Capítulo 4 Preguntas sin Respuesta
El auto avanza en silencio, y yo no dejo de mirar a Adrián de reojo, esperando que ese nombre —Dimitri— se desmorone en el aire como si nunca lo hubiera escuchado. Pero no lo hace. Se queda ahí, colgando entre nosotros, tan pesado como todo lo demás que no me ha dicho.
—Vas a decirme quién es —digo, no como pregunta.
—No. —Ni siquiera me mira. Tiene la vista clavada en la ventana, la mandíbula tensa de una forma que no le había visto antes, ni siquiera frente a su propio padre—. Cuanto menos sepas, más segura estás.
—Eso mismo me dijiste sobre tu familia el día que me obligaste a firmar un contrato de matrimonio. Y mira dónde estoy ahora.
Por fin voltea a verme, y por primera vez creo distinguir algo parecido al cansancio real detrás de esos ojos grises que hasta ahora solo había visto calcular.
—Dimitri Volkov es un hombre que lleva quince años esperando una excusa para destruir a mi familia. —Su voz es tan baja que tengo que inclinarme para escucharlo—. Y acaba de encontrar una preciosa: que Adrián Cassano tiene, por primera vez en su vida, algo que en verdad no quiere perder.
Se me corta la respiración.
No sé si lo dice para asustarme o porque de verdad lo cree, pero de cualquier manera, algo en mi pecho se aprieta de una forma que no tiene nada que ver con el miedo. O que tiene que ver con el miedo y con otra cosa a la vez, algo que todavía no me atrevo a nombrar, igual que él tampoco se atreve.
—¿Por qué te odia tanto? —insisto, aunque una parte de mí ya empieza a sospechar que la respuesta tiene más capas de las que él está dispuesto a admitir en un solo día.
—Es una historia vieja. Anterior a mí, incluso. —Adrián cierra los ojos un instante, como si buscara la manera más corta de no mentirme del todo—. Digamos que nuestros padres cometieron errores que ninguno de los dos estuvo dispuesto a pagar solo.
Pienso en mi propio padre. En la deuda que "por alguna razón" seguía viva años después de su muerte. En la manera en que Vittorio pronunció esas palabras —la deuda de tu padre será el menor de tus problemas— como si supiera algo que yo no sé.
—¿Y si te dijera que empiezo a sospechar que la historia de tu familia y la mía están más conectadas de lo que aparentas saber? —pregunto, con el corazón latiéndome en la garganta.
Por un segundo, algo cruza su rostro. Sorpresa, tal vez. O culpa. Desaparece tan rápido que casi dudo haberlo visto.
—Te diría que estás cansada, y que deberíamos hablar de esto en otro momento.
—Eso no es un no.
—No —admite, en voz tan baja que casi se pierde en el ruido del motor—. No lo es.
El auto se detiene frente a mi edificio antes de que pueda presionarlo más, y por un instante ninguno de los dos se mueve, como si bajar significara romper algo que todavía no tiene nombre.
—Mía. —Dice mi nombre como si le costara un esfuerzo real, como si cada vez que lo pronuncia tuviera que derribar una parte de sí mismo que se lo prohíbe—. Sé que no confías en mí. Tienes todas las razones del mundo para no hacerlo. Pero te prometo que nada de lo que está pasando con Dimitri va a tocarte. Voy a asegurarme de eso, cueste lo que cueste.
—¿Y quién te protege a ti mientras tanto? —La pregunta se me escapa antes de poder detenerla, y me sorprende tanto a mí como a él.
No responde con palabras. En cambio, alza la mano despacio, con una lentitud casi dolorosa, como si me diera tiempo de apartarme antes de que sus dedos rocen mi mejilla. No me aparto. Y ese simple gesto su piel contra la mía, el silencio cargado que sigue me dice más de lo que cualquier discurso podría haberme dicho sobre lo peligroso que es este hombre para mí. No por lo que representa su apellido.
Sino por lo fácil que me está resultando empezar a querer creerle.
—Buenas noches, Mía —dice al fin, retirando la mano como si le costara todo el control que le queda.
Bajo del auto con las piernas temblando, y no sé si es por el miedo a Dimitri, por los secretos que presiento entre nuestras familias, o por la forma en que todavía siento el calor de sus dedos sobre mi piel mucho después de que el auto desaparece en la noche.
