Capítulo 2 Capítulo 2
Camille
—¿Camille?
Solo fue mi nombre. Dos sílabas dichas con esa voz que yo conocía mejor que la mía propia, y todo el dique que había construido durante meses se rompió de golpe.
No pude contestar. Solo logré sacar un sonido roto, un sollozo que me raspó la garganta y me dejó sin aire. Me llevé la mano libre a la boca para intentar callarme, pero fue inútil. Las lágrimas caían tan rápido que el maquillaje se me escurrió por las mejillas y el cuello, manchando el vestido negro que había elegido con tanta ilusión horas antes.
Al otro lado de la línea hubo un silencio breve. Después, la voz de Violeta cambió. Perdió la sorpresa y se volvió baja, firme, como cuando intentaba calmarme en la universidad después de una pelea con Leo.
—Estoy aquí —dijo solo eso—. No cuelgues. Respira.
Intenté obedecer. El aire entraba a pedazos, como si mis pulmones se hubieran olvidado de cómo funcionar. Me apoyé más contra la pared fría del comedor y cerré los ojos. La oscuridad detrás de los párpados se llenó de imágenes que yo había empujado durante años al fondo de la memoria.
Recuerdos.
Los buenos primero. Los que dolían más precisamente porque habían sido reales.
Tenía diecinueve años y Leo me miraba como si yo fuera la única persona en una habitación llena de gente. Nos habíamos conocido hacía apenas tres semanas y ya no podíamos estar el uno sin el otro. Él llegaba a mi residencia universitaria con café y croissants todavía calientes, se sentaba en el borde de mi cama mientras yo dibujaba, y me besaba la sien cada vez que terminaba un boceto.
—Eres una genio, Camille —me decía, tomándome la libreta con cuidado—. Algún día el mundo va a conocer estas manos. Y yo voy a estar en primera fila, presumiendo de que eres mía.
Yo me reía, avergonzada y feliz al mismo tiempo. Nadie me había hablado así. Nadie había mirado mis diseños como si valieran algo. Mis padres habían muerto cuando yo tenía catorce y desde entonces había aprendido a no esperar demasiado de la gente. Leo apareció y, de pronto, esperar se volvió peligroso porque empezaba a creer que merecía cosas buenas.
El primer año vivimos en un pequeño estudio cerca del campus. No teníamos casi nada: un colchón en el suelo, una mesa prestada y una lámpara que parpadeaba. Pero él me despertaba con besos en el hombro y me preparaba el desayuno, aunque se le quemara la tostada. Los fines de semana nos quedábamos en la cama hasta tarde, hablando de futuros imposibles. Él quería una empresa. Yo quería una colección propia. Los dos queríamos una casa con jardín y, algún día, niños que tuvieran sus ojos y mi pelo.
—Vas a ser la mejor madre del mundo —me susurró una noche, acariciándome el vientre desnudo como si ya hubiera algo ahí—. Y yo voy a cuidarlos a los dos.
Yo lloré de pura felicidad. Él secó mis lágrimas con sus labios y me hizo el amor con una ternura que todavía me duele recordar.
Dos años. Eso duró la versión hermosa de nosotros. Dos años en los que me sentí vista, elegida, segura.
Después llegó ella.
Lily Crowley apareció un martes de octubre. Llovía. Leo abrió la puerta y la expresión de su cara cambió de un segundo a otro. Pasó de la sorpresa a una alegría tan intensa que me hizo dar un paso atrás sin darme cuenta.
—¿Lily? —exclamó, y la abrazó como si no la hubiera visto en décadas.
Ella era exactamente como él la había descrito en las raras ocasiones en que hablaba de su infancia: pequeña, de pelo rubio casi blanco, ojos celestes demasiado grandes para su cara y una sonrisa que parecía frágil. Llevaba una maleta enorme y un paraguas roto. Cuando nos presentaron, me tendió la mano con dulzura.
—Camille. He oído tanto de ti. Gracias por dejarme quedarme un tiempo.
Yo sonreí. Por supuesto que sonreí. Era la amiga de la infancia de mi novio. ¿Qué otra cosa podía hacer?
Las “semanas” se convirtieron en tres meses. Después en seis. Leo empezó a llegar más tarde. Las noches que antes pasábamos dibujando juntos se llenaron de conversaciones entre ellos sobre gente que yo no conocía y recuerdos que yo no compartía. Cuando intentaba unirme, Lily me miraba con esa expresión paciente de quien habla con un niño y decía:
—Es que son cosas de cuando éramos pequeños, Camille no lo entendería.
Y Leo reía. Siempre se reía.
La primera vez que canceló una cita importante fue por ella. Teníamos entradas para una exposición de joyería contemporánea. Yo había ahorrado durante semanas. Esa misma tarde Lily llamó llorando porque su ex novio le había escrito. Leo me miró con esos ojos de “tú entiendes, ¿verdad?” y dijo:
—Solo voy a estar una hora con ella. Tú ve y yo te alcanzo.
No me alcanzó. Llegué sola, me senté en la última fila y fingí que no me importaba cuando las luces se apagaron.
Esa noche, al volver, los encontré en el sofá. Lily dormía con la cabeza en su regazo y él le acariciaba el pelo con una ternura que hacía meses no usaba conmigo. Cuando me vio, se llevó el dedo a los labios para que no la despertara.
—Estaba muy mal —susurró—. No podía dejarla sola.
Yo asentí. Guardé el abrigo. Me metí en la cama sin decir nada. Él llegó horas después, me abrazó por la espalda y murmuró contra mi cuello:
—Eres la mujer más comprensiva del mundo. Te quiero tanto.
Yo quise creerle. Me obligué a creerle.
