Capítulo 7 Sentir
Lo que no debería sentir
No dormí.
Bueno, técnicamente cerré los ojos durante algunas horas, pero eso no cuenta como dormir cuando tu cerebro decide reproducir una película completa de todos los acontecimientos del día.
Y, por supuesto, el protagonista de esa película era Lenin.
Qué desgracia.
Me giré hacia un lado.
Recordé la fiesta.
La forma en que me había mirado cuando estaba bailando con Mateo.
La conversación en la terraza.
La nota.
No vuelvas a salir sola por la noche.
¿Por qué había escrito eso?
¿Y por qué no simplemente me lo dijo?
Abrí los ojos.
—Porque es un idiota.
Volví a cerrar los ojos.
Cinco minutos después:
—Un idiota guapo.
Abrí los ojos nuevamente.
—¡No!
Me senté en la cama.
—Isa, tienes que dejar de pensar en él.
Me levanté y caminé hasta el espejo.
Mi cabello estaba hecho un desastre.
Tenía ojeras.
Parecía un fantasma.
—Mira lo que te está haciendo.
Señalé mi propio reflejo.
—Ni siquiera es tu tipo.
Mentira.
Sí era mi tipo.
Pero eso no significaba nada.
Yo estaba enamorada de Daniel.
Desde hacía años.
Daniel era mi chico.
Mi amor platónico.
Mi futuro esposo imaginario.
Lenin era simplemente...
Lenin.
Mi hermanastro.
Y punto.
Me arreglé rápidamente y bajé.
Necesitaba café.
Mucho café.
Cuando llegué a la cocina, encontré a Brisa.
—Buenos días.
—Buenos días.
Me miró durante unos segundos.
—No dormiste.
—Sí dormí.
—Tienes cara de no haber dormido.
—Gracias.
—De nada.
Me serví café.
—¿Tú dormiste?
—Sí.
—Qué suerte.
—¿Qué pasó?
—Nada.
—Isa.
—Brisa.
—Te conozco desde hace unos días.
—Exactamente. No puedes conocerme tanto.
—Ayer estabas rara.
—Estaba cansada.
—¿Por Lenin?
Casi escupo el café.
—¡No!
Ella se echó a reír.
—No dije nada.
—Pero lo estabas pensando.
—Quizás.
—No pasó nada.
—Entonces cuéntame qué pasó.
—Nada.
—Isa.
Suspiré.
—Me dejó una nota.
Brisa dejó de sonreír.
—¿Qué decía?
—Que no volviera a salir sola de noche.
—¿Eso es todo?
—Sí.
—Eso es muy Lenin.
—¿Qué significa?
—Que se preocupa, pero jamás lo admite.
—No necesita preocuparse por mí.
—Él es así.
—¿Con todos?
—No.
La miré.
—¿No?
—No.
—Entonces...
—Isa.
—¿Qué?
—No pienses demasiado.
—No estoy pensando nada.
—Sí estás pensando.
—No.
—Sí.
—Voy a desayunar.
Brisa sonrió.
—Como quieras.
---
El desayuno transcurrió en silencio.
Lenin no apareció.
No sabía si sentirme aliviada o decepcionada.
Prefería la primera opción.
Después de comer, subí a mi habitación.
Tenía que hacer algunas tareas escolares.
Abrí mis libros.
Duré exactamente diez minutos.
Después me aburrí.
Tomé el teléfono.
Había varios mensajes de Mack.
Mack: ¿Cómo terminó la fiesta?
Mack: Necesito detalles.
Mack: ¿Pasó algo?
Mack: Isa, contesta.
Sonreí.
La llamé.
—¡Por fin! —gritó cuando respondió—. ¡Pensé que estabas muerta!
—Buenos días para ti también.
—Cuéntame todo.
—No pasó nada.
—Mentira.
—En serio.
—¿Bailaste?
—Sí.
—¿Con quién?
—Un chico llamado Mateo.
