Capítulo 1 El Trato

El humo del club se pega a mi piel como una segunda vestimenta que nunca elegí usar.

Desde el escenario del Onyx puedo ver toda la sala: hombres con trajes que cuestan más que el alquiler de mi apartamento, mujeres que fingen no mirarlos con envidia, y en la esquina más oscura, la mesa que todos evitan.

Ahí está él.

Adrián Cassano no necesita gritar para que el silencio lo obedezca. Le basta con existir. Lleva un traje negro que parece cosido para intimidar, y esos ojos grises, fríos, imposibles de leer están clavados en mí como si yo fuera un problema que aún no ha decidido cómo resolver.

Termino mi número, tomo el dinero que llueve sobre el escenario sin mirar a los ojos a nadie, y bajo detrás del telón con el corazón latiéndome en la garganta. No por vergüenza. Por rabia.

Porque sé exactamente por qué está aquí.

—Diez minutos —dice Rosa, mi jefa, empujándome hacia el pasillo privado—. Pidió hablar contigo. Y créeme, cariño, a este no se le dice que no.

Quiero reírme. Como si yo no lo supiera ya.

Junto a la puerta del pasillo privado, un hombre de traje gris más joven que Adrián, con una sonrisa demasiado fácil para alguien que trabaja para un Cassano nos observa pasar sin decir nada. Rosa lo saluda con una inclinación seca de cabeza, como quien reconoce a alguien peligroso sin necesidad de nombrarlo.

—Ese es Marco Ricci —murmura Rosa, casi sin mover los labios—. La sombra de Adrián. Si él está aquí, es porque esto va en serio.

Hay algo en la forma en que Rosa lo mira, algo demasiado parecido al miedo que le vi una sola vez, hace años, cuando mencioné por accidente el apellido de mi madre delante de ella. Pero no tengo tiempo de preguntar.

La última vez que un Cassano decidió algo sobre mi vida, mi padre firmó un préstamo que nunca pudo pagar y murió con la deuda todavía colgando de su nombre. Una deuda que, por alguna razón que no entiendo, sigue viva. Y ahora aparece él, en persona, en mi lugar de trabajo, como si tuviera algún derecho a estar aquí.

Entro a la sala privada con la barbilla en alto y el estómago revuelto.

Adrián está de pie junto a la ventana, con una copa que no ha tocado. Se gira cuando cierro la puerta, y por un segundo, solo uno algo cruza su expresión que no logro nombrar. Después desaparece, y vuelve a ser el hombre de hielo que todos temen.

—Señorita Duarte. —Su voz es baja, controlada, el tipo de voz que ha aprendido a no necesitar levantarse nunca—. Gracias por atenderme.

—No tuve muy elección, ¿o sí? —Cruzo los brazos—. ¿Qué quiere, señor Cassano? ¿Vino a recordarme cuánto le debo a su familia? Créame, no lo he olvidado ni un solo día.

Una sonrisa breve, casi cruel, tira de su boca.

—Vine a ofrecerle un trato.

—No me interesa.

—Aún no lo ha escuchado.

—No necesito escucharlo para saber que cualquier cosa que salga de su boca me va a costar algo que no quiero pagar.

Él da un paso hacia mí, y a pesar de mí misma, no retrocedo.

—La deuda de su padre —dice, con una calma que me eriza la piel— desaparece esta misma noche. Completa. Sin intereses, sin plazos, sin nadie más tocando su puerta jamás.

El aire se me atora en el pecho.

—¿A cambio de qué?

—De un apellido. —Se acerca aún más, hasta que puedo sentir el peso de su mirada como una mano sobre mi garganta—. Necesito una esposa, señorita Duarte. Necesito que el mundo entero crea que Adrián Cassano se casó por amor y no por negocios. Y usted... usted necesita desaparecer de esta vida antes de que la destruya del todo.

Retrocedo un paso, con el pulso desbocado.

—Está loco si cree que voy a casarme con el hombre que arruinó a mi familia.

Su expresión no cambia. Ni siquiera parpadea.

—Piénselo, Mía. —Es la primera vez que dice mi nombre, y algo en mi interior se resquebraja al escucharlo en su voz—. Tiene hasta mañana a esta misma hora. Después de eso, la oferta desaparece... y la deuda de su padre, con intereses atrasados, vence en treinta días.

Se dirige a la puerta, se detiene, y sin voltear a verme, añade:

—Y créame que sé exactamente cómo cobrar lo que se me debe.

La puerta se cierra detrás de él, y yo me quedo ahí, temblando, con la certeza helada de que mi vida acaba de dejar de pertenecerme.

Siguiente capítulo