Capítulo 3 Capítulo 3

Sophia

El trayecto hasta casa se me hizo eterno.

Conducía en silencio, con las manos firmes sobre el volante y la mirada fija en la carretera, pero mi mente no dejaba de repetir la misma escena una y otra vez. Aiden en el ascensor. Su voz baja. Esa forma de decir mi nombre como si le perteneciera. La cercanía de su cuerpo y el modo en que mi piel había reaccionado aunque yo me negara a admitirlo.

Odiaba que tuviera ese efecto en mí.

Odiaba todavía más que, después de todos estos años, siguiera lográndolo.

Aparqué el auto en la entrada de la casa y apagué el motor. La mansión de los Clark se alzaba frente a mí, imponente y fría, con las luces del primer piso encendidas. Tragué saliva. Ya sabía lo que me esperaba adentro. Siempre lo sabía.

Antes de bajarme del auto revisé el reloj. Ocho y doce. Llegaba doce minutos tarde.

Doce minutos que mi padre no perdonaría.

Entré por la puerta principal intentando hacer el menor ruido posible. El vestíbulo olía a madera pulida y a ese ambientador caro que mi madre insistía en usar. Todo en esa casa era perfecto por fuera. Por dentro, era otra historia.

—Llegas tarde.

La voz de mi hermana menor me detuvo en seco. Emily estaba recostada contra la barandilla de la escalera, con los brazos cruzados y una sonrisa pequeña, casi inocente. Tenía diecinueve años y sabía exactamente cómo usar esa expresión para salirse con la suya.

—Hubo tráfico —respondí con calma, dejándome el maletín junto a la consola.

—Papá está en el estudio —continuó ella, bajando un peldaño—. Te está esperando. Le dije que probablemente se te había olvidado la hora otra vez porque estabas demasiado ocupada intentando impresionar a todo el mundo en esa reunión.

La miré con frialdad.

—No tenías por qué decirle nada.

Emily se encogió de hombros, fingiendo indiferencia, pero sus ojos brillaban con esa mezcla de resentimiento y satisfacción que yo conocía demasiado bien.

—Solo conté la verdad. Tú eres la hija perfecta, ¿no? La que nunca falla. La que siempre tiene que llegar a tiempo, vestir bien, hablar bien y no decepcionar a nadie. A veces se te olvida.

No le respondí. No valía la pena. Cualquier cosa que dijera ella la distorsionaría después delante de nuestros padres. Guardé silencio, me quité los tacones y caminé hacia el estudio con la espalda recta, exactamente como me habían enseñado.

La puerta estaba entreabierta. Golpeé suavemente con los nudillos.

—Pasa.

La voz de mi padre era cortante. Entré y cerré la puerta detrás de mí. Él estaba sentado detrás del escritorio de caoba, con los anteojos puestos y varios documentos delante. Ni siquiera levantó la vista de inmediato.

—Llegas doce minutos tarde —dijo al fin.

—Lo sé. Hubo una reunión importante y después tráfico. Intenté—

—No quiero excusas, Sophia.

Alzó la mirada. Sus ojos eran del mismo color que los míos, pero no había calidez en ellos. Nunca la había habido. Solo evaluación. Como si yo fuera un proyecto que constantemente necesitaba correcciones.

—Tu hermana me comentó que llegaste tarde porque estabas demasiado ocupada intentando demostrar algo en esa reunión con los Hoffmann —continuó—. ¿Es cierto?

Apreté los dientes.

—Emily exagera. La reunión se alargó y—

—Te he dicho mil veces que la puntualidad no es negociable en esta casa. Si no eres capaz de cumplir con algo tan básico, ¿cómo esperas que confíe en ti con responsabilidades mayores?

Me quedé en silencio. Sabía que cualquier respuesta solo empeoraría las cosas.

Mi padre se levantó despacio. Era un hombre alto, de presencia imponente, y cuando caminaba hacia mí el aire de la habitación parecía volverse más denso. Se detuvo a menos de un metro de distancia.

—Quítate la chaqueta.

El estómago se me encogió. Conocía ese tono. Conocía lo que venía después. Aun así, obedecí. Me quité la chaqueta del traje y la dejé cuidadosamente sobre el respaldo de una silla. Me quedé en blusa, sintiendo cómo el aire frío de la habitación me rozaba los brazos.

—Sabes por qué hago esto —dijo él con calma—. Porque alguien tiene que corregirte. Porque si yo no lo hago, el mundo te va a destrozar. Y tú, Sophia, no puedes permitirte ser débil.

