Capítulo 9 Capítulo 9

Clara

A los veinte años ya no me hacía ilusiones sobre Ivan.

Había pasado demasiado tiempo desde aquella noche en que lo vi besar a Cristina a través de la rendija de la puerta. Demasiados meses viéndolos juntos en el salón, demasiado silencio cuando nuestros caminos se cruzaban en la casa. Y sin embargo, él seguía apareciendo. Seguía comiendo en la mesa de mi familia. Seguía riendo con Matteo. Seguía dejando que Cristina se apoyara en su hombro como si fuera el único lugar seguro del mundo.

Yo había aprendido a no mirarlo directamente.

Había aprendido a no esperar nada.

Pero la humillación no necesitaba de mi esperanza para existir.

Empezó de forma casi casual, como todas las cosas crueles en aquella casa.

Una tarde de finales de septiembre, Cristina decidió que quería “practicar” para una obra de teatro del colegio (aunque ella ya no estudiaba allí; solo usaba la excusa). Se colocó en el centro del salón y le pidió a Ivan que hiciera de su pareja de escena. Yo estaba cruzando el pasillo con una cesta de ropa limpia cuando los vi. Ivan tenía las manos en la cintura de ella. Cristina levantaba la cara con esa expresión de fragilidad estudiada. Y entonces, en voz alta, lo suficientemente clara para que yo la oyera, dijo:

—Besame como si realmente me quisieras. No como cuando fingías con Clara.

Ivan se rió. No fue una risa incómoda. Fue una risa cómplice. Después la besó. Largo. Delante de mí. Cuando se separaron, Cristina giró la cabeza y me miró. Sonrió.

—Perdón, Clara. No sabía que estabas ahí.

Mentira.

Siempre lo sabía.

Seguí caminando con la cesta apretada contra el pecho. Las manos me temblaban tanto que las pinzas de la ropa sonaron entre sí. Subí las escaleras sin girarme. Detrás de mí escuché la voz de Matteo:

—Déjala. Siempre se hace la víctima.

Ivan no dijo nada para defenderme.

Nunca lo hacía.

Las humillaciones se volvieron más directas.

Un domingo por la noche, durante la cena, Cristina “sin querer” derramó un vaso de agua sobre mi plato. El líquido se extendió por el mantel y mojó mi ropa. Yo me quedé quieta, esperando la orden de levantarme y limpiar. En cambio, Ivan, que estaba sentado a su lado, soltó una carcajada baja.

—Sigue teniendo la misma torpeza de siempre —comentó, dirigiéndose a Cristina, no a mí—. ¿Te acuerdas cuando se le caía todo en las manos?

Cristina rio detrás de la servilleta.

—Pobre Clara. Algunas cosas no cambian.

Mi padre ni siquiera levantó la vista del plato. Mi madre suspiró, como si el verdadero problema fuera que yo hubiera ensuciado el mantel. Matteo empujó mi silla con el pie.

—Limpia eso de una vez.

Me levanté. Fui a la cocina por un trapo. Mientras secaba la mesa, sentí la mirada de Ivan sobre mí. Cuando levanté los ojos, él ya había desviado la vista hacia Cristina y le estaba susurrando algo al oído. Ella sonrió y asintió.

Esa noche, mientras me cambiaba la camisa mojada en mi habitación, me miré en el espejo. Veinte años. El cuerpo marcado. Los ojos vacíos. Y la certeza de que el hombre que una vez me había puesto un anillo de promesa ahora se divertía viéndome humillada.

La semana siguiente fue peor.

Cristina organizó una pequeña reunión en casa. Solo “amigos cercanos”. Ivan, Matteo, un par de conocidos de la universidad de Matteo y ella, por supuesto, como centro de atención. Yo no estaba invitada. De hecho, mi madre me había dicho por la mañana:

—Será mejor que te quedes en tu cuarto esta noche. No queremos que haya… tensiones.

Obedecí. Me quedé arriba con la puerta entreabierta, escuchando las risas que subían desde el salón. A las once, aproximadamente, escuché mi nombre.

La voz de Ivan.

—¿Clara? Sí, todavía vive aquí. Aunque a veces parece un fantasma.

Risas.

La de Cristina, más alta que las demás.

