Capítulo 3 El Patriarca

La casa de los Cassano no parece un hogar. Parece un tribunal.

Todo en ella está diseñado para intimidar: los techos altísimos, los cuadros de hombres muertos que me observan desde marcos dorados, el silencio pesado que ni los sirvientes se atreven a romper. Camino junto a Adrián por un pasillo interminable, con un vestido que él mismo eligió "nada que revele demasiado, nada que oculte demasiado", me dijo, como si yo fuera una pieza que hay que exhibir con cuidado y siento cada paso como una sentencia.

—Recuerde las reglas —murmura, sin mirarme, justo antes de llegar a las puertas dobles—. No hable de más. No lo contradiga. Y jamás, bajo ninguna circunstancia, le muestre miedo.

—¿Y si lo tengo? —susurro.

Por primera vez desde que lo conozco, Adrián se detiene, me mira de verdad, y algo parecido a la preocupación cruza su rostro antes de que pueda contenerlo.

—Entonces finja mejor que él. —Su mano encuentra la mía, cálida contra el frío que me recorre entera, y aprieta una sola vez—. Yo estaré a su lado. No lo olvide.

Las puertas se abren.

Vittorio Cassano está sentado al fondo de un salón que huele a cigarro y a poder viejo, con una copa de brandy que gira entre sus dedos como si el tiempo le perteneciera. Es una versión envejecida y más cruel de Adrián: los mismos ojos grises, pero sin ningún rastro de la contención que su hijo al menos finge tener.

—Así que esta es la mujer que salvará el apellido Cassano. —Su voz recorre la habitación como humo, lenta y venenosa—. Acércate, niña. Déjame verte bien.

Doy un paso adelante, con la barbilla en alto aunque el corazón me golpea el pecho como un puño. Adrián no se mueve de mi lado, pero puedo sentir la tensión que irradia de él, contenida a la fuerza.

Vittorio me observa de arriba abajo, sin ningún disimulo, y sonríe con algo que no llega ni cerca de la calidez.

—Una bailarina. —Lo dice como quien escupe algo amargo—. Mi hijo eligió a una bailarina de club para representar a esta familia.

—Padre —advierte Adrián, con una voz que no había escuchado antes: filosa, sin margen.

—Silencio. —Vittorio ni siquiera lo mira—. Déjame hablar con ella directamente. Dime, niña... ¿sabes por qué mi hijo te eligió? ¿Crees que fue por tu belleza? ¿Por tu encanto?

Trago saliva, pero no bajo la mirada.

—Me eligió porque necesitaba una esposa desesperada por dinero y sin nada que perder. —Las palabras salen más firmes de lo que me siento—. Y yo acepté porque necesitaba salvar mi vida. No creo que ninguno de los dos necesite fingir que esto es amor, señor Cassano.

El silencio que sigue es absoluto.

Por un instante temo haber cometido un error fatal. Pero entonces algo cambia en el rostro de Vittorio: sorpresa, cálculo, y para mi horror un destello de interés genuino.

—Al menos es honesta. —Se pone de pie, lento, y camina hacia mí hasta quedar demasiado cerca—. Escúchame bien, niña. No me importa quién seas ni de dónde vengas. Me importa una sola cosa: que sepas comportarte cuando el peso de este apellido caiga sobre tus hombros. Porque caerá. Y si le fallas a mi hijo frente al mundo, si conviertes a esta familia en un espectáculo... —Su voz baja hasta convertirse en algo casi íntimo, casi una caricia, y eso es lo que más me aterra—. Te aseguro que la deuda de tu padre será el menor de tus problemas.

—Suficiente. —Adrián se interpone entre nosotros con un movimiento tan repentino que hasta Vittorio retrocede medio paso—. Ya la conociste. Ya tienes tu respuesta. Nos vamos.

Me toma de la mano y me guía hacia la puerta sin mirar atrás, pero la voz de su padre nos alcanza de todos modos, calmada, casi divertida:

—Adrián. —Nos detenemos en el umbral—. Una cosa más. Si de verdad quieres protegerla... asegúrate de que Dimitri no se entere de que existe.

Siento a Adrián tensarse por completo a mi lado, cada músculo de su cuerpo convertido en piedra.

—¿Quién es Dimitri? —pregunto, con un mal presagio instalándose en mi pecho.

Adrián no responde. Solo aprieta mi mano con más fuerza y acelera el paso hacia la salida, como si con eso pudiera dejar atrás la pregunta que acabo de hacer... y el nombre que acaba de sentenciarme a algo mucho peor de lo que imaginaba.

En el vestíbulo, una chica de unos veinte años, con el mismo cabello oscuro que Adrián y ninguna de sus defensas, nos intercepta antes de llegar a la puerta.

—Así que tú eres ella. —Sofía me estudia sin ningún disimulo, y por primera vez desde que crucé la puerta de esta casa, encuentro algo parecido a la calidez en unos ojos Cassano—. No le hagas caso a mi padre. Ladra fuerte porque hace mucho que dejó de morder personalmente. —Baja la voz, mirando de reojo hacia el salón que acabamos de dejar—. Si alguna vez necesitas a alguien que no tenga nada que ver con sus negocios... búscame a mí.

Adrián la observa con una advertencia silenciosa que ella ignora por completo, y por un instante fugaz, en medio de todo el peligro que me rodea, siento algo que no esperaba sentir en esta casa: que tal vez no todos los Cassano son iguales.

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