Capítulo 4 Capítulo 4

Aiden

La mañana siguiente me desperté antes del amanecer, como casi siempre.

El sueño había sido irregular. Cada vez que cerraba los ojos veía la expresión de Sophia en el ascensor: esa mezcla de rabia contenida y algo más profundo que ella se negaba a nombrar. Me levanté, me di una ducha fría y me vestí con la misma precisión de siempre. Traje negro. Camisa oscura. Sin corbata. El mismo uniforme que usaba para recordarle que no necesitaba disfrazarme de nada delante de ella.

Mientras el café se preparaba, abrí la laptop sobre la isla de la cocina. La pantalla se iluminó con los archivos que había estado reuniendo durante meses. Informes financieros de Clark Tech. Movimientos de personal. Horarios de Sophia. Y, en una carpeta separada y cifrada, todo lo relacionado con la familia Clark.

Había empezado a investigarlos en serio después de notar el primer moretón.

No había sido evidente. Sophia era experta en esconderse. Pero yo la había observado durante demasiados años como para no detectar las señales: la forma en que a veces se movía con demasiada rigidez, cómo evitaba ciertos gestos, el leve temblor en su voz cuando mencionaba “asuntos familiares”. Una noche la seguí hasta su casa. Me estacioné a una distancia prudente y esperé. Vi la luz del estudio encenderse. Vi cómo ella salía de esa habitación mucho más tarde, con la espalda demasiado recta y el rostro completamente vacío.

Esa misma noche entendí que el infierno de Sophia no terminaba cuando salía de la oficina.

Desde entonces había ido reuniendo piezas. El padre, Richard Clark, tenía un historial impecable en público y un control absoluto en privado. La hermana menor, Emily, era el clásico tipo de persona que sonreía mientras clavaba el cuchillo. Y Sophia… Sophia seguía intentando ganarse un amor que nunca iba a recibir.

La rabia me subió por la garganta con la misma intensidad de siempre. Apreté el borde de la isla hasta que los nudillos se me pusieron blancos.

Nadie tenía derecho a tocar lo que era mío.

Aunque ella todavía no lo supiera.

Cerré la laptop y terminé el café de un trago. Hoy había una reunión intermedia entre ambas empresas. Nada tan formal como la del día anterior, pero suficiente para volver a tenerla enfrente. Suficiente para observar cómo se movía, cómo hablaba, cómo intentaba fingir que la noche anterior no había existido.

Llegué a las oficinas de Hoffmann Industries más temprano de lo necesario. Mi asistente ya tenía el resumen del día preparado. Revisé los números sin realmente concentrarme en ellos. Mi atención estaba en otro lado.

A las once en punto cruzamos al edificio de Clark Tech para la reunión conjunta. El momento en que la vi entrar a la sala pequeña de conferencias sentí el mismo golpe de siempre en el pecho. Llevaba el cabello recogido otra vez, un traje gris oscuro y esa expresión profesional que usaba como armadura. Pero había algo distinto. Una tensión extra en los hombros. Una forma demasiado cuidadosa de sentarse.

Supo que yo lo noté. Por un segundo nuestros ojos se encontraron y ella apartó la mirada con demasiada rapidez.

Durante la reunión me limité a escuchar. Dejé que los demás hablaran de plazos y de la posible fusión. Yo observaba. Cada vez que Sophia se inclinaba hacia adelante para señalar algo en la tablet, el movimiento era ligeramente más rígido de lo normal. Cuando alguien hacía un chiste y el resto reía, ella sonreía apenas, pero el gesto no llegaba a los ojos.

Alguien la había lastimado de nuevo.

La certeza me recorrió el cuerpo como veneno frío.

Cuando la reunión terminó, la gente empezó a dispersarse. Sophia recogió sus cosas con movimientos precisos y se dirigió hacia la puerta. Yo la seguí sin prisas. La alcancé en el pasillo, justo cuando ella doblaba hacia los ascensores.

—Clark.

Se detuvo. No se giró de inmediato. Cuando finalmente lo hizo, su expresión era perfectamente controlada.

—¿Necesita algo, señor Hoffmann?

Me acerqué un paso más de lo estrictamente profesional. Lo suficiente para que tuviera que alzar un poco el mentón para mantenerme la mirada.

—Dormiste mal —dije en voz baja.

Ella parpadeó, sorprendida por un segundo antes de recuperar la compostura.