—Pobre cosa —continuó él—. Antes era… diferente. Ahora solo camina por la casa como si pidiera perdón por existir.

Más risas.

Después el sonido de un vaso chocando contra otro.

Me senté en el suelo, con la espalda apoyada contra la cama, y me tapé los oídos con las manos. No fue suficiente. Las palabras se filtraron igual. Cada una de ellas se clavó más hondo que muchos latigazos.

Cuando la reunión terminó y la casa se quedó en silencio, bajé a beber agua. Pensé que todos se habían ido. Me equivoqué. Ivan estaba en la cocina, solo, abriendo una cerveza. Al verme se quedó quieto. Por un segundo creí ver algo —culpa, vergüenza, cualquier cosa humana— en su cara. Después la expresión se cerró.

—Deberías estar dormida —dijo.

—Escuché lo que dijiste.

Él se encogió de hombros. Bebió un trago.

—Era solo una broma, Clara. No lo tomes tan personal.

—¿Una broma?

Me quedé mirándolo. El mismo chico que me había traído margaritas. El mismo que me había puesto un anillo de promesa bajo el roble. Ahora me miraba como se mira a alguien que ya no merece ni siquiera el esfuerzo de mentir bien.

—Deja de hacerte la mártir —añadió, y su voz sonó más dura—. Cristina tiene razón. Siempre estás buscando dramas. Si tu familia te trata así, por algo será.

Las palabras me golpearon con más fuerza que cualquier bofetada de Matteo. Asentí una sola vez. Di media vuelta y subí las escaleras sin responder. Detrás de mí escuché el ruido de la lata al ser aplastada y después sus pasos alejándose hacia la habitación de Cristina.

Esa noche no dormí.

Me quedé sentada en la cama, con las rodillas contra el pecho, repasando cada momento en el que todavía había creído que Ivan podía ser algo distinto. El anillo seguía en el cajón del escritorio. Lo saqué. Lo miré bajo la luz de la lámpara. La piedra azul ya no brillaba. Solo parecía un trozo de vidrio barato y mentiroso. Lo cerré en el puño hasta que los bordes se me clavaron en la piel. Después lo devolví al cajón y cerré con llave.

Lia vino al día siguiente. Le conté lo de la reunión y lo de la cocina. Escuchó en silencio, con la mandíbula apretada. Cuando terminé, habló con esa voz baja y peligrosa que solo usaba cuando estaba realmente furiosa.

—Él no merece ni tu odio, Clara. No le des ese poder.

—Ya no le doy nada —respondí—. Solo… duele igual.

Ella me abrazó. Nos quedamos así un rato largo, sentadas en el suelo de mi habitación, mientras abajo la casa seguía su ritmo normal: la risa de Cristina, la voz de Ivan respondiéndole, el sonido de una vida de la que yo ya no formaba parte.

Las humillaciones no pararon.

A veces eran comentarios “inocentes” durante la cena. A veces miradas. A veces el simple hecho de que Ivan pasara a mi lado en el pasillo y fingiera que yo era invisible. Un día, delante de mi madre, Cristina le pidió que le ayudara a subir una caja a su habitación. Cuando pasaron por delante de mí, Ivan dijo, lo suficientemente alto:

—Cuidado, no queremos que Clara se sienta excluida otra vez.

Cristina rio. Mi madre también, aunque fue una risa pequeña y cansada. Yo seguí doblando la ropa que tenía en las manos como si no hubiera oído nada.

Esa noche me miré otra vez en el espejo. Veinte años. El cuerpo lleno de cicatrices viejas y moretones nuevos. Los ojos que ya no buscaban comprensión en nadie excepto en Lia. Y la certeza absoluta de que Ivan Clark, el niño de las margaritas, se había convertido en una de las muchas personas que disfrutaban viéndome pequeña.

Ya no lloré por él.

Las lágrimas se habían gastado en cosas peores.

Pero el vacío que dejó su traición se quedó ahí, quieto y frío, ocupando el espacio donde alguna vez había existido la esperanza de que al menos una persona de mi pasado todavía me viera como algo más que un problema.

Y yo, a los veinte años, aprendí a cargar con ese vacío igual que cargaba con las marcas de la espalda: en silencio, sin quejarme, y con la certeza de que nadie, excepto Lia, iba a preguntar nunca cómo me sentía.

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