Capítulo 2 El precio del silencio

CLEMENTINE

Mis dedos aprietan el volante con una fuerza que hace que mis nudillos se vuelvan blancos, igual que aquella noche hace quince años. Julian Blackwood sigue apoyado en mi auto, invadiendo mi espacio personal, mi propiedad y, por lo que parece, mi cordura. Su presencia es un insulto a la paz que tanto me ha costado construir en mi soledad.

—Este es mi estacionamiento privado, señor Blackwood —logro decir. Mi voz sale pequeña, más de lo que desearía, pero mantengo la barbilla en alto—. No recuerdo haber agendado una reunión en el garaje de mi edificio.

Julian se separa del coche con una lentitud felina. Lleva un traje azul medianoche que parece fundirse con las sombras del lugar, pero es su mirada la que me desarma. Esos ojos azules me recorren de arriba abajo, no con la lascivia sucia que aquel hombre usó en el pasado, sino con una observación fría, casi clínica, que me hace sentir como un cuadro mal colgado.

—Tu padre no responde el teléfono, Clementine —dice él, acortando la distancia. Su voz es áspera llenaa de esa confianza que solo tienen los que nunca han tenido que pedir permiso—. Y tu hermano mayor está demasiado ocupado tratando de tapar el agujero fiscal que dejaron en Singapur. Así que aquí estoy, buscando a la única Vanderbilt que sabe sumar sin usar los dedos.

—No voy a discutir negocios aquí. Por favor, apártese.

—¿O qué? —Me desafía, dando un paso más. Su olor me envuelve: madera, cítricos y algo puramente masculino que me revuelve el estómago de una forma que no sé identificar—. ¿Vas a llamar a seguridad? ¿O vas a seguir escondiéndote detrás de esas gafas que no necesitas y de esa ropa que te queda como una maldita carpa de circo?

Me quedo sin aliento.

El insulto es directo, pero lo que más me duele es la verdad que conlleva.

Me siento expuesta. Él ve a través de mi disfraz.

—Es una elección profesional —miento, sintiendo el calor subir por mi cuello.

Julian suelta una risa seca, sin rastro de humor. —Es una armadura, nena. Y es una bastante fea. Tenemos una reunión con la junta en veinte minutos. Súbete al jodido auto. Yo conduzco.

—¡No! —El grito sale antes de que pueda filtrarlo. No permito que los hombres conduzcan mi vida, ni mis autos. El recuerdo del forcejeo a los veinte años, el olor a alcohol de aquel prometido y el miedo a ser sometida brilla en mi mente como una alarma—. Yo manejo. Si quiere venir, suba. Si no, quédese aquí.

Julian entrecierra los ojos, sorprendido por mi repentino estallido de resistencia. Por un momento, creo que va a soltar una de sus acostumbradas groserías, pero en su lugar, una sonrisa de medio lado, pícara y peligrosa, aparece en su rostro.

—Bien —dice, rodeando el coche para subir al asiento del copiloto—. Veamos si manejas tu empresa mejor de lo que manejas tus nervios.

JULIAN

Me subo al coche y el espacio se siente pequeño de inmediato. No es el coche; es ella. Clementine emana una tensión que podrías cortar con un cuchillo. La veo, acomodarse el traje gris, tirando de la tela para asegurarse de que nada de su piel quede a la vista. Es frustrante. Sé que bajo esas capas de "mujer amargada y correcta" hay alguien que vibra, alguien que pinta en las sombras y que tiene una inteligencia que avergüenza a la mitad de mi junta directiva.

Ella arranca el motor. Sus manos tiemblan ligeramente.

—¿Estás bien? —pregunto, y mi tono pierde un poco de su aspereza. No soy un santo, y me gusta joder a la gente, pero el rastro de pánico en sus ojos verdes me molesta de una forma que no entiendo.

—Perfectamente —responde ella, mirando fijamente la rampa de salida.

—Mientes de asco, Vanderbilt.

—Y usted es un grosero, señor Blackwood.

—Dime Julian. Señor Blackwood es mi padre, y ese hombre es un imbécil —suelto, estirando mis piernas en el espacio reducido—. Además, tengo veintiocho años. No me hagas sentir como si estuviera en un asilo.

Ella no responde. Se concentra en el tráfico de Manhattan con una intensidad maníaca. Pasamos varios minutos en un silencio sepulcral, roto solo por el sonido de la lluvia que empieza a golpear el parabrisas. Odio el silencio. Me hace pensar. Me hace mirar detalles que no debería, como la curva de su mandíbula o la forma en que un mechón rubio se ha escapado de su moño perfecto.

—Escuché lo que pasó —suelto de repente. No soy de los que andan con rodeos. Soy un estratega, y para ganar, hay que conocer el terreno—. Con aquel tipo. Hace quince años.

El coche da un frenazo brusco que nos lanza hacia adelante. Clementine clava los frenos en medio de la Quinta Avenida. Los cláxones empiezan a sonar a nuestro alrededor, un coro de metal y furia, pero ella parece no escucharlos. Su rostro ha perdido todo el color.

—No... no hables de eso —susurra. Sus manos han soltado el volante y ahora se abrazan a sí misma.

—Mi hermano se encargó de que ese apellido desapareciera de la faz de la tierra —continúa ella, con la voz rota—. No existe. No pasó.

Me giro hacia ella, ignorando los gritos de los taxistas fuera. Mi parte calculadora me dice que use esta debilidad a mi favor para la reunión de socios. Mi parte... la otra parte, la que no sabía que tenía, me obliga a estirar la mano.

Toco su hombro. Solo un roce sobre la tela gruesa de su saco. Ella se encoge como si la hubiera quemado un hierro al rojo vivo.

—No me toques —sisea, y por primera vez, veo fuego en sus ojos verdes. Un fuego alimentado por el dolor y la humillación—. No eres nadie para mencionar mi pasado. Eres solo un socio temporal con una boca sucia y demasiado tiempo libre.

La miro fijamente. Me gusta esa chispa. Me gusta que me odie, porque el odio es real, no como la cortesía barata de su familia.

—Tienes razón —le digo, bajando la mano pero sin apartar la mirada—. No soy nadie. Pero soy el único que se ha dado cuenta de que te estás ahogando en este traje gris, Clementine. Y yo no dejo que mis socios se ahoguen antes de que me den lo que quiero.

—¿Y qué es lo que quieres? —pregunta ella, recuperando el control y volviendo a poner el auto en marcha, aunque su respiración sigue siendo errática.

Sonrío, pero esta vez no es una sonrisa de negocios. Es la sonrisa de un hombre que acaba de encontrar un desafío que no está dispuesto a perder.

—Quiero ver qué hay debajo de toda esa corrección —respondo en voz baja, casi en un susurro—. Porque presiento que la virgen de hierro de los Vanderbilt tiene más secretos de los que Manhattan puede soportar.

Clementine aprieta los dientes, pero no me contradice. El silencio vuelve, pero esta vez está cargado de una electricidad que amenaza con estallar en el primer momento en que uno de los dos baje la guardia.

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