—No sé de qué habla.

—Tu espalda —continué, sin apartar los ojos de los suyos—. Te duele cuando te sientas. Y cuando te levantas. Y cada vez que alguien se acerca demasiado por detrás.

El color desapareció ligeramente de su rostro. Fue casi imperceptible, pero yo lo vi.

—Está imaginando cosas.

—No imagino nada de ti, Sophia. Nunca lo he hecho.

El silencio entre nosotros se volvió espeso. Varias personas pasaron a nuestro lado, ajenas a la tensión. Ella apretó el maletín contra el costado y dio un paso atrás.

—Si no tiene nada laboral que discutirme, me retiro.

Iba a dejarla ir. De verdad que iba a hacerlo. Pero entonces noté el leve temblor en los dedos que sostenían el maletín y algo dentro de mí se quebró.

Di un paso adelante y la acorralé suavemente contra la pared del pasillo, lo justo para que nadie que pasara pudiera oírnos con claridad. No la toqué. Todavía no. Pero reduje el espacio entre nosotros hasta que ella tuvo que levantar el rostro para mirarme.

—Si alguien te vuelve a poner una mano encima —dije en un susurro peligroso—, voy a enterarme. Y cuando me entere, voy a hacer que se arrepienta.

Sus ojos se abrieron apenas. Por un instante vi algo más que odio en ellos. Sorpresa. Confusión. Tal vez incluso un destello de miedo. No miedo a mí, sino a que alguien hubiera visto demasiado.

—No tiene ningún derecho a—

—Tengo todos los derechos que yo decida tener —la interrumpí con calma—. Y tú deberías empezar a acostumbrarte a esa idea.

Me alejé antes de que pudiera responder. Caminé hacia el ascensor sin mirar atrás, aunque cada fibra de mi cuerpo quería girarme y ver su expresión. Quería grabarme el momento en que entendiera que ya no estaba tan sola en su infierno como creía.

El resto de la tarde pasó en una especie de niebla controlada. Firmé documentos. Aprobé presupuestos. Escuché reportes. Pero mi mente estaba en otra parte. En la forma en que Sophia había temblado apenas cuando la acorralé. En el hecho de que alguien, probablemente su padre, la había vuelto a lastimar.

Esa noche, en lugar de ir directo al penthouse, di un rodeo.

Conducí hasta el vecindario de los Clark y aparqué a una distancia prudente, con las luces apagadas. La casa estaba iluminada en el primer piso. Vi la silueta de Emily cruzar frente a una ventana. Después, mucho más tarde, la luz del estudio se apagó.

No bajé del auto. Todavía no era el momento de intervenir de forma directa. Pero tomé nota de cada detalle: horarios, luces, movimientos. Todo sumaba. Todo me acercaba un poco más al día en que Richard Clark entendería que su hija ya no le pertenecía.

Cuando finalmente regresé al penthouse, me dirigí otra vez a la habitación cerrada. Encendí la luz tenue y me quedé frente a las fotografías durante un largo rato. Mi mirada se detuvo en una de las más recientes: Sophia saliendo del edificio, con el rostro cansado y la espalda demasiado recta.

Deslicé los dedos sobre el cristal que protegía la imagen.

—Pronto —susurré—. Muy pronto vas a dejar de aguantar esto sola.

Me quité la camisa, me senté en el sillón y dejé que la obsesión me invadiera otra vez. Esta vez no fue solo deseo. Fue una mezcla más oscura de posesión y de una rabia protectora que me consumía por dentro. Imaginé mis manos sobre su espalda marcada, no para lastimarla, sino para reclamar cada centímetro que otro hombre había osado tocar. Imaginé decirle al oído que ya no tenía que ser perfecta. Que conmigo podía romper todas las reglas que le habían impuesto.

La necesidad creció hasta volverse casi dolorosa. Me toqué con la misma urgencia de la noche anterior, pero esta vez el orgasmo llegó acompañado de una promesa silenciosa.

Nadie más la iba a tocar.

Nadie más la iba a hacer sangrar.

Y cuando Sophia Clark finalmente entendiera que el único hombre al que debía temer y desear al mismo tiempo era yo… ya no habría forma de que escapara.

Me limpié en silencio, apagué la luz y cerré la puerta con llave.

Mañana volvería a verla.

Y cada día que pasaba, el espacio entre nosotros se hacía más pequeño.

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