Capítulo 1 Reconocimiento de emociones
CLEMENTINE
(Dieciocho años atrás)
El vestido de seda me pica en las costillas. Mi madre dice que la belleza duele, pero a mis diecisiete años, sospecho que lo que duele es la expectativa. Estoy de pie en el gran salón de los Vanderbilt-Roche, sosteniendo una copa de zumo con los nudillos blancos. A mi alrededor, el apellido de mi familia resuena como un eco constante en las conversaciones de hombres con trajes que cuestan más que un auto de lujo.
—Mantén la espalda recta, Clem —susurra mi padre pasar, sin siquiera mirarme—. Y por favor, deja de intentar esconderte detrás de los arreglos florales. No eres un mueble.
Me muerdo el labio y bajo la mirada hacia mis zapatos de tacón bajo. Soy rubia, como todas las mujeres de mi mi familia pero mi reflejo en los espejos de marco dorado me devuelve a alguien que no encaja. Siento que mi cuerpo ocupa demasiado espacio en un mundo diseñado para líneas rectas y figuras delgadas. Mis manos, sin embargo, pican. En mi mente, no estoy aquí. Estoy mezclando amarillo cadmio con una pizca de ocre para capturar la luz exacta de las velas sobre la plata.
De repente, un estruendo rompe la monotonía de las risas ensayadas. Cerca de la mesa de postres, un niño ha volcado una torre de copas de champán.
Es pequeño, quizás de unos diez años, pero no llora. No se encoge. Se queda allí, con las manos en los bolsillos de su pantalón de etiqueta hecho a medida, mirando el desastre con una curiosidad analitica que me hiela la sangre. Un hombre alto y severo, el señor Blackwood, se acerca a él y le pone una mano pesada en el hombro.
—Julian —dice el hombre con una voz que suena a sentencia—. Un Blackwood no comete errores tan públicos. Limpia tu mente y levanta la cabeza.
El niño, levanta la barbilla. Sus ojos son de un azul tan frío que parecen cristalinos. No pide perdón. No muestra vergüenzaa. Simplemente observa los cristales rotos como si estuviera calculando cómo volver a unirlos para que corten a alguien más.
—Fue la punta de la mesa, padre —responde el niño con una voz sorprendentemente firme—. No volverá a pasar. No dejaré que algo tan simple me domine.
Me quedo paralizada. Yo habría pedido perdón cien veces. Yo me habría echado a llorar. Pero él... él mira el caos como si fuera el dueño de las ruinas. En ese momento, nuestras miradas se cruzan por un segundo. Él me observa, escanea mi vestido demasiado grande y mi postura encorvada, y frunce el ceño con una pizca de desdén antes de dar media vuelta.
Me siento pequeña. Más pequeña de lo habitual.
JULIAN
(Diez años después) Julian: 20 años / Clementine: 27 años
El humo del cigarro se mezcla con el aire gélido de la terraza del club privado en los Hamptons. Mi hermano menor, que siempre intenta imitar mis silencios, está sentado a mi lado, pero mi mente está en la negociación que mi padre quiere cerrar esta noche.
—¿Viste a la hija mayor de los Vanderbilt? —pregunta mi hermano , soltando una risa corta—. Parece que se tragó una enciclopedia de etiqueta. Se viste como una bibliotecaria de los años cincuenta. Qué desperdicio de herencia.
Miro hacia el interior del salón a través del ventanal. Allí está ella. Clementine. Tiene veintisiete años y parece que lleva el peso del mundo sobre sus hombros. Lleva un vestido de un color marrón espantoso que apaga su piel clara y oculta cualquier rastro de sus curvas. Siempre está un paso detrás de sus hermanos, con los ojos verdes fijos en el suelo, asintiendo a todo lo que su padre dice.
—Es una mujer correcta —digo y las palabras salen más ásperas de lo que esperaba—. Demasiado correcta. Es como un motor perfectamente aceitado que nunca se atreve a arrancar.
—Es aburrida, Julian. Admítelo.
La observo con atención. Ella no sabe que la miro. Veo cómo sus dedos se mueven contra el muslo, como si estuviera trazando líneas invisibles. Hay algo en la rigidez de su cuello que me irrita. Me dan ganas de entrar allí, arrancarle ese vestido horrible y gritarle que diga algo, lo que sea, que no esté en el guion de su familia.
—No es aburrida —corrijo, apagando el cigarro contra la barandilla de mármol—. Está asustada. Y no hay nada más peligroso en este mundo que alguien que tiene miedo de sí mismo, porque cuando explotan, queman todo a su paso.
—¿Y a ti qué te importa? —se burla mi hermano.
—No me importa —miento, sintiendo una punzada de molestia—. Pero odio el desperdicio de potencial. Y ella es un maldito desperdicio de fuego.
Minutos después, la veo salir del salón de la mano de un hombre. Es el tipo con el que mi padre dice que se va a casar por negocios. Un tipo con una sonrisa de tiburón y ojos de serpiente. Clementine parece una cordera yendo al matadero, sonriendo débilmente mientras él le aprieta el brazo con una fuerza que me hace tensar la mandíbula.
Pienso en intervenir. Pienso en que un "no" de mi parte podría arruinar la alianza de mi padre. Pero luego recuerdo las palabras de mi viejo: "Los Blackwood no se meten en incendios ajenos a menos que planeen quedarse con las cenizas".
CLEMENTINE
(Presente, 35 años)
El espejo del ascensor de mi edificio me devuelve la imagen de una mujer que conozco, pero que no reconozco. Mi traje gris de lana es impecable, de una talla más grande para que nada se marque, para que nadie mire. Mi cabello rubio está recogido en un moño tan tenso que me duele la nuca.
—Todo está en orden —me digo a mí misma, ajustando mis gafas—. El balance de la empresa está listo. Papá estará orgulloso.
Pero mientras el ascensor desciende hacia el garaje donde espera mi auto de lujo, mis manos tiemblan. Hoy es la reunión con los Blackwood. Hoy, después de quince años de evitar ese apellido, tendré que sentarme frente al heredero maldito, el joven que se ha hecho con el control de la ciudad mientras yo me escondía en mis libros y mis lienzos ocultos.
Julian Blackwood ya no es el niño que rompía copas. Es el hombre que rompe voluntades. Y yo soy la mujer que ha jurado que ningún hombre volverá a tocarla, ni siquiera con la mirada.
El problema es que, cuando las puertas del ascensor se abren, el olor a tabaco caro y a un perfume cítrico y masculino me golpea de frente. Hay un hombre apoyadooen mi coche, revisando su reloj de oro con una impaciencia descarada.
Es él. Mas alto de lo que recordaba. Más peligroso de lo que mis pesadillas permitían.
—Llegas tres minutos tarde, Vanderbilt —suelta él, sin siquiera saludar, con esa voz profunda que parece vibrar en mi pecho—. Y odio perder el tiempo tanto como odio ese color gris que llevas puesto.
¿Pero qué diablos?
