Capítulo 2 Reencuentro

James

La mujer castaña se aleja, desapareciendo del alcance de mi visión, y mi mirada, casi por inercia, se ve atraída hacia la forma de sus caderas, la redondez de su trasero que se dibuja bajo la tela de esos pantalones ajustados. Me he descubierto a mí mismo observándola con descaro. Y, extrañamente, no siento ningún tipo de remordimiento por ello.

Me doy prisa, tratando de disimular mi pequeño desliz. Abro el maletero de mi impecable Bentley, ese símbolo de mi éxito y libertad, y rebusco en su interior hasta dar con una bolsa deportiva de lona. Mis dedos exploran el forro interior, buscando a tientas hasta encontrar el pequeño compartimento secreto, el bolsillo donde guardo lo que necesito.

Preservativos. La precaución es una virtud, sobre todo en mis circunstancias.

Sé que en el edificio, en ese preciso instante, mi compañera de esta noche me aguarda desnuda sobre la cama, con la piel tersa y los labios pintados, lista para dar rienda suelta a mis deseos, para satisfacer cada una de mis fantasías. Aún con una mano sumergida en la oscuridad del maletero, levanto la vista, casi maquinalmente, hacia la fachada del edificio.

Pero, de repente, esos penetrantes ojos azules de la desconocida mujer castaña han removido algo profundo en mi interior, algo que creía firmemente haber enterrado en lo más recóndito de mi memoria. Un pasado que aún duele, una herida que nunca ha terminado de cicatrizar. Y, sin previo aviso, sin pedir mi consentimiento, su imagen se proyecta con nitidez en mi mente: su larga melena rubia, brillante y sedosa, balanceándose al compás de sus pasos, esos labios rosados y carnosos, su piel pálida y delicada como la porcelana, su sonrisa… esa sonrisa que iluminaba mi mundo, su baja estatura —o quizá solo me parecía así, porque yo apenas comenzaba a estirar mis músculos y a ganar altura por aquel entonces—.

Solo fui capaz de comprender que me había enamorado perdidamente, hasta la médula, cuando se marchó a Francia sin siquiera decir adiós, sin dejar una nota, una carta, una explicación. El silencio fue su única despedida.

Y, por supuesto, resuena en mi cabeza, como un eco venenoso, la frase que Jackdiel me escupió con desprecio:

—Elyana confirma que eres un gay reprimido, Davenport.

Puedo recordar con total claridad la sensación de cómo mis manos se cerraron en puños, la rabia recorriendo mis venas como un torrente… y cómo estampé mi puño contra su rostro, rompiéndole la nariz de un solo golpe.

Jackson —mi mejor amigo, mi hermano del alma en aquel entonces— no dudó ni un segundo en defenderlo. El resultado fue un labio partido y un enorme moretón que le cubría gran parte de las costillas. Defender a su hermano gemelo, era lo más lógico y natural en su situación.

Lo que nunca llegué a imaginar, lo que me tomó completamente por sorpresa, fue su confesión inesperada.

Ese mismo día, con la voz temblorosa y la mirada gacha, Jackson me confesó que estaba profundamente enamorado de Elyana, que la amaba con todo su ser. Y cuando descubrió la existencia de la apuesta estúpida entre su hermano y yo… no dudó en descargar toda su furia sobre mí, golpeándome con saña.

Me amenazó con las peores consecuencias si me atrevía a acercarme a ella. Me exigió que me alejara de su vida para siempre.

Y no solo de ella. Me expulsó sin contemplaciones del grupo inseparable que habíamos formado desde que éramos niños: los gemelos Duncan, Elyana y yo. Los mejores amigos, los confidentes, los compañeros de aventuras durante tantos años.

De repente, un sobresalto me devuelve bruscamente al presente. Cierro el maletero del coche de un golpe seco y entro al edificio. Me dirijo con paso firme hacia la puerta del departamento de Rachel y llamo al timbre.

