Capítulo 7 Capítulo 7

Sophia

El mensaje llegó a las siete de la mañana mientras el agua de la ducha todavía no lograba borrar del todo el ardor que cruzaba mi espalda como un recuerdo que se negaba a morir.

Reunión de integración de equipos. Sala de juntas ejecutiva. Diez de la mañana. Asistencia obligatoria. Aiden Hoffmann.

No había cortesía. No había espacio para negarse. Aiden nunca pedía permiso para entrar en mi vida. Simplemente ocupaba el espacio y esperaba que yo me adaptara o me rompiera intentando resistir.

Me miré largo rato en el espejo empañado. Las marcas ya no estaban inflamadas pero seguían ahí, rojizas y acusadoras, escondidas bajo la piel que yo presentaba al mundo como impecable. Elegí una blusa de seda negra de cuello alto y un blazer estructurado que disimulaba cualquier rigidez. Armadura otra vez. Siempre armadura. Desde que tenía memoria había aprendido que mostrar debilidad en esta familia era lo mismo que invitar a que te destrozaran con más fuerza.

Emily estaba en la cocina cuando bajé. Removía el café con esa calma falsa que siempre usaba cuando preparaba el terreno para herir.

—Papá preguntó si hoy también vas a llegar tarde —dijo sin levantar la vista—. Le respondí que probablemente sí. Que Aiden Hoffmann parece tenerte bastante ocupada últimamente.

Dejé la taza sobre la mesada con un golpe seco.

—No empieces con tus insinuaciones baratas, Emily.

Ella alzó finalmente los ojos. Había algo brilloso y venenoso en ellos.

—Solo observo. Llevas semanas más tensa. Más distraída. A veces me pregunto si el gran rival finalmente encontró la forma de entrar bajo tu piel de otra manera.

Sonreí con toda la frialdad que pude reunir.

—El día que necesite lecciones de alguien que nunca ha trabajado un solo día en su vida ni ha soportado las consecuencias de sus propios actos, te buscaré. Hasta entonces cállate.

El golpe dio donde quería. La sonrisa de Emily se tensó apenas pero no respondió. Subí al auto sintiendo la familiar mezcla de culpa y rabia que siempre me dejaban esas conversaciones. Mi hermana menor había aprendido desde niña a usar mi necesidad de ser perfecta como arma. Y yo, estúpida de mí, seguía cayendo.

La sede de Hoffmann Industries olía a poder antiguo disfrazado de modernidad. Mármol negro, luces frías, silencio costoso. Me registraron, me entregaron una identificación temporal y me acompañaron en silencio hasta el piso ejecutivo. Cada paso me recordaba que estaba en territorio enemigo.

La sala de juntas era más íntima que la anterior. Solo seis personas alrededor de una mesa de cristal oscuro. Y él.

Aiden estaba de pie junto al ventanal con las manos en los bolsillos del pantalón y las mangas de la camisa negra arremangadas hasta los codos. Cuando se giró, sus ojos verdes me recorrieron despacio, deteniéndose un segundo demasiado largo en el cuello alto de mi blusa como si pudiera ver a través de la tela las marcas que escondía.

—Clark. Puntual. Qué agradable sorpresa.

—Hoffmann. Todavía respirando. Qué lástima.

Alguien soltó una risa nerviosa que murió rápido. Aiden no sonrió. Solo inclinó la cabeza como si mi veneno le supiera dulce.

La reunión fue una tortura lenta y deliberada. Hablamos de cronogramas de fusión, de integración de departamentos y de líneas de reporte. Cada vez que yo presentaba una propuesta, Aiden encontraba la grieta exacta y presionaba con preguntas suaves que dejaban en evidencia cualquier debilidad. No necesitaba alzar la voz. Su tono calmado era suficiente para hacer que el resto de la mesa girara hacia mí esperando mi respuesta.

—Tu equipo de desarrollo arrastra un retraso de once días en el módulo de seguridad —dijo en un momento sin apartar los ojos de los míos—. ¿Planeas cubrirlo con horas extra o prefieres que mis ingenieros lo resuelvan y después te cobremos el favor en la próxima negociación?

Apreté el bolígrafo hasta sentir que el plástico casi cede.

—Mi equipo entregará a tiempo. Y no necesitamos favores de Hoffmann Industries.

—Todos necesitamos algo, Sophia —respondió en voz baja, lo bastante baja para que solo yo lo oyera con claridad—. Aunque algunas personas se pasen la vida negándolo.

El doble sentido me golpeó bajo el vientre con una precisión obscena. Crucé las piernas con fuerza y aparté la vista hacia los documentos. Odiaba que mi cuerpo reaccionara antes que mi orgullo. Odiaba el calor húmedo que empezaba a acumularse entre mis muslos cada vez que su voz bajaba de tono.

Cuando la reunión terminó los demás salieron con prisa, como si sintieran la tormenta que se acumulaba entre nosotros. Me quedé recogiendo mis cosas con movimientos deliberadamente lentos, esperando que él se fuera primero.

No lo hizo.

La puerta se cerró con un clic suave. El silencio cayó pesado.

—Esa blusa te queda demasiado alta —dijo Aiden desde el otro lado de la mesa.

Alcé la vista. Había rodeado el cristal y ahora estaba demasiado cerca. El olor de su cologne, madera oscura y algo metálico, me envolvió por completo.

—Es una blusa, no una invitación a opinar sobre mi ropa.

—Es una armadura —corrigió con calma—. Y se te nota el dolor cada vez que giras el torso. Todavía arde, ¿verdad?

