Capítulo 5 Capítulo 5

Sophia

Las palabras de Aiden todavía resonaban en mi cabeza horas después de que nos separáramos en el pasillo.

Si alguien te vuelve a poner una mano encima, voy a enterarme. Y cuando me entere, voy a hacer que se arrepienta.

Había dicho eso con una calma tan fría que todavía me erizaba la piel. No había gritado. No había alzado la voz. Simplemente lo había afirmado como si fuera un hecho inevitable, como si tuviera todo el derecho del mundo a meterse en lo que yo consideraba la parte más privada y humillante de mi vida.

Odiaba que hubiera notado el dolor en mi espalda.

Odiaba todavía más la forma en que me había mirado mientras lo decía: como si pudiera ver exactamente lo que había ocurrido la noche anterior.

Pasé el resto de la mañana encerrada en mi oficina, intentando concentrarme en los reportes de la fusión. Los números se mezclaban frente a mis ojos. Cada vez que cerraba los párpados un segundo, volvía a ver esos ojos verdes demasiado cerca de los míos y a sentir el calor de su cuerpo invadiendo mi espacio.

¿Cómo demonios se había dado cuenta?

Nadie en la oficina había notado nada. Yo me había movido con cuidado, había elegido una blusa de cuello alto y una chaqueta estructurada precisamente para ocultar cualquier rigidez. Y aun así, Aiden Hoffmann lo había visto. Como si estuviera acostumbrado a leerme mejor de lo que yo misma me conocía.

La idea me provocó una mezcla peligrosa de rabia e inquietud.

A media tarde recibí un mensaje de mi asistente confirmando que la próxima reunión conjunta con Hoffmann Industries se había adelantado. La fusión avanzaba más rápido de lo previsto. Eso significaba más horas compartiendo el mismo aire que él. Más oportunidades para que me provocara. Más momentos en los que tendría que fingir que su cercanía no me afectaba.

Me froté las sienes con los dedos y respiré hondo.

No podía permitirme esto. No podía dejar que Aiden se metiera bajo mi piel de esta forma. Ya tenía suficiente con soportar la presión de mi padre y las manipulaciones de Emily. El último que necesitaba era que mi mayor rival profesional empezara a comportarse como si tuviera algún tipo de derecho sobre mí.

A las seis de la tarde decidí que había trabajado lo suficiente. Guardé la laptop, me puse la chaqueta con cuidado —el roce de la tela contra la espalda todavía ardía— y salí de la oficina. El pasillo estaba casi vacío. La mayoría de los empleados ya se habían ido.

Justo cuando llegué a los ascensores, las puertas de uno de ellos se abrieron y Aiden salió.

Nos quedamos mirándonos en silencio durante un segundo demasiado largo.

Llevaba la chaqueta del traje colgada sobre el hombro y las mangas de la camisa arremangadas hasta los codos. El cabello negro estaba ligeramente desordenado, como si se hubiera pasado la mano por él varias veces. Parecía cansado… y al mismo tiempo peligrosamente alerta.

—Clark —saludó con esa voz baja que siempre lograba irritarme.

—Hoffmann —respondí con la misma frialdad.

Iba a pasar de largo, pero él no se apartó del todo. Se quedó lo suficientemente cerca como para que tuviera que rodearlo si quería entrar al ascensor.

—¿Cómo está la espalda? —preguntó de pronto, en voz muy baja.

Me giré hacia él con los ojos entrecerrados.

—Deje de hablar de cosas que no le incumben.

—Todo lo que tiene que ver contigo me incumbe —replicó sin dudar—. ¿O todavía no te diste cuenta?

La forma en que lo dijo me dejó sin aliento por un segundo. No era una provocación casual. Había algo demasiado serio en su tono. Demasiado posesivo.

—Usted no es nadie para decirme eso —contesté, manteniendo la voz baja para que nadie pudiera oírnos—. Somos rivales. Eso es todo. Y si cree que puede asustarme con frases dramáticas, está perdiendo el tiempo.

