Capítulo 2 Firma
No dormí.
Pasé la noche mirando el techo agrietado de mi apartamento, escuchando el eco de su voz repetirme lo mismo una y otra vez: tiene hasta mañana a esta misma hora. Como si mi vida entera cupiera en un plazo tan corto. Como si yo fuera solo una casilla más en su lista de pendientes.
A las siete de la mañana ya había tomado la decisión. No porque quisiera. Porque no tenía otra opción, y odiarlo por eso no iba a pagar la deuda de mi padre.
La dirección que me dejó Rosa doblada en un papel que ni siquiera se molestó en poner en un sobre, como si supiera que yo iba a ir de todos modos me lleva a un edificio de cristal que parece tocar el cielo. Todo en Cassano Holdings grita poder: los pisos de mármol, los guardias que no sonríen, el silencio absoluto del ascensor que me sube cuarenta pisos sin un solo sonido.
Adrián me espera de pie frente a su escritorio, como si llevara horas ahí, como si hubiera sabido con esa arrogancia insoportable que yo iba a aparecer. A un lado, recostado contra la pared con las manos en los bolsillos, está el hombre del traje gris de anoche: Marco Ricci. Me dedica una sonrisa breve, casi amistosa, que no logra tranquilizarme en absoluto.
—Marco será testigo de la firma —dice Adrián, sin más explicación, como si eso zanjara cualquier duda—. Es el único, aparte de mí, en quien confío para esto.
Guardo silencio, aunque algo en la familiaridad forzada de esa sonrisa se me queda clavado, como una astilla que no sé todavía por qué me inquieta tanto.
—Llegó temprano —dice Adrián, sin sorpresa en la voz.
—No tenía nada mejor que hacer. —Cierro la puerta detrás de mí, y el clic resuena más fuerte de lo que debería—. Vine a escuchar los términos. Nada más.
—Sensata. —Se acerca al escritorio, toma una carpeta de cuero negro, y la desliza sobre la mesa hacia mí—. Matrimonio legal, seis meses mínimo. Aparecerá en los eventos que yo requiera, sonreirá cuando yo lo requiera, y jamás —repite la palabra como si tallara cada letra— hablará de mi familia ni de mis negocios con nadie. A cambio, la deuda desaparece hoy mismo, y recibirá una asignación mensual que le permitirá dejar el club... si eso es lo que quiere.
Abro la carpeta con dedos que no logro mantener firmes. Los números en la cláusula de compensación son obscenos. Suficientes para pagar la universidad que abandoné, para alquilar un lugar sin cucarachas, para respirar por primera vez en años sin sentir una soga alrededor del cuello.
—¿Y si me niego? —pregunto, aunque ya conozco la respuesta.
—Entonces la deuda vence en treinta días, con los intereses que mi padre dejó acumulando durante años. —Su voz no cambia, ni siquiera un poco, y eso es lo que más me aterra: la total ausencia de crueldad consciente. Para él esto no es venganza. Es simple aritmética—. No la amenazo, señorita Duarte. Le estoy mostrando su tablero. Usted decide cómo jugar.
—Qué generoso de su parte —murmuro, con todo el veneno que puedo reunir—, ofrecerme elegir entre dos jaulas.
Algo se mueve en su expresión. Casi casi parece que mis palabras le llegan a algún lugar real. Pero desaparece tan rápido como llegó.
—El mundo es una jaula, Mía. —Es la segunda vez que dice mi nombre, y otra vez ese temblor extraño se abre paso bajo mis costillas, algo que me niego a nombrar—. La única pregunta es quién sostiene la llave.
Firmo.
No porque lo perdone, no porque confíe en él, sino porque mi padre murió por esta deuda y yo no pienso hacerlo también. Cada trazo de mi firma se siente como una traición a mí misma, y aun así, cuando termino, algo en mi pecho se afloja por primera vez en meses.
Adrián toma la carpeta, la cierra, y por un instante nuestros dedos se rozan sobre el cuero. Ninguno de los dos se aparta de inmediato.
—Bienvenida a la familia, señorita Duarte. —Su voz baja, casi íntima, me eriza la piel de una forma que odio reconocer—. La boda es en dos semanas.
—Dos... —Se me corta la voz—. Creí que dijo seis meses de matrimonio, no dos semanas para organizarlo.
Una sonrisa lenta, peligrosa, cruza su rostro por primera vez desde que lo conozco.
—Hay algo que no le he dicho todavía. —Se acerca, hasta que su aliento roza mi oído, y el mundo entero se detiene—. Mi padre exige conocer a la novia antes de la boda. Y mi padre, a diferencia de mí, no negocia.
—Habrá alguien más ahí, al menos, que no quiera verme muerta —añade, con algo parecido al humor asomando por primera vez en su voz—. Mi hermana, Sofía. Ella sí va a querer conocerla. Le advierto: es la única Cassano que no sabe fingir nada.
