Capítulo 5 La Boda

No reconozco a la mujer del espejo.

El vestido es blanco, carísimo, escogido por una estilista que Adrián contrató sin preguntarme nada, y aun así se ajusta a mi cuerpo como si me conociera de toda la vida. El maquillaje suaviza las ojeras que llevo acumulando desde la noche del club. Desde afuera, parezco justo lo que se supone que debo parecer hoy: una novia enamorada.

Por dentro, soy un campo de batalla.

—Estás preciosa —dice Cami desde la puerta, con los ojos llenos de una emoción que no sé si es felicidad o lástima—. Aunque preferiría mil veces verte casarte con alguien que no diera tanto miedo.

—Yo también —admito, y las dos nos reímos, aunque la risa se me rompe a mitad de camino.

No le he contado toda la verdad a Cami. No le he dicho que la deuda de mi padre parece tener raíces mucho más profundas de las que imaginaba, ni que existe un hombre llamado Dimitri Volkov esperando cualquier grieta para hacernos pedazos, ni que la mano de Adrián sobre mi mejilla, dos noches atrás, sigue ardiéndome en la piel de una forma que no debería.

Rosa entra sin tocar, con los ojos húmedos que intenta disimular arreglándome un mechón de cabello que ya estaba perfecto.

—Tu madre estaría orgullosa —dice, y algo en su voz se quiebra apenas un segundo—. Aunque también estaría furiosa. Contigo, no. Con el mundo que te trajo hasta aquí.

—Rosa. —La tomo de la mano antes de que pueda escapar hacia la puerta—. ¿Qué sabes tú sobre mi madre y los Cassano?

Su rostro se cierra de golpe, como una puerta que lleva años atrancada.

—Hoy no, cariño. —Me besa la frente, evitando mis ojos—. Hoy solo respira. Lo demás puede esperar.

No puede esperar. Lo sé con una certeza que se me instala en el estómago como una piedra. Pero el reloj avanza, y la música ya empieza a sonar del otro lado de la puerta, y no hay tiempo para arrancarle secretos a una mujer que lleva toda su vida guardándolos.

Camino hacia el altar del brazo de nadie no tengo padre que me entregue, y me niego a que sea Vittorio quien ocupe ese lugar, aunque él mismo lo ofreció con una sonrisa que no llegó a los ojos y todo el salón se convierte en un borrón de flores blancas, invitados que no conozco y cámaras discretas documentando el evento social del año.

Solo Adrián permanece nítido.

Me espera al final del pasillo con un traje negro que le queda como una segunda piel, y por primera vez desde que lo conozco, no encuentro ni rastro de la máscara de hielo en su rostro. Me mira como si yo fuera la única persona real en la habitación. Y lo peor lo que de verdad me aterra es que una parte de mí, pequeña pero innegable, quiere creer que esa mirada es real y no solo parte del espectáculo que estamos montando para su padre y para el mundo.

Llego a su lado. Me toma la mano con una firmeza que se siente más a promesa que a posesión.

—Todavía puedes correr —murmura, tan bajo que solo yo puedo escucharlo, con algo parecido al humor temblando bajo la seriedad—. Nadie te lo reprocharía.

—Ya es tarde para eso —respondo, y descubro, con una punzada de pánico, que no lo digo solo pensando en la deuda ni en el contrato.

El oficiante empieza a hablar. Las palabras pasan sobre mí como agua, votos que ninguno de los dos escribió con el corazón, promesas legales disfrazadas de amor eterno. Cuando llega el momento de los anillos, la mano de Adrián tiembla apenas —tan sutil que solo yo, tan cerca de él, podría notarlo— antes de deslizar el oro en mi dedo.

—Puede besar a la novia.

Se inclina despacio, dándome todo el tiempo del mundo para apartarme si quiero. No quiero. Y cuando sus labios finalmente tocan los míos, el aplauso de la sala se vuelve un rumor lejano, insignificante, porque por un segundo solo uno, robado en medio de esta farsa el beso no se siente como parte del contrato.

Se siente real.

Es entonces, con los labios de Adrián todavía sobre los míos, cuando escucho el murmullo que recorre el salón como un escalofrío colectivo, y abro los ojos justo a tiempo para ver a los guardias moverse hacia la entrada principal.

Un hombre que no reconozco, alto, rubio, con una sonrisa que no promete nada bueno, camina hacia nosotros como si la boda fuera suya.

—Perdón la tardanza —dice, con un acento marcado que reconozco de inmediato por cómo se tensa cada músculo del cuerpo de Adrián a mi lado—. No podía perderme la boda del año. Especialmente cuando el novio decidió, por fin, darme algo que en verdad puedo usar en su contra.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo