Capítulo 1 Capítulo 1

Sophia

El silencio de la sala de juntas era casi tan pesado como la mirada que sentía clavada en mí desde el otro lado de la mesa.

Ajusté los documentos frente a mí por tercera vez, aunque ya los conocía de memoria. El projector mostraba la última diapositiva de mi presentación: proyecciones de crecimiento, análisis de mercado y la propuesta que, si todo salía bien, le daría a Clark Tech la ventaja definitiva sobre Hoffmann Industries. Mi voz había sonado firme durante los últimos veinticinco minutos. Profesional. Segura. Impecable.

Exactamente como mi padre esperaba que fuera.

—¿Alguna pregunta? —pregunté, alzando la vista hacia los ejecutivos sentados a lo largo de la larga mesa de cristal.

Varios asentían, impresionados. Otros tomaban notas. El director de operaciones de nuestra empresa me lanzó una sonrisa de aprobación. Todo iba según lo planeado.

Hasta que él habló.

—Tengo una.

La voz de Aiden Hoffmann era baja, controlada y peligrosamente calmada. Como siempre. No necesitaba alzarla para que todos en la sala giraran la cabeza hacia él. Estaba sentado exactamente frente a mí, con la espalda apoyada en el respaldo negro de la silla, los brazos cruzados sobre el pecho y esa expresión indiferente que me sacaba de quicio desde hacía años.

Llevaba un traje negro impecable, la camisa oscura sin corbata y el primer botón desabrochado. El cabello negro le caía de forma imperfecta sobre la frente, y esos ojos verdes —demasiado vivos, demasiado intensos— no se habían apartado de mí ni un segundo desde que empecé a hablar.

Lo odiaba.

Lo odiaba con cada fibra de mi cuerpo.

—Adelante, señor Hoffmann —contesté con la voz más neutra que pude.

Él inclinó ligeramente la cabeza, como si evaluara si valía la pena molestarse en responderme. Luego sonrió. No era una sonrisa amable. Era esa media sonrisa arrogante que siempre usaba cuando estaba a punto de destrozarme frente a todos.

—Tu proyección de captación de clientes en el segundo trimestre es demasiado optimista —dijo con calma—. Estás asumiendo que el mercado reaccionará de la misma forma en la que lo hizo el año pasado, pero ignoras el nuevo algoritmo que nosotros lanzamos hace tres semanas. ¿O acaso no lo tomaste en cuenta… o simplemente no lo entendiste?

Algunos ejecutivos de su lado murmuraron. Del mío, se tensaron.

Sentí el calor subirme por el cuello. Apreté el bolígrafo entre los dedos hasta que los nudillos se me pusieron blancos.

—Lo tomé en cuenta —respondí con frialdad—. Y lo descarté porque su algoritmo tiene una falla de escalabilidad que ustedes todavía no han resuelto. Si lo implementan a gran escala, el sistema colapsará en menos de seis meses. Mi proyección se basa en datos reales, no en promesas.

Aiden arqueó una ceja. Parecía divertido.

—¿Datos reales? Qué interesante. Porque los mismos “datos reales” que usaste el trimestre pasado te hicieron perder el contrato con Nexus. ¿O ya lo olvidaste?

El golpe dio de lleno.

El contrato con Nexus había sido mi mayor fracaso del año anterior. Y él lo sabía. Por supuesto que lo sabía. Aiden Hoffmann nunca olvidaba nada que pudiera usar en mi contra.

—Ese contrato se perdió por una filtración interna —repliqué, manteniendo la voz estable aunque por dentro me hervía—. No por un error de estrategia.

—Claro —dijo él, inclinándose ligeramente hacia adelante—. Siempre es culpa de alguien más, ¿verdad, Clark?

La forma en que pronunció mi apellido me erizó la piel. Como si fuera un insulto. Como si me estuviera recordando exactamente quién mandaba en esa sala.

Antes de que pudiera responder, el director general de Hoffmann Industries intervino, intentando calmar la tensión. La reunión continuó durante otros quince minutos, pero yo apenas escuchaba. Mi atención estaba completamente centrada en el hombre sentado frente a mí.

Aiden no volvió a hablar. No necesitaba hacerlo. Cada vez que alguien hacía un comentario a favor de mi propuesta, él sonreía de lado, como si ya supiera que al final iba a ganar de todas formas. Y lo peor era que, históricamente, casi siempre lo hacía.

Cuando la reunión terminó, la gente empezó a levantarse y a formar pequeños grupos. Yo recogí mis documentos con movimientos precisos, intentando ignorar el nudo que se me había formado en el estómago. Odiaba que me hiciera sentir así. Odiaba que con pocas palabras pudiera hacerme dudar de mí misma.

Estaba guardando la tablet en mi maletín cuando sentí una presencia a mi lado.

Demasiado cerca.

—Buen intento hoy —dijo Aiden en voz baja, solo para mí—. Casi parecías segura de lo que decías.

