Capítulo 6 El Lobo en la Boda

El salón entero contiene la respiración conmigo.

Adrián no suelta mi mano, pero siento cómo todo su cuerpo se convierte en piedra a mi lado, cada músculo tensándose para una pelea que, hace un segundo, ninguno de los dos esperaba tener que dar hoy.

—Dimitri. —La voz de Adrián sale plana, controlada, pero yo ya aprendí a distinguir el filo debajo de esa calma—. Qué sorpresa tan poco bienvenida.

—Vamos, Adrián. —Dimitri Volkov se detiene a un par de metros, con las manos abiertas en un gesto de falsa inocencia, como si no acabara de irrumpir en la boda más vigilada de la ciudad sin invitación—. ¿Así trata a un viejo socio de la familia? Herí mis sentimientos.

—Nunca fuiste socio de nadie. —Vittorio aparece desde algún lugar del salón, con una sonrisa tan fría como la de su hijo, aunque en él resulta mucho menos convincente—. Fuiste una molestia que mi padre debió eliminar hace veinte años.

—Y sin embargo, aquí estoy. —Dimitri sonríe, y por primera vez me mira directamente a mí, un escrutinio lento que me hace desear desaparecer dentro del vestido—. Así que esta es la famosa novia. Debo admitir que tiene mejor gusto del que esperaba, Adrián. Bailarina, ¿cierto? Qué... poético.

—Cuida tus palabras —dice Adrián, con una voz que no había escuchado nunca, tan baja que da más miedo que cualquier grito.

—Tranquilo, tranquilo. —Dimitri levanta las manos de nuevo, disfrutando visiblemente de la tensión que ha creado—. No vine a arruinar la fiesta. Vine a dejar un regalo de bodas.

Chasquea los dedos, y uno de sus hombres —hasta ahora invisible entre los invitados— se acerca y le entrega una caja pequeña, envuelta en papel negro con un lazo rojo que parece fuera de lugar en medio de tanto blanco.

—Ábranla en privado —dice Dimitri, dejándola sobre la mesa de regalos como si fuera cualquier otro presente—. Créanme, no querrán que el resto de los invitados vea lo que hay adentro.

Empieza a retirarse, y todo mi cuerpo se tensa esperando que Adrián o Vittorio hagan algo —cualquier cosa— para detenerlo. Ninguno se mueve. Entiendo, con un escalofrío, que aquí, en este salón lleno de gente, ninguno de los dos puede permitirse una guerra abierta sin consecuencias peores.

Dimitri se detiene justo a mi lado antes de irse del todo, tan cerca que puedo oler su colonia cara, y baja la voz solo para mí.

—Un consejo, señorita Duarte, de alguien que conoció a su padre mejor de lo que usted cree. —Sus ojos, azules y fríos, no me sueltan—. Los Cassano no protegen a nadie. Solo posponen la factura. Pregúntele a Vittorio, si se atreve, quién firmó realmente la sentencia de su padre.

Se aleja antes de que pueda procesar sus palabras, silbando una melodía suave entre los invitados que apenas notaron el intercambio, como si acabara de felicitarnos por la boda y nada más.

Miro a Adrián, buscando alguna explicación, algún desmentido. En cambio, encuentro algo mucho peor: la certeza absoluta, grabada en cada línea tensa de su rostro, de que Dimitri no acaba de mentir.

—Adrián. —Mi voz sale quebrada—. ¿De qué está hablando?

—Ahora no. —Toma mi mano, pero esta vez el gesto no se siente como protección. Se siente como huida—. Tenemos que salir de aquí.

—No. —Me suelto de un tirón, ignorando las miradas de los invitados más cercanos—. Llevo días escuchando "ahora no" de todos en esta familia. Tu padre lo insinuó, Rosa lo esconde, y ahora tu enemigo me lo dice directamente en la cara. ¿Qué sentencia? ¿Qué tiene que ver tu familia con la muerte de mi padre?

Adrián cierra los ojos, y cuando vuelve a abrirlos, encuentro en ellos algo que jamás pensé ver en el hombre de hielo que me arrastró a este matrimonio.

Miedo. Miedo real, de que yo descubra la verdad.

—Te lo diré —dice al fin, con la voz rota de una forma que no había escuchado nunca—. Pero no aquí. No así.

Detrás de él, sobre la mesa de regalos, la caja negra con el lazo rojo permanece cerrada, esperando, como una bomba que ninguno de los dos ha tenido el valor de detonar todavía.

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