Aiden dio un paso más cerca. El olor de su cologne me envolvió otra vez, oscuro y familiar de una forma que me molestaba profundamente.

—No estoy intentando asustarte, Sophia. Estoy advirtiéndote.

—¿De qué, exactamente?

Él sostuvo mi mirada durante varios segundos. Había algo en esos ojos verdes que no lograba descifrar del todo. Como si estuviera conteniendo mucho más de lo que decía.

—De que hay límites —respondió al fin—. Y alguien ya los cruzó demasiadas veces.

Antes de que pudiera contestarle, el ascensor volvió a abrirse y un grupo de personas del departamento legal salió hablando en voz alta. Aiden se apartó con naturalidad, como si la conversación nunca hubiera ocurrido. Yo entré al ascensor sin mirarlo, sintiendo cómo el corazón me golpeaba con demasiada fuerza contra las costillas.

Las puertas se cerraron.

Me apoyé contra la pared de espejo y cerré los ojos un momento. ¿Qué diablos estaba pasando? ¿Desde cuándo Aiden Hoffmann se comportaba como si tuviera algún tipo de derecho a protegerme? ¿Desde cuándo hablaba de “límites” como si mi vida privada fuera de su incumbencia?

La respuesta más lógica era que simplemente estaba jugando otro de sus juegos. Que había notado una debilidad y estaba decidido a explotarla. Aiden siempre había sido así: observaba, analizaba y después golpeaba exactamente donde más dolía.

Pero esta vez se sentía diferente.

Había una intensidad en su mirada que no recordaba haber visto antes. O tal vez sí la había visto, solo que nunca me había atrevido a interpretarla.

Cuando llegué al estacionamiento, el aire fresco de la noche me ayudó a aclarar un poco la cabeza. Caminé hasta mi auto, me subí y me quedé varios minutos con las manos sobre el volante sin arrancar. La espalda me dolía cada vez que me movía. El recuerdo de los latigazos de la noche anterior todavía estaba demasiado fresco.

Y encima de todo, ahora tenía a Aiden revolviendo cosas que debían permanecer enterradas.

Arranqué el motor y salí del estacionamiento con la mandíbula apretada. Mientras conducía hacia casa, no pude evitar preguntarme qué habría pasado si en lugar de confrontarme en el pasillo él hubiera hecho algo más. Si hubiera insistido. Si hubiera tocado.

La sola idea me provocó un escalofrío que no supe si era de rechazo o de otra cosa mucho más peligrosa.

Llegué a casa más temprano que el día anterior. Emily estaba en la sala viendo televisión. Levantó la vista cuando entré y sonrió con esa expresión dulce que siempre usaba delante de los demás.

—Llegaste temprano hoy. Qué sorpresa.

Ignoré el comentario y subí directamente a mi habitación. Necesitaba estar sola. Necesitaba pensar sin que nadie me estuviera evaluando.

Me quité la chaqueta y la blusa con cuidado frente al espejo. Las marcas seguían ahí, rojizas y dolorosas. Las miré durante un largo rato, sintiendo la familiar mezcla de vergüenza y resignación. Después me puse una camiseta holgada y me recosté sobre la cama, mirando el techo.

Las palabras de Aiden regresaron otra vez.

Todo lo que tiene que ver contigo me incumbe.

¿Qué significaba eso realmente?

Durante años había asumido que su interés en mí se limitaba a la competencia. Que disfrutaba vencerme porque eso alimentaba su ego. Pero últimamente sus provocaciones se sentían distintas. Más personales. Más… intensas.

Me giré de lado con cuidado y abracé la almohada. El sueño no llegaba. Cada vez que cerraba los ojos veía esos ojos verdes demasiado cerca y escuchaba su voz baja advirtiéndome sobre límites que nadie más conocía.

Al final, mucho más tarde, cuando la casa ya estaba en silencio, una pregunta se instaló en mi mente y se negó a irse:

¿Desde cuándo Aiden Hoffmann sabía tanto sobre mí?

Y, lo más inquietante de todo…

¿por qué parecía importarle?

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