Capítulo 6 Capítulo 6
Camille
La ducha me dejó la piel enrojecida y la cabeza un poco más clara. Me sequé el cabello con una toalla que olía al suavizante de Violeta y me puse la ropa que me había prestado: un pantalón vaquero antiguo y una camiseta gris que me quedaba un poco grande. Mirarme en el espejo del baño resultó extraño. Sin el vestido negro, sin el maquillaje, sin el anillo… parecía otra persona. O tal vez, por fin, parecía yo.
Cuando salí, Violeta ya había guardado las tazas y tenía las llaves del coche en la mano.
—¿Lista? —preguntó.
Asentí. No lo estaba del todo, pero tampoco iba a estarlo nunca.
El regreso al antiguo apartamento se me hizo eterno. Cada semáforo en rojo me daba tiempo para pensar en lo que estábamos a punto de hacer. Entrar otra vez. Tocar las cosas que había dejado atrás. Buscar debajo del colchón los bocetos que habían sido mi único secreto durante años.
—Si él está ahí… —empecé.
—No va a estar —me interrumpió Violeta, sin apartar la vista de la calle—. Subió esa historia a las once de la noche. Seguramente se quedó en casa de Lily o en algún hotel. Y si por casualidad aparece, yo me encargo. Tú solo recoge lo tuyo y sal. ¿Entendido?
—Entendido.
Aparcó a media cuadra. Subimos las escaleras en silencio. Cuando llegamos a la puerta, me temblaron un poco las manos al sacar las llaves. Todavía las tenía. Todavía abrían.
El apartamento olía igual. A su detergente, a su colonia, a la vida que yo había fingido durante demasiado tiempo. La tarta seguía en la mesa, ahora completamente derretida y triste. El anillo brillaba sobre la mesita de noche, exactamente donde lo había dejado.
No lo toqué.
Fui directo al dormitorio. Violeta se quedó en el umbral, vigilando, mientras yo me arrodillaba junto a la cama y metía la mano debajo del colchón. Los sobres estaban allí. Cuatro años de trabajo nocturno. Cuatro años de ideas que nunca llevaron mi firma. Los saqué con cuidado, uno tras otro, y los fui guardando en la mochila que Violeta me había prestado.
Cuando terminé, me quedé un segundo mirando el colchón vacío. Extrañamente, no sentí nostalgia. Solo un alivio pesado, como si por fin hubiera extraído una astilla que llevaba clavada demasiado tiempo.
—¿Eso es todo? —preguntó Violeta en voz baja.
—Sí. Lo demás… que se quede.
Bajamos sin encontrar a nadie. En el coche, con la mochila entre los pies, solté un temblor que no sabía que estaba conteniendo. Violeta no dijo nada. Solo puso una mano en mi rodilla un momento y después arrancó.
De regreso en su departamento, extendí los bocetos sobre la mesa del comedor. Eran más de los que recordaba. Hojas y hojas de grafito, de anotaciones al margen, de correcciones hechas a las tres de la mañana. Violeta se acercó y los miró en silencio durante un buen rato.
—Camille… —dijo al fin, con la voz un poco ronca—. Esto es increíble.
Me encogí de hombros, incómoda.
—Son solo bocetos.
—No. Son una prueba. Prueba de que, incluso cuando te estaban borrando, tú seguías creando. Eso no es poca cosa.
Me senté frente a la mesa y toqué una de las hojas. El papel estaba un poco arrugado en las esquinas.
—Hace un año —dije de pronto—, cuando discutimos… cuando te abofeteé… fue por esto. Más o menos.
Violeta levantó la vista. No apartó la mirada.
—Esa tarde yo había encontrado uno de estos sobres. Leo lo había dejado tirado en el escritorio. Vi mi propio dibujo con el membrete de la empresa y el nombre de Lily abajo. Me senté en el suelo de la cocina y lloré hasta que no pude más. Después llegaste tú. Me encontraste así. Y me dijiste la verdad. Me dijiste que Leo me estaba usando. Que Lily no era inocente. Que yo merecía más. Y yo… yo te grité. Te dije que no entendías nada. Que estabas celosa de que yo tuviera una relación. Que no tenías derecho a meterte. Y cuando insististe… te pegué.
La última frase me salió en un hilo de voz. La vergüenza todavía me quemaba la cara después de tanto tiempo.
Violeta se sentó despacio frente a mí.