Alcé la vista de golpe. Estaba a menos de un paso de distancia. Tan cerca que pude oler su cologne: algo oscuro, caro y peligrosamente adictivo. Sus ojos verdes me recorrieron el rostro con una lentitud que me hizo sentir expuesta.

—Aléjate —susurré entre dientes.

Él no se movió.

—¿Por qué? ¿Te molesta que te diga la verdad?

—Lo que me molesta es que no puedas dejar de competir ni siquiera cinco minutos.

Aiden inclinó la cabeza, estudiándome. Había algo en su mirada que no lograba descifrar del todo. No era solo arrogancia. Había algo más oscuro. Más intenso. Como si estuviera guardando un secreto que yo no debía conocer.

—No compito contigo, Sophia —dijo en voz muy baja—. Nunca lo he hecho.

Antes de que pudiera preguntarle qué demonios significaba eso, alguien lo llamó desde el otro lado de la sala. Aiden sostuvo mi mirada un segundo más, lo suficientemente largo como para que el aire entre nosotros se volviera espeso. Luego dio un paso atrás, ajustó el puño de su camisa y se alejó como si la conversación no hubiera significado nada.

Me quedé paralizada junto a la mesa, el corazón latiéndome con demasiada fuerza.

Odiaba esa sensación.

Odiaba cómo mi cuerpo reaccionaba a su cercanía aunque mi mente gritara que lo detestaba. Odiaba que, después de todos estos años, Aiden Hoffmann siguiera siendo capaz de desestabilizarme con tan poco.

Salí de la sala de juntas con pasos firmes, ignorando las miradas de algunos colegas. Necesitaba aire. Necesitaba distancia. Necesitaba recordar por qué lo odiaba tanto.

Porque Aiden no era solo mi rival profesional.

Era el hombre que desde que teníamos dieciséis años se había dedicado a hacerme la vida imposible. Primero en el vecindario, después en la universidad y ahora en el mismo sector tecnológico. Cada logro mío parecía existir solo para que él lo superara. Cada vez que creía haber ganado, él aparecía con una sonrisa arrogante y me recordaba que todavía no era suficiente.

Y lo peor de todo era que parte de mí… parte de mí todavía se preguntaba por qué.

Por qué nunca me dejaba en paz.

Por qué, de todos los hombres de la ciudad, tenía que ser él quien siempre estuviera ahí, mirándome como si pudiera ver más allá de la máscara perfecta que me había construido.

Llegué hasta el ascensor y apreté el botón con más fuerza de la necesaria. Mientras esperaba, saqué el teléfono y vi un mensaje de mi hermana menor.

Papá quiere que estés en casa a las ocho. No llegues tarde otra vez.

El estómago se me encogió.

Claro. Porque después de una reunión de alto nivel, de pelearme con Aiden y de cargar con el peso de toda una empresa, todavía tenía que llegar a casa a tiempo para no decepcionar a mi padre.

Suspiré y guardé el teléfono.

El ascensor llegó con un suave “ding”. Entré, me apoyé contra la pared de espejo y cerré los ojos un segundo.

En el reflejo, mi rostro se veía impecable. Maquillaje perfecto. Cabello recogido en un moño elegante. Traje negro que no dejaba ver ni una sola grieta.

Exactamente como debía ser.

Pero por dentro, todavía podía sentir la mirada verde de Aiden sobre mí. Todavía podía oír su voz baja diciendo: No compito contigo, Sophia. Nunca lo he hecho.

Y por alguna razón que no quería analizar, esas palabras me molestaron más que cualquier otra provocación que me hubiera lanzado en años.

Las puertas del ascensor estaban a punto de cerrarse cuando una mano se interpuso entre ellas.

Aiden entró con calma, como si el universo le perteneciera. Las puertas se cerraron detrás de él, dejándonos completamente solos en el pequeño espacio.

No dijo nada al principio. Simplemente se colocó a mi lado, lo suficientemente cerca como para que su brazo rozara el mío cada vez que el ascensor se movía.

—¿Vas a seguir fingiendo que no te afecto? —preguntó de pronto, sin mirarme.

Apreté la mandíbula.

—No finjo nada, Hoffmann. Simplemente no me importas.

Él soltó una risa baja, oscura.

—Mentira.

El ascensor comenzó a descender. El silencio entre nosotros se volvió espeso, cargado. Podía sentir su presencia como una corriente eléctrica bajo la piel. Cada segundo que pasaba dentro de ese espacio cerrado hacía que me resultara más difícil respirar con normalidad.

Cuando las puertas finalmente se abrieron en la planta baja, salí sin despedirme. Necesitaba alejarme de él. Necesitaba recuperar el control.

Pero antes de que pudiera cruzar el vestíbulo, su voz me alcanzó una vez más, baja y peligrosa:

—Nos vemos pronto, Sophia.

No me giré.

Pero sentí cómo esas palabras se me clavaban en la espalda como una promesa.

O una amenaza.

Todavía no sabía cuál de las dos me aterraba más.

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