Capítulo 6 Capítulo 6

Aiden

El eco de sus pasos alejándose todavía resonaba en mi cabeza cuando entré en mi oficina y cerré la puerta con más fuerza de la necesaria.

Había visto el miedo.

No miedo hacia mí, sino el terror de que alguien hubiera cruzado la línea invisible que ella misma se había impuesto. Sophia Clark podía enfrentar salas llenas de ejecutivos, rivalidades corporativas y humillaciones públicas sin pestañear, pero la sola idea de que yo supiera lo que ocurría detrás de las puertas de su casa la había desarmado por completo.

Me quité la chaqueta y la arrojé sobre el sillón. Me pasé ambas manos por el cabello y me quedé de pie frente al ventanal, mirando la ciudad sin realmente verla. La rabia me subía por la garganta como ácido. No era la primera vez que notaba las marcas. Tampoco sería la última si no hacía algo pronto.

Abrí la laptop y accedí a los archivos cifrados. Las fotografías de vigilancia más recientes estaban ordenadas por fecha. Sophia saliendo de su casa con la espalda demasiado recta. Sophia en el estacionamiento de Clark Tech, moviéndose con esa rigidez que solo alguien que la hubiera observado durante años podía detectar. Sophia en la reunión de ayer, sonriendo como si nada doliera.

Cerré los ojos un segundo.

Recordé la forma en que había temblado apenas cuando la acorralé en el pasillo. La forma en que sus pupilas se habían dilatado cuando le dije que todo lo relacionado con ella me incumbía. Había mentido al afirmar que no le importaba. Su cuerpo siempre decía la verdad mucho antes que su boca.

Me recosté en la silla y dejé que la imagen de ella regresara con toda su intensidad. El cabello recogido, la blusa de cuello alto elegida a propósito, la forma en que apretaba el maletín contra el costado como si pudiera usarlo de escudo. Quise tocarla. Quise bajarle el cierre de esa blusa y ver con mis propios ojos hasta dónde habían llegado las marcas. Quise pasar la lengua por cada una de ellas y recordarle que nadie más tenía derecho a dejar huellas en su piel.

La necesidad creció rápido, caliente y familiar.

Deslicé la mano hasta mi entrepierna y apreté la erección que ya empujaba contra la tela del pantalón. No me molesté en ser suave. Bajé el cierre, saqué mi polla y empecé a bombearla con movimientos firmes mientras imaginaba a Sophia de rodillas entre mis piernas, con esa misma expresión de odio y confusión que había tenido en el pasillo. En mi mente ella intentaba apartar la mirada, pero yo le sostenía el mentón y la obligaba a mirarme mientras le ordenaba que abriera la boca.

—Mírame mientras me la chupas —susurré para mí mismo—. Quiero que sepas exactamente a quién perteneces.

La fantasía se volvió más oscura. La imaginaba contra el escritorio de mi oficina, con la falda levantada y las bragas hechas a un lado. Yo entrando en ella de una sola embestida, profundo, mientras le susurraba al oído que su padre nunca volvería a tocarla. Que yo me encargaría de cada persona que la hubiera lastimado. Que a partir de ahora el único dolor que sentiría sería el que yo decidiera darle… y el placer que vendría después.

Aceleré el ritmo. El sonido húmedo de mi mano llenaba la oficina en silencio. Imaginé el momento en que ella finalmente se corriera alrededor de mi polla, con el nombre de su rival atrapado en la garganta, incapaz de seguir fingiendo que me odiaba.

El orgasmo llegó con violencia. Me corrí sobre mi propia mano y el borde del escritorio, con los dientes apretados y el nombre de Sophia ahogado en un gruñido bajo. Las contracciones fueron largas, intensas, casi dolorosas. Me quedé respirando con fuerza varios segundos, mirando el desorden que había dejado.

Incluso después de correrme, la rabia no desapareció.

Limpié todo con movimientos mecánicos y me levanté. Ya no podía seguir limitándome a observar. Richard Clark había cruzado demasiadas líneas. Y Emily… Emily era un problema menor, pero un problema al fin.

Abrí un nuevo documento y empecé a redactar instrucciones precisas para el equipo de investigación privada que llevaba meses trabajando para mí. Necesitaba más. Horarios exactos. Grabaciones. Pruebas que no pudieran ser discutidas. Si Sophia se negaba a dejar esa casa por voluntad propia, yo iba a asegurarme de que la casa dejara de ser un lugar seguro para quienes la lastimaban.

El teléfono vibró sobre el escritorio. Un mensaje de mi padre:

Tu madre quiere que asistas a la cena del sábado. Dice que es importante.

Respiré hondo. Mis padres llevaban años intentando presentarme a mujeres “adecuadas”. Llevaban años sin entender por qué ninguna de ellas me interesaba. Algún día tendrían que conocer a Sophia. Algún día verían por qué ninguna otra mujer había importado nunca.

Respondí con un lacónico “Estaré ahí” y bloqueé la pantalla.

La noche cayó lentamente sobre la ciudad. Me quedé en la oficina hasta mucho después de que el edificio se vaciara. Cada tanto abría la carpeta de fotos de Sophia y las miraba una por una, como si pudiera encontrar en ellas la respuesta a la pregunta que me perseguía desde hacía años:

¿Cuánto tiempo más iba a necesitar para que ella dejara de pelear?

Cuando finalmente decidí irme, bajé al estacionamiento subterráneo. El lugar estaba casi vacío. Justo cuando llegaba a mi auto, vi un destello familiar al otro lado de la rampa: el vehículo negro de Sophia saliendo hacia la calle.

Había trabajado hasta tarde otra vez.

Seguí el impulso sin pensarlo demasiado. Arranqué y mantuve una distancia prudente. La vi tomar la ruta hacia su casa, exactamente como siempre. No bajé del auto cuando llegó. Me limité a estacionarme varios metros más abajo, con las luces apagadas, y esperé.

La luz del vestíbulo se encendió. Después la del estudio. Mi mandíbula se tensó.

Veinte minutos después la luz del estudio se apagó. Poco después se iluminó la ventana de su habitación en el segundo piso. Me quedé mirando esa luz durante un largo rato, imaginándola quitándose la ropa con cuidado, revisando las marcas en el espejo, intentando convencerse de que todavía podía soportarlo.

La rabia volvió, más fría esta vez.

Saqué el teléfono y envié un mensaje cifrado a mi contacto principal:

Acelera el informe sobre Richard Clark. Quiero todo listo en setenta y dos horas.

Guardé el teléfono y arranqué el motor. Mientras me alejaba del vecindario, una sola certeza se instaló en mi pecho con la fuerza de una promesa:

Sophia Clark podía seguir odiándome todo lo que quisiera.

Podía seguir fingiendo que mi presencia no la afectaba.

Podía seguir creyendo que yo era solo su rival.

Pero el tiempo de mirar desde lejos se estaba acabando.

Pronto iba a dejar de ser el hombre que la provocaba en las reuniones.

Pronto iba a convertirse en el único lugar donde pudiera respirar sin miedo.

Y cuando ese día llegara, ya no habría vuelta atrás para ninguno de los dos.

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