Las cesiones empezaron pequeñas. Dejé de quejarme cuando llegaba tarde. Dejé de pedir que saliéramos solo nosotros dos. Dejé de mencionar que Lily llevaba seis meses “de paso” en nuestro sofá. Cada vez que algo me molestaba, Leo ponía esa cara cansada y decía la frase que se convirtió en mi condena:
—No seas mezquina, Camille. Ella no tiene a nadie. Tú sí me tienes a mí.
Y yo, que había crecido sin padres y con un miedo constante al abandono, me tragaba las palabras. Prefería ser la comprensiva, la madura, la que no creaba problemas. Prefería perder pedazos de mí antes que arriesgarme a perderlo a él.
El teléfono todavía estaba pegado a mi oreja. Violeta no había colgado. Escuchaba mi llanto en silencio, como solo ella sabía hacer.
—Lo siento —logré articular entre sollozos—. Lo siento tanto, Vi. Fui horrible contigo. Te eché. Te abofeteé. Todo porque me dijiste la verdad y yo no quise oírla.
Hubo una pausa. Después su voz llegó suave, pero firme.
—Respira, Camille. Ahora no hables de eso. Solo dime dónde estás.
—En el apartamento —respondí, y la palabra me supo amarga—. El nuestro. El de Leo y mío. Aunque ya no sé si alguna vez fue mío de verdad.
—¿Está él ahí?
Negué con la cabeza aunque ella no podía verme.
—No. Está con ella. Subió una foto hace un rato. En un restaurante. Riendo. Como si hoy no fuera mi cumpleaños. Como si yo no existiera.
El silencio de Violeta se volvió denso. Sentí su rabia a través de la línea, contenida pero presente.
—Quédate donde estás —ordenó—. No hagas nada. No llames a nadie más. Yo voy para allá.
—No tienes por qué…
—Camille. Voy para allá.
La llamada se cortó. Me quedé mirando la pantalla negra del teléfono como si todavía pudiera ver su cara. Después dejé el aparato en el suelo y me abracé las rodillas con más fuerza.
Los recuerdos seguían llegando, uno detrás de otro, crueles en su claridad.
La primera vez que Leo alzó la voz contra mí. Habíamos discutido porque Lily había usado mi kit de diseño sin permiso y había roto una de las limas más caras. Yo me quejé. Él explotó.
—¡Siempre igual! ¡Todo es un drama contigo! Lily solo quería aprender y tú la haces sentir como una ladrona. ¿No puedes ser un poco menos egoísta por una puta vez?
Me gritó tan cerca de la cara que sentí su aliento caliente. Después se fue de la habitación y durmió en el sofá, junto a ella. A la mañana siguiente me pidió perdón con flores y sexo suave. Yo acepté las dos cosas porque el silencio después de una pelea me aterraba más que los gritos.
La vez que me empujó. No fue fuerte. Solo un manotazo en el hombro cuando intenté impedir que saliera otra noche con Lily. Tropecé contra la mesita y me hice un moretón en la cadera. Él se asustó. Me abrazó, me dijo que yo lo había provocado con mi actitud celosa. Y yo me disculpé.
Siempre me disculpaba.
Había perdido la cuenta de las veces que me tragué las palabras, las veces que sonreí cuando quería gritar, las veces que dije “no pasa nada” cuando por dentro me rompía. Cada vez cedía había sido un ladrillo más en la pared que me separaba de la mujer que fui a los diecinueve. Ahora solo quedaba esta versión vacía, sentada en el suelo de un apartamento que olía a cena fría y a promesas rotas, esperando a que su única amiga verdadera viniera a recoger los pedazos que aún quedaban de ella.
Me limpié la cara con el dorso de la mano. El maquillaje estaba destruido. El vestido, arrugado. La tarta seguía en la mesa, con la vela apagada y el chocolate empezando a derretirse un poco por el calor de la lámpara.
Veinticinco años.
Seis de ellos entregados a un hombre que me había enseñado que el amor podía convertirse en una condena lenta, silenciosa, hecha de pequeñas traiciones diarias.
Escuché el ruido de un motor en la calle. Después, pasos rápidos en las escaleras. No esperé a que tocaran. Me levanté, caminé hasta la puerta y la abrí justo cuando el puño de Violeta estaba a punto de golpear la madera.
Su cara apareció frente a mí: pelo castaño corto revuelto por la carrera, ojos miel abiertos de preocupación, respiración agitada. Llevaba una sudadera vieja y zapatillas sin calcetines. Había salido como estaba.
Durante un segundo nos miramos en silencio. Yo, hecha un desastre. Ella, viva, real y todavía dispuesta a estar aquí a pesar de todo.
Después me derrumbé otra vez.
Esta vez no fue contra la pared. Fue contra ella. Violeta me recibió sin dudar, rodeándome con los brazos con una fuerza que casi dolía. Hundí la cara en su hombro y lloré como no lo había hecho desde que enterré a mis padres. Ella no dijo nada. Solo me sostuvo, con una mano en mi espalda y la otra en mi pelo, mientras el pasillo se llenaba del sonido de mi llanto y del olor a lluvia que ella había traído pegado en su ropa.
No sé cuánto tiempo pasamos así. Solo sé que, por primera vez en años, alguien me sostenía sin pedirme nada a cambio. Sin recordarme que debía ser comprensiva. Sin decirme que estaba exagerando.
Solo me sostenía.
Y en medio de ese abrazo desesperado, mientras el dolor de seis años salía de golpe, una parte pequeña y asustada de mí empezó a entender que quizás, solo quizás, todavía quedaba algo de la Camille que una vez fui.
Algo que valía la pena recuperar.