Rachel Reynolds.

Un simple encuentro casual, un ligue sin compromiso que se remonta a hace cinco largos años. Coincidimos durante una de sus fugaces visitas a Estados Unidos, intercambiamos números de teléfono y, por una feliz coincidencia, resultó que vivía en Londres, de este otro lado de la ciudad. Desde entonces, nos entregábamos al placer carnal cada vez que yo lo deseaba, sin ataduras ni promesas. Y esto ha sucedido estos últimos días desde que he llegado a la ciudad.

Una sola llamada telefónica bastó para convencerme de regresar a Londres. Apenas llevaba un fin de semana llegando de un viaje por Asia para mi negocio en L.A. cuando mis padres me pidieron, casi suplicando, que les echara una mano durante unas semanas en la empresa familiar. Mi padre había sido sometido a una delicada operación de corazón.

Como hijo único, y sintiéndome profundamente molesto por no haberme enterado antes de la gravedad de la situación, hice la maleta sin pensarlo dos veces. Me prometí a mí mismo que me quedaría solo el tiempo estrictamente necesario, hasta que Alfred, mi padre, se recuperara por completo. Luego, volvería sin dudarlo a mi próspero negocio en el corazón de Los Ángeles.

Después de dos horas intensas de sexo desenfrenado, me abrocho con rapidez la camisa blanca y me calzo los zapatos. La ansiedad de Rachel se hace evidente cuando nota mi repentina prisa por marcharme.

—¿A dónde vas con tanta urgencia? —pregunta con un tono de súplica en la voz.

—Cena con mis padres y mis padrinos —respondo sin darle mayor importancia.

—¿Y no podrías llevarme contigo? —se arrepiente al instante, apenas vislumbra mi expresión de desaprobación.

Lo nuestro no es una relación seria, no hay sentimientos involucrados. Ella lo sabe perfectamente.

—No —respondo con frialdad, acercándome a la cama. Tomo su barbilla con firmeza, de forma posesiva—. Recuérdalo bien, Rachel. Tú eres solo mi diversión, un pasatiempo. Mi vida privada y familiar es eso, privada. No te corresponde entrar en ella. Lo sabes desde que decidiste ser mi aventura.

Asiente con resignación, asumiendo su papel.

Es el trato que establecimos desde el principio. Yo, ella y su cama. Nada más. Sé que alberga ciertos sentimientos hacia mí, que desea algo más, pero no me interesa lo más mínimo. No tengo la menor intención de volver a enamorarme. El amor solo trae consigo dolor y desilusión.

Salgo del edificio, me subo a mi Bentley y levanto la vista para observar el cielo, que amenaza con romperse en una violenta tormenta. Espero pacientemente la luz verde en el semáforo y enciendo la música. Me siento insatisfecho, vacío… aunque, paradójicamente, también algo más relajado.

Por más que me esfuerce y exija en la cama, me resulta cada vez más difícil alcanzar el clímax. A veces, necesito recurrir a mi propia mano para lograrlo. Eso me irrita profundamente. Rachel es hermosa, atractiva, pero no me llena por completo. A veces llego a pensar que tengo un problema psicológico que debo solucionar.

Las primeras gotas de lluvia comienzan a golpear con fuerza el parabrisas. Maldigo en voz baja. Odio conducir bajo la lluvia.

Pero, justo antes de avanzar, la veo.

La mujer castaña está intentando desesperadamente tomar un taxi. Sin embargo, ninguno de los vehículos se detiene. Su rostro refleja una mezcla de frustración y desesperación. Su maleta comienza a empaparse bajo la lluvia torrencial mientras ella intenta cubrirse con una revista.

Y, por alguna absurda razón que no alcanzo a comprender, esa imagen me irrita aún más.

Maldigo entre dientes, conteniendo mi enfado. Enciendo las luces intermitentes y bajo el vidrio del copiloto.

—¡Hey! —grito para llamar su atención.