No respondí. Bajé la mirada hacia el suelo, exactamente como había aprendido a hacer desde niña. Resistirse solo alargaba el castigo.

Escuché el sonido del cajón abriéndose. El mismo sonido de siempre. Luego el roce del cuero. Mi padre no gritaba. Nunca lo hacía. Hablaba con una frialdad casi educativa mientras me recordaba cada una de mis fallas.

Los primeros latigazos siempre eran los peores. No por el dolor físico —aunque ardía—, sino por la humillación. Por la certeza de que, no importa lo mucho que me esforzara, nunca sería suficiente. Cada golpe era un recordatorio de que la hija perfecta todavía tenía defectos que corregir.

Aguanté en silencio. Apreté los labios hasta sentir el sabor metálico de la sangre. Conté mentalmente. Cinco. Seis. Siete. Para cuando llegó al décimo, las lágrimas ya me quemaban los ojos, pero no las dejé caer. Nunca las dejaba caer delante de él.

Cuando terminó, guardó el cinturón con la misma calma con la que lo había sacado. Regresó a su escritorio y se sentó como si nada hubiera pasado.

—Puedes retirarte. Y dile a tu hermana que baje a cenar. Tú no cenas esta noche.

Asentí en silencio. Recogí la chaqueta, me la puse con cuidado sobre la espalda ardiendo y salí del estudio sin mirar atrás.

Emily estaba en el pasillo, fingiendo revisar el teléfono. Cuando me vio, sonrió apenas.

—¿Todo bien? —preguntó con falsa preocupación.

No le contesté. Subí las escaleras con pasos lentos, sintiendo cada roce de la tela contra la piel marcada. Entré a mi habitación, cerré la puerta con llave y me apoyé contra ella durante varios segundos, respirando con dificultad.

Después caminé hasta el espejo del baño y me quité la blusa con cuidado. Las marcas rojas atravesaban mi espalda de forma ordenada, precisas. Como todo lo que hacía mi padre. Me miré el reflejo: el maquillaje todavía impecable, el cabello ligeramente desordenado, los ojos brillantes de una rabia que no podía permitirme sentir del todo.

Encendí la ducha y dejé que el agua caliente cayera sobre mí. El ardor se intensificó al principio y después se convirtió en un dolor sordo, constante. Me apoyé contra azulejo frío y cerré los ojos.

En la oscuridad detrás de mis párpados, la imagen de Aiden regresó sin permiso. Su mirada verde en la sala de juntas. La forma en que me había acorralado con palabras. Esa frase que no lograba sacarme de la cabeza:

No compito contigo, Sophia. Nunca lo he hecho.

¿Qué significaba eso?

¿Por qué lo había dicho?

Me enjuagué el cabello con movimientos mecánicos, intentando empujar esos pensamientos fuera de mi mente. Aiden Hoffmann era el enemigo. El rival. El hombre que disfrutaba recordándome cada una de mis fallas frente a todo el mundo. No tenía derecho a ocupar espacio en mi cabeza después de una noche como esta.

Cuando salí de la ducha, me sequé con cuidado y me puse una camiseta holgada de algodón. Me recosté boca abajo sobre la cama, con la mejilla apoyada en la almohada, y miré hacia la ventana. La ciudad brillaba a lo lejos, ajena a todo lo que ocurría dentro de estas paredes.

Pensé en lo que habría pasado si en lugar de volver a esta casa hubiera tenido a alguien esperándome. Alguien que no me midiera constantemente. Alguien que no necesitara corregirme para sentirse en control.

La idea era tan ajena que casi me resultó ridícula.

Nadie me elegía de esa forma. Nadie lo había hecho nunca.

Me giré con cuidado y alcancé el teléfono. Había un mensaje de trabajo confirmando la siguiente reunión con Hoffmann Industries para la próxima semana. La posible fusión seguía avanzando. Eso significaba más horas en la misma sala que Aiden. Más miradas. Más provocaciones. Más de esa tensión que no sabía cómo manejar.

Bloqueé la pantalla y la dejé a un lado.

Mañana tendría que levantarme como si nada hubiera pasado. Sonreír en la oficina. Hablar con seguridad. Ser la Sophia Clark impecable que todos esperaban.

Porque si dejaba de serlo, ¿qué me quedaba?

Cerré los ojos y forzaré el sueño a llegar. Pero incluso cuando el cansancio finalmente me arrastró, la última imagen que cruzó mi mente no fue la de mi padre ni la de las marcas en mi espalda.

Fue la de unos ojos verdes mirándome en un ascensor demasiado pequeño, como si pudieran ver exactamente todas las grietas que yo me esforzaba tanto en esconder.

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