Capítulo 2 Capítulo 2

Aiden

La puerta del penthouse se cerró detrás de mí con un suave clic.

Me quité la chaqueta del traje y la arrojé sobre el sofá sin molestarme en colgarla. La corbata ya la había aflojado en el auto. Aflojé aún más los botones de la camisa mientras caminaba hacia el ventanal que ocupaba toda la pared. La ciudad se extendía a mis pies, llena de luces y de gente que no importaba. Ninguna de ellas importaba.

Solo ella.

Sophia Clark.

Todavía podía sentir el olor de su perfume en mi ropa. Algo limpio, elegante y jodidamente adictivo. Había estado tan cerca de ella en el ascensor que me había costado no tocarla. No inclinarme y morderle el cuello justo debajo de esa oreja que siempre se ponía roja cuando yo hablaba demasiado cerca.

Me pasé una mano por la cara y solté una risa baja.

Había estado impecable hoy. Como siempre. Presentando su proyecto con esa voz firme, esa espalda recta y esa mirada que intentaba decirme que no le importaba mi existencia. Mentira. Le importaba. Yo se lo leía en cada microexpresión, en la forma en que apretaba el bolígrafo cuando yo abría la boca, en cómo su respiración cambiaba cuando me acercaba demasiado.

Odiaba perder. Y yo me aseguraba de que nunca ganara del todo.

Caminé por el pasillo hasta la única habitación que nadie más que yo había pisado. Abrí la puerta y encendí la luz tenue. Las paredes estaban cubiertas de ella. Fotografías. Decenas. Algunas de cuando éramos vecinos y ella aún no sabía fingir tan bien. Otras más recientes: saliendo de la oficina, en reuniones, en cenas de empresa, incluso una tomada desde lejos en la que llevaba el cabello suelto y parecía vulnerable por primera vez en mucho tiempo.

Me detuve frente a la más grande. Sophia mirando directamente a la cámara sin saber que yo estaba al otro lado del objetivo. Esos ojos oscuros, esa boca que yo había imaginado abierta bajo la mía demasiadas veces.

Aflojé el resto de los botones de la camisa y me la quité. El aire frío de la habitación me rozó la piel. Me senté en el sillón negro que había colocado exactamente frente a esa pared y me recosté, sin dejar de mirarla.

Hoy había estado especialmente hermosa cuando se enfurecía. Esa pequeña arruga entre las cejas, la forma en que apretaba los labios para no decirme todo lo que realmente pensaba… me volvía loco.

Deslicé la mano por mi pecho hasta el cinturón. Lo desabroché con calma. El sonido del cuero y el metal fue el único ruido en la habitación además de mi propia respiración. Bajé el cierre del pantalón y saqué mi polla ya dura. Estaba pesada, caliente, exigiendo atención desde el momento en que la vi entrar a la sala de juntas.

Cerré los ojos y la imaginé.

Imaginé que en lugar de mirarme con odio en esa mesa, se hubiera quedado después de que todos se fueran. Que yo la hubiera acorralado contra el cristal, levantado esa falda negra tan perfecta y le hubiera dicho al oído exactamente lo que iba a hacerle. Imaginé el sonido que haría cuando le metiera los dedos entre las piernas y descubriera que, a pesar de odiarme, estaba mojada por mí.

Apreté mi polla con fuerza y empecé a bombearla despacio.

—Sophia… —susurré su nombre como si ella pudiera oírme.

En mi mente ella estaba de rodillas frente a mí, en esta misma habitación, mirándome con esos ojos desafiantes mientras yo le sostenía el cabello. Le ordenaba que abriera la boca. Ella lo hacía, aunque fingiera que me odiaba. Yo empujaba dentro, lento al principio, disfrutando de cómo sus labios se estiraban alrededor de mí, de cómo sus ojos se llenaban de lágrimas de puro exceso.

Aceleré el ritmo de mi mano.

La imaginaba después contra la pared, con las piernas alrededor de mi cintura, mientras yo la follaba con ganas, profundo, sin piedad. Cada embestida era un recordatorio de que era mía. De que nadie más tenía derecho a tocarla. De que todos esos años de fingir ser su rival habían valido la pena solo por este momento.

