Capítulo 3 Café y miedo
CLEMENTINE
El tic-tac del reloj de pared en mi oficina parece un martillo golpeando un clavo. Llevo catorce horas sentada frente a estas pantallas, y los números han dejado de ser cifras para convertirse en manchas borrosas que bailan ante mis ojos. Me duele la espalda, un dolor sordo que se clava justo en la basse de la nuca, pero no me permito estirarme. No mientras él esté ahí.
Julian esta sentado en el sofá de cuero de mi despacho, con la computadora sobre las piernas y la corbata deshecha. Ha estado en silencio durante la última hora, pero su presencia llena la habitación de una forma asfixiante. Cada vez que pasa una página de sus informes o escribe en su teclado, el sonido me eriza el vello de los brazos.
—Deberías parar —suelta de repente. Su voz, ronca por el desuso y el café, rompe la burbuja de mi concentración.
—Tengo que terminar esto para la junta de mañana —respondo sin mirarlo, fijando la vista en un gráfico de barras—. Mi padre cuenta con este informe.
—Tu padre está durmiendo en su mansión mientras tú te estás quedando ciega. —Escucho el roce de la tela cuando se pone de pie. Sus pasos son pesados, seguros, acercándose a mi escritorio—. Estás temblando, Clementine.
—Es el aire acondicionado —miento.
Es el cansancio. Es el hambre. Es el hecho de que mi mente, traicionera, no deja de viajar al estudio de mi casa, donde un lienzo a medio terminar me espera con los colores que realmente quiero ver. Pero en lugar de eso, estoy aquí, atrapada en este traje que me aprieta el pecho y en esta vida que parece un zapato de la talla equivocada.
Me levanto para ir hacia la cafetera, necesitando desesperadamente una distracción y algo de cafeína. Mis piernas se sienten pesadas, como si caminara a través de lodo. Al llegar a la pequeña mesa auxiliar, mis dedos torpes fallan al sostener la jarra de cristal.
—¡Maldición! —El grito se me escapa cuando el líquido oscuro salpica mi blusa blanca de seda, justo por debajo del saco abierto. El calor me quema la piel, pero el pánico de la mancha es peor.
—Déjame ver —Julian está a mi lado en un segundo.
—No, no... estoy bien. —Trato de retroceder, pero choco con la pared.
Él no me hace caso. Toma unas servilletas de papel y se acerca. Su cercanía es un asalto a mis sentidos; huele a esa mezcla de lluvia y algo metálico, como el acero de los rascacielos. Cuando su mano se extiende para limpiar la mancha en mi pecho, mi respiración se detiene. Mis pulmones se cierran.
El recuerdo de unas manos bruscas y un aliento con olor a alcohol me golpea como una bofetada. Cierro los ojos con fuerza, esperando el impacto, el empujón, la humillación. Mi cuerpo se tensa tanto que mis músculos duelen.
—Clementine... —Su voz ya no es burlona. Es baja, casi un susurro cauteloso—. Mírame. No voy a hacer nada. Solo es café.
Abro los ojos lentamente. Julian tiene la mano suspendida a unos centímetros de mi blusa. No me está tocando. Me observa con una intensidad que me hace querer llorar. Sus ojos azules no tienen esa frialdad de antes; hay una confusión en ellos, una duda que nunca pensé ver en alguien como él.
—Estoy bien —repito, aunque mi voz tiembla tanto que me delata—. Solo... me sorprendiste.
—No fue una sorpresa. Fue terror —dice él, y esta vez no hay filtros. Deja las servilletas sobre la mesa y mete las manos en los bolsillos, como si necesitara alejarlas de mí para que yo pudiera respirar—. No sé quién te hizo creer que cada vez que alguien se acerca es para lastimarte, pero esa persona debería estar bajo tierra.
Me abrazo a mí misma, tratando de ocultar la mancha y los latidos desbocados de mi corazón. —No sabes nada de mi vida, Julian.
—Sé que llevas diez años pidiendo permiso para existir —suelta él, y sus palabras duelen más que el café quemando mi piel—. Y sé que ahora mismo te mueres por mandarme al diablo, pero prefieres morderte la lengua porque es lo correcto.
Me quedo en silencio, sintiendo las lágrimas escocer en la parte posterior de mis ojos. El cansancio de ser la hija perfecta, la empleada perfecta, la mujer invisible, me cae encima con el peso de una montaña.
—Vete a casa, Clementine —dice él, caminando hacia la puerta. Se detiene antes de salir y me mira por encima del hombro—. Mañana yo me encargo de la junta. Y por el amor de Dios... tírate ese traje a la basura. Te queda horrible.
La puerta se cierra con un clic firme. Me quedo sola en la oficina iluminada solo por la luz de la ciudad que entra por el ventanal. Me miro en el cristal de la ventana; la mancha de café parece una herida sobre mi blusa. Me suelto el moño, dejando que el cabello rubio caiga sobre mis hombros por primera vez en el día, y me permito sollozar.
No sé si lo odio por ser tan descarado o si lo odio porque es el único que parece ver lo que yo intento ocultar con tanto esfuerzo.
JULIAN
Salgo al pasillo y golpeo la pared con el puño, no lo suficientemente fuerte para romperme nada, pero sí para sentir el dolor. Mi hermano tiene razón: Clementine Vanderbilt es un desastre de contradicciones.
Pero cuando la tuve ahí, acorralada contra la pared, con ese miedo primario brillando en sus ojos verdes... algo en mí se rompió. Yo no soy un tipo suave. No sé tratar a las personas con pinzas. Pero verla así, tan frágil bajo esas capas de ropa fea, me hizo sentir una rabia que no puedo controlar.
Saco el teléfono y marco el número de mi hermano.
—¿Qué quieres, Julian? Son las dos de la mañana —responde con voz somnolienta.
—Averigua todo sobre el tipo con el que Clementine iba a casarse hace quince años —digo, caminando hacia el ascensor—. Quiero nombres, dónde vive, qué hace. Todo.
—¿Para qué? Pensé que solo querías sus acciones.
Miro mi reflejo en las puertas del ascensor. Mi cara se ve dura, decidida. —Las acciones son negocios. Esto... esto es personal. Nadie mira a un Blackwood como si fuera un monstruo y se sale con la suya. Voy a averiguar qué la rompió, y luego voy a ver si ella es capaz de reconstruirse si yo le doy las herramientas.
—Estás loco, hermano.
—No es algo nuevo —susurro mientras el ascensor desciende—. Pero ella es la única cosa real en esta ciudad, y no voy a dejar que se apague.