—¿Y Lenin?
Me quedé callada.
—¿Por qué preguntas por él?
—Porque me dijiste que estaba ahí.
—Sí.
—Entonces, ¿qué pasó?
—Nada.
—Isa...
—Me miró.
—¿Y?
—Después me dijo que tuviera cuidado.
—¿Eso es todo?
—Sí.
—Estás decepcionándome.
—Gracias.
Mack se rio.
—¿Te gusta?
—No.
—¿Segura?
—Sí.
—¿Entonces por qué tu voz cambió?
—Mi voz no cambió.
—Sí cambió.
—Mack.
—Está bien.
Suspiré.
—No puedo sentir nada por él.
—¿Por qué?
—Porque es mi hermanastro.
—Eso no impide que alguien te parezca guapo.
—Pero debería impedir cualquier otra cosa.
—Isa, no estás enamorada de él.
—Exactamente.
—Entonces deja de preocuparte.
—No me preocupa.
—Ajá.
—¿Y Daniel?
Hubo silencio.
—¿Qué pasa con él?
—¿Algo nuevo?
—No.
Mi corazón se hundió un poco.
—Oh.
—Isa.
—¿Qué?
—Quizá deberías dejar de esperarlo.
—No.
—Nunca has hablado realmente con él.
—Eso no significa que no pueda gustarme.
—No.
—Entonces no me digas que lo olvide.
—Está bien.
—Gracias.
Nos quedamos hablando un rato.
Cuando colgamos, me sentí mejor.
Hasta que alguien llamó a la puerta.
—¿Sí?
La puerta se abrió.
Lenin.
Mi corazón dio un pequeño salto.
Odié eso.
—¿Qué quieres?
—Papá te está buscando.
—¿Para qué?
—No sé.
—¿Y por qué no viene él?
—Está ocupado.
—Está bien.
Lenin se quedó en la puerta.
—¿Qué?
—Nada.
—Entonces vete.
—¿Siempre eres así?
—¿Así cómo?
—Hostil.
—Contigo sí.
Sonrió.
—Lo sé.
Se dio la vuelta.
—Espera.
Se detuvo.
—¿Qué?
Señalé el papel que estaba sobre mi escritorio.
—Lo de anoche.
Su expresión cambió.
—¿Qué pasa?
—¿Por qué me dejaste esa nota?
—Porque te vi salir.
—¿Y?
—Era tarde.
—Eso no explica nada.
—No quería que estuvieras sola.
—Podrías haberme hablado.
—Estabas con tus amigos.
—Y tú también.
—Sí.
—Entonces, ¿por qué te importó?
Lenin se quedó callado.
—Porque vives aquí.
—Eso no responde.
—Es la respuesta.
—No.
—Isa...
—¿Qué?
Suspiró.
—No quiero que te pase nada.
Mi corazón volvió a acelerarse.
—Está bien.
—¿Eso es todo?
—Sí.
—¿No vas a preguntarme más?
—No.
—¿Por qué?
—Porque ya sé que no me vas a responder.
Sonrió.
—Aprendes rápido.
—Gracias.
Se marchó.
Me quedé mirando la puerta.
—¿Qué me pasa?
---
Más tarde bajé a buscar a mi mamá.
La encontré en el jardín.
—Mamá.
—Hola, amor.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—¿Seguro?
—Sí.
Me senté junto a ella.
—Quería preguntarte algo.
—Dime.
—¿Por qué Henry tiene tantas reglas?
Ella suspiró.
—Porque es muy protector.
—¿Con Lenin y Brisa?
—Con todos.
—¿Incluso conmigo?
—Especialmente contigo.
—¿Por qué?
—Porque eres su hija también.
La miré.
No estaba segura de sentirme cómoda con eso.
—A veces siento que estoy invadiendo.
—No digas eso.
—Pero ellos crecieron aquí.
—Y ahora tú también eres parte de la familia.
Bajé la mirada.
—No sé si encajo.
