pero los latigazos se volvieron parte del lenguaje de la casa.
Cualquier cosa bastaba. Que Cristina dijera que yo la había mirado mal. Que se quejara de un dolor de cabeza y señalara en mi dirección. Que “encontrara” uno de mis libros con páginas arrancadas. Mi padre ya no necesitaba excusas elaboradas. El látigo esperaba en el cajón del escritorio y yo aprendí a desabrocharme la ropa sola, a colocarme contra la madera, a morder el interior de la mejilla para no gritar demasiado fuerte.
Matteo empezó a participar.
Un día, después de que Cristina afirmara que yo le había tirado del pelo en el pasillo, mi hermano me arrastró hasta el garaje. Me empujó contra el capó del auto de mi padre y me dio una bofetada tan fuerte que vi destellos blancos. Después me sujetó del cabello y me obligó a mirarlo.
—Estoy harto de ti —escupió—. Harta de tus mentiras. Harta de que hagas llorar a Cristina. Si no aprendes, te voy a enseñar yo mismo.
Me soltó y se fue. Me quedé apoyada contra el metal frío, con la mejilla ardiendo y el sabor a sangre otra vez en la boca. Desde la puerta del garaje escuché la voz suave de Cristina agradeciéndole.
Ivan ya casi no me miraba.
Cuando venía a la casa —que era casi todos los días— se quedaba pegado a Cristina. Le tomaba la mano. Le susurraba cosas al oído. A veces, si nuestros ojos se cruzaban por accidente, él desviaba la mirada con rapidez, como si mirarme le quemara. Una tarde lo encontré solo en el jardín, fumando. Me detuve a unos metros. Él levantó la vista, me vio el moretón reciente en la mandíbula y abrió la boca como si fuera a decir algo. Al final solo apagó el cigarrillo contra la nieve y regresó adentro sin una sola palabra.
La humillación se volvió más creativa.
Un domingo por la mañana, después de que Cristina dijera que yo le había robado un collar, mi madre me hizo arrodillarme en el centro del salón delante de toda la familia. Me obligó a pedir perdón en voz alta. Cuando mi voz salió temblorosa, Matteo se rió. Ivan miró el suelo. Cristina sonrió detrás de su pañuelo.
—Más fuerte, Clara —ordenó mi madre—. Que se te oiga bien.
Repetí las palabras. Cada sílaba me sabía a ceniza. Cuando terminé, mi padre asintió como si hubiera cumplido un deber desagradable pero necesario. Cristina se levantó, se acercó y me acarició el cabello con fingida ternura.
—Ya está —susurró solo para mí—. Ya aprendiste.
Esa noche me miré en el espejo del baño durante mucho rato. Las marcas del látigo cruzaban mi espalda como un mapa oscuro. El moretón de la mandíbula ya estaba poniéndose morado. Los ojos que me devolvían la mirada ya no pedían comprensión. Solo aguantaban.
Empecé a contar los días en silencio.
Contaba cuántos latigazos podía soportar sin doblar las rodillas. Contaba cuántas horas podía pasar sin comer cuando me dejaban sin cena. Contaba cuántas veces podía oír la risa de Cristina desde el piso de abajo sin que el pecho se me cerrara del todo.
Lia era el único número que no sumaba dolor.
Venía siempre que podía. Me traía comida escondida en la mochila. Me ayudaba a curar las heridas nuevas. A veces solo se sentaba a mi lado en el suelo de mi habitación y leía en voz baja para que el silencio no me comiera viva. Una noche, mientras me aplicaba pomada en las marcas más recientes, habló con la voz muy baja:
—Cuando salgamos de aquí… cuando por fin salgamos… vamos a quemar todo esto. Metafóricamente. O no. Todavía no lo decido.
Me reí por primera vez en semanas. El sonido salió roto, pero fue risa. Lia sonrió también, aunque los ojos se le habían llenado de lágrimas.
El tiempo seguía pasando.
Cumplí diecinueve. Después di los primeros pasos hacia los veinte. Mi cuerpo se volvió más delgado. Las ojeras se hicieron permanentes. Aprendí a moverme de cierta forma para que las heridas de la espalda no se notaran bajo la ropa. Aprendí a sonreír cuando era necesario y a desaparecer cuando no lo era. Aprendí, sobre todo, a no esperar nada de nadie excepto de Lia.
Y sin embargo, en lo más profundo de las noches, cuando el dolor de las marcas nuevas me mantenía despierta, todavía cerraba los ojos y me preguntaba cómo sería despertar un día y no tener miedo. Cómo sería que alguien me mirara sin asco ni lástima. Cómo sería que alguien, cualquiera, dijera mi nombre como si todavía importara.
No lo sabía.
Solo sabía que seguía aguantando.
Y que, de alguna forma oscura y terca, todavía no me había roto del todo.
