Capítulo 5 Grietas en la perfección

Clementine

—¿Una escena, Clementine? ¿En la gala de los orfanatos? —La voz de mi padre es un látigo seco en el estudio de la mansión familiar.

Estoy sentada frente a él, con las manos entrelazadas sobre mi falda gris. He vuelto a mi uniforme. He vuelto ha mi moño. He vuelto a la seguridad de ser un mueble más en esta habitación que huele a roble y a expectativas asfixiantes.

—Fue un accidente, padre. El camarero no me vio y...

—El camarero no importa. Lo que importa es que Julian Blackwood tuvo que sostenerte como si fueras una debutante ebria —me interrumpe, golpeando su escritorio—. Ese joven es un animal salvaje, un arribista que no respeta las formas. Y tú le diste el espectáculo que necesitaba para quedar como el salvador de la heredera Vanderbilt.

Bajo la mirada. Mi hermana y hermano están de pie junto a la ventana, observando en silencio. Sé que mi hermano me quiere o intentan hacerlo, sé que destruyó a aquel hombre por mí hace quince años. Me mira como si fuera de cristal soplado, siempre a punto de romperse o alguien que les puede arruinar

—Lo siento —susurro. Es la palabra que más uso en esta casa.

—No quiero disculpas. Quiero resultados. Esta noche hay una cena privada con los inversores del proyecto del puerto. Los Blackwood estarán allí. Te quiero impecable, silenciosa y eficiente. Y mantente alejada de Julian.

Asiento, sintiendo un nudo en la garganta que me impide respirar. Salgo de la oficina y me encierro en el baño del pasillo. Me miro al espejo y odio lo que veo. Odio la palidez de mi piel, odio la forma en que mis ojos verdes parecen apagados. Pero sobre todo, odio que las palabras de Julian en la terraza sigan retumbando en mi cabeza: "Deja de pedir permiso para existir".

Julian

La cena en el restaurante L’Artisan es el tipo de evento que me hace querer prenderle fuego a mi propia empresa. Todo es demasiado refinado, demasiado falso. Mi tía está dos asientos más allá, tratando de ligar con un conde europeo, y mi hermano me lanza miradas de diversión mientras bebe un vino que cuesta mil dólares la botella.

Clementine está sentada frente a mí. Está más pálida de lo habitual. No ha probado bocado, pero ha vaciado su copa de Chardonnay tres veces en la última media horaa. No es propio de ella. La veo mirar el vino como si fuera el único aliado que tiene en esta mesa llena de buitres.

—Señorita Vanderbilt —dice uno de los inversores, un hombre con demasiada grasa en la cara y poco respeto en la mirada—, su padre nos dice que usted es la mente tras los algoritmos de riesgo. Sorprendente para alguien tan... delicada. ¿No prefiere las artes o la caridad? Es lo que suelen hacer las mujeres de su posición.

Veo a Clementine tensarse. Sus nudillos están blancos alrededor del tallo de la copa. Su padre, a la cabecera, se ríe suavemente. —Mi hija sabe dónde está su lugar, Edward. No te preocupes por sus pasatiempos.

Algo cambia en la mirada de Clementine. La cuarta copa de vino termina de derribar la puerta que ella mantiene cerrada con siete llaves. Se inclina hacia adelante, y por primera vez, no evita el contacto visual. Su mirada es afilada, casi eléctrica.

—De hecho, Edward —suelta ella, y su voz ya no es el susurro tímido de siempre. Es clara, firme y cargada de un sarcasmo que me hace dejar el cubierto en el plato—, prefiero los algoritmos porque los números, a diferencia de los hombres de esta mesa, no fingen ser lo que no son para cerrar un trato. Son honestos. Usted, por ejemplo, tiene un error de cálculo del cuarenta por ciento en su proyección de beneficios, pero supongo que está demasiado ocupado mirando mi escote inexistente como para notarlo.

El silencio que cae sobre la mesa es tan denso que se podría cortar. Su padre se pone lívido. Los inversores parpadean, estupefactos.

Yo, por mi parte, tengo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no soltar una carcajada.

—Clementine... —advierte su padre con un tono que promete tormenta.

—¿Qué, papá? —Ella se gira hacia él, con las mejillas encendidas por el alcohol y la rabia contenida de décadas—. ¿No querías que fuera eficiente? Estoy siendo eficiente. Estoy ahorrándoles a todos el tiempo de fingir que esta cena es por cortesía cuando es por avaricia.

Se pone de pie, tambaleándose un poco. La virgen de hierro acaba de soltar su primera maldición pública, y es glorioso.

—Si me disculpan —dice, tomando su bolso con movimientos bruscos—, tengo que ir a vomitar toda esta hipocresía. O tal vez solo el salmón. Estaba seco, por cierto.

Sale del comedor con la espalda recta, aunque sus pasos no son del todo estables. Su padre empieza a pedir disculpas, hablando de cansancio y estrés, pero yo ya no lo escucho.

—Voy a asegurarme de que llegue a su auto —digo, levantándome sin pedir permiso.

—Déjala, Julian —masca su padre—. Ya ha causado suficiente daño por hoy.

—Precisamente por eso voy —respondo con una sonrisa depredadora—. Me encantan los desastres naturales.

Salgo al pasillo del restaurante y la encuentro apoyada contra la pared, cerca de la salida de emergencia. Se ha soltado el moño y el cabello rubio le cae desordenado sobre la cara. Está llorando, pero no son lágrimas de tristeza; son lágrimas de pura furia acumulada.

—Eso ha sido... —empiezo a decir, deteniéndome a un metro de ella.

—Cállate, Blackwood —sisea ella, señalándome con un dedo tembloroso—. No digas nada. No mee des una de tus frases inteligentes. No te burles.

—No me iba a burlar —le digo, y es la verdad. Me acerco un paso más, lo suficiente para ver que el botón superior de su blusa se ha soltado—. Iba a decir que ha sido lo más real que ha pasado en esta familia en los últimos treinta años.

Ella suelta una risa amarga que termina en un hipo. —Estoy muerta. Mi padre me va a quitar el acceso a las cuentas de la empresa. Me va a mandar a una de las fincas en el campo hasta que la gente se olvide.

—No si estás conmigo —suelto sin pensarlo.

Clementine levanta la vista, confundida. Sus ojos verdes están nublados por el alcohol y el dolor. —¿Contigo? ¿Para qué? ¿Para qué me humilles tú también?

Me acerco hasta que nuestras sombras se mezclan en la alfombra roja. La tensión entre nosotros es física, una presión en el aire que me dificulta pensar con claridad. No es solo curiosidad. Es una necesidad irritante de ver cuánto más puede romper antes de que decida florecer.

—Para que dejes de ser su empleada y empieces a ser mi socia —le digo en voz baja, mi mano rozando la pared justo al lado de su cabeza—. Mi familia no hace preguntas si yo digo que estás bajo mi protección. Y créeme, Clementine, nadie en esta ciudad se atreve a tocar lo que me pertenece.

Ella me mira, y por un segundo, la distancia desaparece. Puedo oler el vino y su perfume de rosas. Su respiración golpea mi cuello, y veo cómo su mirada baja a mis labios con una inocencia que me recuerda que, a pesar de sus 35 años, no tiene idea del peligro que corre ahora mismo.

—Yo no le pertenezco a nadie —susurra ella, aunque no se aleja.

—Aún no —respondo, y mi voz suena más oscura de lo que pretendía—. Pero la noche es joven y tú estás muy borracha, Vanderbilt. Vamos a casa antes de que haga algo de lo que tú te arrepientas y yo disfrute demasiado.

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