Se gira y me mira con sorpresa.

—¿Qué? —responde con desconfianza.

—¿A dónde vas? —pregunto sin rodeos.

Duda por un instante, evaluando si debe confiar en mí.

—Al norte —responde finalmente.

Suerte la suya… si acepta mi ofrecimiento.

—Voy al norte, cerca de la autopista principal. ¿Te sirve un aventón? —propongo intentando sonar casual.

Guarda silencio, analizando la situación. Leo la desconfianza en su rostro. Sin pensarlo dos veces, bajo del auto y tomo su maleta.

—Anda, sube. Nos vamos a empapar si seguimos aquí. Apunta las placas si quieres para mayor seguridad.

Finalmente, accede a mi propuesta. Antes de subir al coche, fotografía las placas con su teléfono móvil. Pongo los ojos en blanco, exasperado.

Arrancamos el coche. Ella escribe algo en su móvil. Observo su perfil en silencio. Su rostro me resulta inquietantemente familiar, como si la conociera de antes.

—¿Quieres escuchar música? —pregunto para romper el hielo.

—No, gracias —responde secamente.

—¿Dónde te dejo? —pregunto, tratando de mantener la calma.

Mi corazón comienza a acelerarse cuando me da la indicación del lugar.

Cerca de la casa de mis padrinos.

Cerca de la casa de Elyana.

Me señala una esquina y me pide que la deje bajar unas casas antes de llegar a su destino. La lluvia ha disminuido considerablemente. Bajo del coche, le entrego su maleta y me da las gracias con una sonrisa tímida.

No respondo. Arranco el coche como un demonio y doy la vuelta en U.

—Aléjate, James… aléjate —me digo a mí mismo, intentando convencerme de que debo alejarme de ese lugar.

Ese lugar está lleno de recuerdos. De ella. De la mujer que amé y traicioné con una apuesta estúpida. No supe manejar el fuego que nació con un solo beso, la pasión que me consumió.

Freno en seco, a punto de salir a la autopista.

La cena.

Golpeo el volante con frustración.

—Pero ella está en Francia… deja de ser un maldito cobarde...—me repito.

Respiro hondo. Una vez. Dos. Tres. Intento recuperar la compostura.

Regreso por el mismo camino.

Entro en la calle donde viven mis padrinos. La casa es imponente, protegida por muros de piedra y árboles enormes que la rodean como guardianes. El portón se abre lentamente. Estaciono el coche, me acomodo la camisa, me pongo la americana.

Estoy jodidamente nervioso.

Y no debería estarlo. Elyana no está aquí, no hay razón para sentirme así.

—Calma, Davenport —me digo a mí mismo, tratando de tranquilizarme.

Escucho voces animadas provenientes del jardín. Entro. Una mesa elegantemente dispuesta bajo una pérgola, risas, copas alzadas. Mis padres y padrinos. El cuarteto perfecto.

Mi madre, Constanza, me ve y se levanta de inmediato.

—¡Hijo! ¡James! —me abraza con una efusividad que me resulta extraña.

—¿Todo bien? —pregunto preocupado.

—Ahora lo estará. Tu padre ha preguntado por ti, pero antes, ¿Por qué no traes una botella de vino? Esta en el frigorífico principal, ya debe de estar helado... —responde con una sonrisa enigmática.

Algo traman, lo sé.

Voy a la cocina en busca de una botella de vino. Empujo la puerta vaivén con cuidado… y escucho un fuerte golpe. Vidrios rompiéndose.

Cierro los ojos con fuerza.

Otra vez no.

Entro con cautela en la cocina. Y la veo.

Una mujer castaña, sentada en el suelo, cubierta de vino, trozos de pan y queso. Levanta la mirada.

Nuestros ojos se encuentran.

—¿Tú? —decimos al mismo tiempo, con sorpresa e incredulidad.

La mujer castaña es Elyana.

Mi Elyana.

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