—Dale tiempo.
—Eso me dicen todos.
—Porque es verdad.
La abracé.
—Te extraño a ti de antes.
Ella me acarició el cabello.
—Yo también te extraño.
Nos quedamos así unos minutos.
Hasta que escuchamos un ruido.
Lenin estaba saliendo de la casa.
Llevaba una mochila.
—¿A dónde vas? —preguntó Henry desde la terraza.
—A entrenar.
—¿A qué hora vuelves?
—No sé.
—Antes de las diez.
Lenin puso los ojos en blanco.
—Está bien.
Se marchó.
Lo observé.
—¿Qué entrena?
—Boxeo.
Mis ojos se abrieron.
—¿Boxeo?
Mi mamá sonrió.
—Le gusta.
—No me sorprende.
---
Esa tarde me quedé sola en la casa.
Bueno, casi.
Francisco estaba en algún lugar.
Brisa había salido con unas amigas.
Mi mamá acompañó a Henry.
Y Lenin seguía entrenando.
Me aburría.
Así que decidí explorar.
No sabía que la mansión tenía un segundo jardín.
Ni una pequeña biblioteca.
Ni un gimnasio.
Me quedé mirando las máquinas.
—Esto parece un gimnasio profesional.
Me acerqué.
Había un saco de boxeo.
Recordé a Lenin.
No debería.
Pero lo hice.
Me puse frente al saco.
Le di un golpe.
El saco apenas se movió.
—Ay.
Sacudí mi mano.
—Eso dolió.
Volví a golpearlo.
Esta vez más fuerte.
—¡Auch!
—No estás usando la técnica correcta.
Casi salté.
Me giré.
Lenin estaba en la puerta.
—¡No hagas eso!
—¿Qué?
—Aparecer así.
—La puerta estaba abierta.
—Podrías haber avisado.
—¿Necesitas que toque para entrar a un gimnasio?
—Sí.
—Está bien.
Se acercó.
—¿Te lastimaste?
—No.
Tomó mi mano.
Me quedé quieta.
La observó.
—Está roja.
—Estoy bien.
Me soltó.
—No golpees así.
—¿Y cómo?
—Te vas a lastimar.
—Entonces enséñame.
La frase salió sin pensar.
Lenin levantó una ceja.
—¿Quieres aprender?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque sí.
—Está bien.
Se colocó frente al saco.
—Primero, posición.
Me indicó cómo colocar los pies.
—Así.
—¿Así?
—No.
Se acercó.
Con cuidado, acomodó mi postura.
Su mano rozó mi cintura por un segundo.
Sentí un escalofrío.
Me aparté inmediatamente.
—¿Qué?
—Nada.
—Estás nerviosa.
—No.
—Sí.
—No.
Sonrió.
—Concéntrate.
Respiré profundo.
—Golpea.
Lo hice.
El saco se movió.
—Otra.
Golpeé.
—Bien.
Sonreí.
—¿Viste?
—Sí.
—Lo hice bien.
—No estuvo mal.
—Eso es un cumplido viniendo de ti.
—Acostúmbrate.
Continuamos.
Me enseñó a lanzar golpes y a moverme.
Por primera vez entendí por qué le gustaba.
Había algo liberador.
Después de varios minutos, estaba sudando.
—Ya no puedo.
—Cinco más.
—¡No!
—Cinco.
—Tres.
—Cuatro.
—Hecho.
Golpeé cuatro veces.
Me dejé caer sobre una banca.
—Estoy muerta.
Lenin se sentó a mi lado.
—No estuvo mal.
—Gracias.
—Eres más fuerte de lo que pareces.
Lo miré.
—¿Eso es bueno?
—Sí.
—¿Qué pensabas de mí?
—Que eras una chica delicada.
—¿Delicada?
—Sí.
—Pues te equivocas.
—Ya lo sé.
Sonreí.
Por unos segundos no dijimos nada.
—¿Por qué eres tan diferente conmigo? —pregunté.