Di un paso atrás. Él dio uno adelante. Mi espalda tocó el borde frío de la mesa.

—Deje de hablar de cosas que no le conciernen.

—Todo lo que tiene que ver contigo me concierne. Especialmente lo que intentas esconder debajo de esa seda cara.

Su mano se levantó. No tocó mi rostro. Se posó en el borde de la mesa a ambos lados de mi cadera, atrapándome sin contacto directo todavía. Estaba tan cerca que podía ver las pequeñas motas doradas en sus ojos verdes, la sombra de barba que empezaba a marcarse y el movimiento de su garganta cuando tragaba.

—Aiden… —mi voz salió más baja y más rota de lo que pretendía.

—Otra vez —susurró—. Di mi nombre otra vez. Sin el “señor”. Sin ese odio que ni tú te crees del todo.

—El odio es real.

—Mentira. —Una de sus rodillas se abrió paso entre las mías, forzándome a separar las piernas apenas. El roce de la tela de su pantalón contra el interior de mis muslos me arrancó un jadeo que no pude contener—. Llevas años mirándome como si quisieras matarme y follarme en el mismo segundo. Yo solo decidí dejar de fingir que no lo noto.

Su cadera se presionó contra la mía. Sentí la dureza gruesa y caliente de su erección exactamente donde más me quemaba. Un gemido bajo se me escapó antes de que pudiera morderme el labio inferior.

—Eres un bastardo arrogante.

—Sí. Y tú estás empapada. —Una de sus manos dejó la mesa y bajó hasta mi cadera, apretando con fuerza suficiente para que sintiera sus dedos incluso a través de la tela—. Puedo sentirlo. El calor. La forma en que te tiemblan los muslos. ¿Quieres que finja que no pasa nada, Sophia? ¿O prefieres que te diga exactamente lo que estoy imaginando hacerte contra esta mesa desde que entraste por esa puerta?

Intenté empujarlo. Mis manos se posaron en su pecho pero no lo movieron ni un centímetro. El músculo bajo la camisa estaba tenso y caliente.

—Suéltame.

—No. —Su boca bajó hasta mi oído. El aliento caliente me erizó la piel del cuello—. Quiero que escuches. Imagino bajarte el cierre de esta blusa tan decente. Imagino pasar la lengua por cada marca que alguien más se atrevió a dejarte. Imagino abrirte las piernas sobre esta mesa y follarte tan profundo que se te olvide el nombre de cualquier otro hombre que haya intentado tocarte. Y lo más enfermo de todo es que sé que una parte de ti quiere exactamente lo mismo.

Su mano subió por mi costado hasta detenerse justo debajo de mi pecho. El pulgar rozó el borde inferior de mi sujetador a través de la seda. Mis pezones se endurecieron de inmediato, traicioneros.

—Aiden, esto es una locura.

—La locura es seguir fingiendo. —Su otra mano bajó entre nuestros cuerpos y presionó exactamente donde yo más necesitaba presión. Incluso a través de la falda y la ropa interior el contacto fue eléctrico. Un gemido más alto se me escapó y él sonrió contra mi piel—. Ahí está. Ese sonido. Llevo años queriendo sacártelo.

Empezó a mover los dedos en círculos lentos y firmes. Mi cadera se movió sola, buscando más fricción. Odiaba lo fácil que era para él reducir mi resistencia a cenizas. Odiaba todavía más lo mucho que mi cuerpo le respondía.

—Mírate —susurró con la voz ronca—. La perfecta Sophia Clark frotándose contra la mano de su peor rival como una puta desesperada. ¿Qué diría tu padre si te viera ahora? ¿Qué diría esa hermanita venenosa?

La mención de mi familia me atravesó como un cuchillo. Intenté apartarme de verdad esta vez pero él me sostuvo con facilidad, presionando su erección más fuerte contra mi vientre mientras sus dedos seguían trabajando entre mis piernas.

—No… no hables de ellos.

—Entonces deja de esconderme lo que te hacen. —Su boca bajó hasta el punto donde el cuello de la blusa encontraba mi piel y mordió con suavidad apenas contenida—. Déjame ver. Déjame tocar. Déjame borrar cada marca que no sea mía.

El placer subía demasiado rápido. Mis piernas temblaban. El orgasmo se acercaba con una violencia que me asustó. Justo cuando estaba a punto de caerme por el borde, Aiden retiró la mano.

Jadeé por la pérdida repentina. Él dio un paso atrás, con los labios húmedos y los ojos oscuros de deseo. Su erección marcaba el pantalón de forma obscena.

—No aquí —dijo con la voz áspera—. La primera vez que te corras para mí no va a ser en una sala de juntas donde cualquiera puede entrar. Va a ser cuando yo decida. Cuando estés tan rota de tanto necesitarlo que dejes de pelear.

Se pasó el pulgar por los labios, el mismo pulgar que segundos antes había estado presionando contra mi clítoris, y lo chupó con lentitud mientras me miraba.

—Hasta la próxima reunión, Clark. Intenta no pensar en esto cada vez que te sientes.

Salió de la sala sin mirar atrás. Me quedé apoyada contra la mesa, con las piernas temblando, la ropa interior empapada y el corazón latiéndome con tanta fuerza que pensé que iba a enfermar.

Odiaba a Aiden Hoffmann.

Odiaba cómo me conocía.

Odiaba cómo mi cuerpo lo quería.

Y más que nada odiaba la certeza creciente de que una parte oscura de mí ya no quería que dejara de tocarme.

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