Gemí bajo cuando la imagen se volvió demasiado nítida. Podía casi sentir el calor de su coño apretándome, el sonido húmedo de nuestros cuerpos, su voz rota susurrando mi nombre aunque no quisiera.

—Joder… —gruñí, apretando más fuerte.

Pensé en cómo sería marcarla. Dejar chupetones en su cuello, en el interior de sus muslos, en esos pechos que siempre escondía bajo ropa elegante. Pensé en llenarla, en correrme tan adentro que no hubiera forma de que olvidara a quién pertenecía. En ver mi semen resbalando por el interior de sus muslos mientras ella intentaba recuperar la compostura.

La mano se movía más rápido ahora. El placer subía por mi espina dorsal, caliente y urgente. Imaginé su cara cuando se corriera alrededor de mi polla: los ojos entrecerrados, la boca abierta, completamente rendida aunque su mente todavía peleará.

—Mía —ordené entre dientes, como si ella estuviera realmente aquí—. Eres mía, Sophia. Aunque me odies. Aunque finjas que no.

El orgasmo me golpeó con fuerza. Me corrí sobre mi propia mano y el abdomen, con el nombre de ella atrapado en la garganta. Las contracciones fueron intensas, largas, casi dolorosas de lo fuertes que fueron. Me quedé recostado varios segundos, respirando con dificultad, mirando las fotos de ella mientras el semen se enfriaba sobre mi piel.

Incluso después de correrme, la necesidad no desapareció del todo. Nunca lo hacía.

Me limpié con la camisa que había tirado al suelo y me quedé sentado en silencio, observando su rostro en la fotografía más cercana. Esa expresión seria, controlada, perfecta. La misma que usaba para esconderse del mundo.

Yo conocía las grietas. Las había estudiado durante años.

Desde que éramos vecinos. Desde que ella cruzaba la calle sin mirarme y yo me quedaba observándola hasta que desaparecía detrás de la puerta de su casa. Primero intenté llamar su atención de formas estúpidas. Después entendí que la única manera de que Sophia Clark me mirara de verdad era convirtiéndome en el obstáculo que no podía ignorar.

Y funcionó.

Ahora me miraba. Me odiaba. Me deseaba en secreto aunque todavía no se atreviera a admitirlo. Yo lo veía en la forma en que su respiración cambiaba, en cómo evitaba mi contacto visual demasiado tiempo, en el temblor casi invisible de sus manos cuando yo me acercaba demasiado.

Sonreí solo en la oscuridad de la habitación.

Pronto dejaría de fingir tanto. La fusión de las empresas estaba cada vez más cerca. Pronto compartiríamos el mismo edificio, los mismos pasillos, las mismas noches largas de trabajo. Pronto tendría mil excusas para acorralarla, para tocarla, para recordarle con la boca y las manos que nadie más tenía derecho a ella.

Me levanté, apagué la luz de la habitación y cerré la puerta con llave, como siempre. Nadie debía entrar ahí. Nadie debía saber hasta qué punto Sophia Clark me consumía.

Caminé hasta la cocina, me serví un vaso de agua y lo bebí de un trago mientras miraba la ciudad a través del ventanal. En algún lugar de esa misma ciudad ella estaba, probablemente llegando a esa casa de mierda donde su familia la destrozaba en silencio. La idea me apretó el pecho con una rabia fría y familiar.

Nadie tenía derecho a lastimarla.

Nadie excepto yo.

Y ni siquiera yo quería romperla del todo. Solo quería que dejara de pelear. Que entendiera que desde el primer día en que la vi cruzar la calle con ese uniforme escolar y esa expresión seria, ya era mía.

Saqué el teléfono y abrí la carpeta oculta donde guardaba las fotos más recientes. La última era de hace apenas dos días: Sophia saliendo del edificio de Clark Tech con el cabello ligeramente revuelto por el viento. La miré un largo rato.

Pronto.

Muy pronto dejaría de ser solo su rival.

Y cuando eso pasara, Sophia Clark no tendría a dónde escapar.

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