—¿Diferente?
—Sí.
—No soy diferente.
—Sí lo eres.
—Quizá eres tú la que me ve diferente.
No entendí.
—¿Qué significa eso?
—Nada.
Se levantó.
—Tengo que ducharme.
—Claro.
Se alejó.
Yo me quedé sentada.
Mi corazón estaba latiendo demasiado rápido.
No entendía qué estaba ocurriendo.
---
Esa noche me bañé y me puse el pijama.
Me senté frente al escritorio.
Abrí mi cuaderno.
Querido Nicholas:
Hoy hice algo que jamás pensé hacer.
Lenin me enseñó a boxear.
Sonreí mientras escribía.
No fue tan malo.
Me quedé pensando.
De hecho, fue divertido.
Después escribí algo que me costó mucho admitir.
Creo que estoy empezando a conocerlo de verdad.
Miré la frase.
No.
Eso no estaba bien.
Pero era verdad.
Lo taché.
Luego lo volví a escribir.
Lenin no es como pensé.
Cerré el cuaderno.
No quería escribir más.
Apagué la luz.
Me acosté.
Y justo cuando estaba por dormir, escuché una vibración.
Mi teléfono.
Lo tomé.
Un mensaje.
Lenin: ¿Te duele la mano?
Lo miré durante varios segundos.
Sonreí.
Yo: Un poco.
La respuesta llegó rápido.
Lenin: Te dije que no golpearas tan fuerte.
Yo: Tú me enseñaste.
Lenin: Entonces fue culpa mía.
Sonreí.
Yo: Exactamente.
Pasaron unos segundos.
Lenin: Buenas noches, Isa.
Me quedé mirando el mensaje.
Yo: Buenas noches.
Apagué el teléfono.
Lo puse sobre la mesa.
Me cubrí con las sábanas.
Y entonces apareció el pensamiento que llevaba todo el día intentando evitar.
Quizá Lenin no era el chico que yo creía.
Quizá debajo de su mal humor había alguien diferente.
Alguien que se preocupaba.
Alguien que podía hacerme reír.
Alguien que me hacía sentir protegida.
Y eso era peligroso.
Porque yo no podía enamorarme de él.
No debía.
Él era mi hermanastro.
Y cuanto más me acercaba...
más difícil sería alejarme.
---
A la mañana siguiente, sin embargo, todo cambió.
Bajé a desayunar y encontré a Lenin hablando con una chica.
Era Carla.
La misma de la fiesta.
Estaba sentada junto a él, riendo.
Lenin también sonreía.
Me detuve en las escaleras.
No sabía por qué me dolió.
Pero dolió.
Mucho.
Brisa me vio.
—Buenos días.
—Buenos días.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Isa...
—Estoy bien.
Bajé las escaleras.
Lenin levantó la vista.
Nuestros ojos se encontraron.
Por un segundo, su sonrisa desapareció.
—Buenos días —dijo.
—Buenos días.
Pasé de largo.
Me senté en la mesa.
No quería mirarlo.
No quería saber quién era Carla.
No quería saber por qué estaba allí.
No quería sentir nada.
Pero entonces escuché a Carla decir:
—¿Entonces esta noche sí vienes conmigo?
Lenin respondió:
—Sí.
Mi estómago se revolvió.
Bajé la mirada.
Y entendí algo que no quería entender.
Tal vez el problema no era que yo estuviera empezando a sentir algo por Lenin.
Tal vez el verdadero problema era que ya lo estaba sintiendo.
Y él seguía siendo exactamente lo que todos decían.
Un chico que nunca se quedaba con una sola chica.
Un chico que no sabía querer.
Un chico que podía hacerte sentir especial un día...
y al siguiente hacerte sentir completamente invisible.
Quizás el refrán tenía razón.
Árbol que nace torcido, nunca su rama endereza.
Y yo no pensaba convertirme en la próxima chica que intentara enderezarlo.