—Me acuerdo —dijo con calma—. Me ardió la mejilla tres días. Pero lo que más me dolió no fue la bofetada. Fue verte defenderlo con tanto miedo. Como si soltarlo fuera lanzarte al vacío sin red.
Asentí. Las lágrimas me nublaron la vista otra vez, pero esta vez las dejé estar.
—Esa noche, después de que te fuiste, Leo llegó y me encontró llorando. Le dije que habíamos discutido. No le conté por qué. Él me abrazó y me dijo que tú siempre habías sido una mala influencia. Que era mejor que me alejara. Y yo le creí. O quise creerle. Borré tu número. Bloqueé tus redes. Fingí que no existías. Porque era más fácil odiarte a ti que aceptar que él me estaba destruyendo.
Violeta extendió una mano y tocó uno de los bocetos.
—Y ahora estamos aquí. Con tus diseños sobre la mesa. Y tú del otro lado de esa puerta. Eso también cuenta, Camille. No solo la parte fea.
Me limpié la cara con la manga de la camiseta.
—Tengo tanto miedo de llevarle esto a Sinclair —admití—. ¿Y si mira los bocetos y piensa que no valen nada? ¿Y si me da el trabajo por lástima? ¿Y si… si Leo se entera y vuelve a aparecer?
—Entonces lo enfrentamos —respondió ella sin dudar—. Pero no vamos a dejar que el miedo decida por ti otra vez. Mañana llevamos el portafolio. Yo te acompaño hasta la puerta si quieres. Y después… después vemos qué ocurre. Un paso a la vez.
Me quedé mirando los dibujos. Había uno en particular que siempre me había gustado: un collar de líneas limpias con una piedra en bruto en el centro, como si la belleza estuviera en no pulir demasiado. Lo había diseñado la misma semana en que Leo me empujó. Nunca se lo mostré. Lo escondí más profundo que los demás.
Lo saqué del montón y se lo alcancé a Violeta.
—Este… este nunca se lo di. Es mío. Solo mío.
Ella lo estudió con cuidado.
—Entonces este va arriba de todo. Que sea lo primero que vea.
Asentí. Por primera vez sentí una chispa pequeña y rebelde en el pecho. No era esperanza todavía. Era algo más básico. Era propiedad. Estos papeles eran míos. Las ideas eran mías. Y mañana alguien iba a mirarlos con mi nombre escrito en algún lado, aunque fuera solo en un sobre.
Pasamos la tarde ordenando el portafolio. Violeta me ayudó a elegir los mejores, a escribir una nota sencilla de presentación, a practicar qué iba a decir si me preguntaban por mi experiencia. Cada vez que mi voz se quebraba de inseguridad, ella me devolvía una mirada firme y me hacía repetir:
—Soy Camille Cross. Diseñé estas piezas. Y quiero trabajar.
Lo repetí hasta que las palabras dejaron de sentirse ajenas.
Cuando anocheció, guardamos todo en la mochila y la dejamos junto a la puerta, lista para la mañana. Violeta preparó pasta sencilla y comimos en silencio frente a la televisión, sin realmente mirar la pantalla. Después me ofreció otra vez su cama y yo volví a rechazarla. El sofá ya me resultaba familiar.
Antes de apagar la luz, me giré hacia el pasillo y dije:
—Vi…
—¿Sí?
—Gracias. Por no odiarme. Por venir. Por… todo.
Hubo una pausa. Después su voz llegó suave desde la habitación:
—Siempre fuiste mi gente, Camille. Aunque te hubieras olvidado un tiempo. Ahora duerme. Mañana tenemos que ir a recuperar tu nombre.
Cerré los ojos. El departamento estaba en calma. Afuera llovía otra vez, un chaparrón suave que golpeaba los ventanales. Por primera vez en años no estaba esperando el sonido de una llave ni calculando el humor de nadie.
Solo estaba yo. Mis bocetos junto a la puerta. Y una cita mañana con un hombre que, según Violeta, ya conocía mi trabajo desde antes de que yo misma me atreviera a reclamarlo.
No sabía qué iba a pasar. No sabía si Damián Sinclair sería una puerta o otra trampa. Pero por esta noche, el simple hecho de haber sacado los diseños de debajo del colchón y haberles puesto mi nombre en un sobre ya se sentía como una pequeña victoria.
Una que, por fin, nadie me podía quitar.
