Capítulo 1
—¡Estoy cansado de tus inseguridades! Para ti no es suficiente que esté aquí, contigo. —Bruno levantó la voz, molesto, la irritación embargándolo.
—¿Qué tiene de malo que quiera saber si todavía me amas? —preguntó ella con voz temblorosa y los ojos ensombrecidos por el deseo de llorar—. Te siento tan distante.
—Estoy igual que siempre, Astrid, son imaginaciones tuyas —Un suspiro lleno de frustración escapó a través de sus labios—. He estado ocupado con el trabajo y cuando llego a casa lo único que quiero es descansar, no contarte lo que sucede en la oficina.
—Antes lo hacías… —Las palabras salieron casi en un susurro—. ¿Hay otra mujer en tu vida? ¿Amas a esa mujer que va a darte lo que yo no he podido, ni creo que pueda darte?
El silencio que siguió a las palabras de Astrid fue ensordecedor. Flotaron en el aire y luego cayeron como un peso que ninguno de los dos podía cargar. El ambiente en la habitación se cargó de tensión. Ambos se miraron, los ojos de ella reflejando dolor, los de él llenos de culpa. Ninguno de los dos se atrevía a romper el denso silencio. Sin embargo, la incertidumbre la estaba consumiendo y Astrid no pudo más.
—Solo quiero… necesito la verdad.
Él frunció el ceño, apretó las manos en puños y parecía a punto de estallar. Dio un paso hacia ella, pero algo lo detuvo, se pasó una mano por el cabello con exasperación y con un tono cortante le dijo:
—Controla tus celos absurdos y atiende a los invitados. Este día es para celebrar, no para defenderme de tus acusaciones locas y sin sentido.
Sin darle tiempo de defender su posición, Bruno se dio la vuelta y salió de la habitación, dejando la puerta abierta a sus espaldas. La música que amenizaba la fiesta se coló en la alcoba iluminada por la tenue luz de la lámpara de techo que giraba lentamente. Los acordes no lograron relajar la tensión que dejó en Astrid. La actitud de su esposo, en vez de darle esperanzas de que no estaba perdiendo su amor, lo único que hizo fue recordarle la fragilidad de su matrimonio. La sospecha de que ya no la amaba aumentó. ¿Estaba enamorado de las dos y no sabía cómo decirle?
Trató de moverse, pero el recuerdo de lo sucedido, dos meses antes, la mantenía petrificada en el lugar. Ese mismo día, la sospecha y el dolor de no poder darle un hijo a su esposo sin intervención médica habían comenzado a minar su autoestima, le recordaba que había fallado como esposa y como mujer.
Dos meses antes
Astrid se movió en su asiento, la ansiedad se estaba apoderando de su cuerpo. A pesar de que se escuchaba el susurro de las conversaciones a su alrededor y el sonido de un televisor que transmitía un programa matutino, se sentía tensa. Se había preparado para ese momento, ese día tenía programado un monitoreo de ovulación. Llevaba dos semanas de seguimiento y luego de ese examen le dirían si era el momento óptimo para la inseminación. Los nervios los tenía a flor de piel porque era la segunda vez que se realizaba el monitoreo y Bruno no había podido acompañarla. Él le había dicho que no podía posponer un viaje de negocios, pero estaba segura de que estaba decepcionado de que el procedimiento falló la primera vez. Los folículos ováricos no maduraron adecuadamente, impidiendo la ovulación. Astrid se sentía avergonzada y culpable, por ella no habían podido tener hijos. Sin embargo, le dolía que su esposo fallara en su promesa de acompañarla en cada paso del procedimiento. Le había asegurado que estaría todo el proceso de la inseminación artificial.
Miró a su alrededor y la tristeza le apretó el corazón. Las parejas sonrientes y de miradas cómplices le hicieron anhelar lo que tenían. Deseaba que su esposo le sostuviera las manos tal como hacía un hombre con una mujer a su izquierda. O que la calmara como hacía otro hombre su derecha. Astrid sintió un nudo en el estómago y por primera vez sintió envidia de mujeres que no conocía.
Sacudió la cabeza para alejar ese sentimiento tan feo y su mirada se detuvo en una mujer embarazada que acariciaba su vientre. Frunció el ceño tratando de darle sentido a la familiaridad que sintió hacia la joven de cabello rizado y oscuro. Estaba segura de que la conocía de alguna parte. Sus ojos se abrieron como platos al ver que Bruno se acercaba a ella, sonriendo. Astrid sintió como si le hubieran dado una patada en el estómago y el aire se le escapaba. Al fin supo por qué no la reconoció al principio. La mujer en ese momento tenía el cabello oscuro; sin embargo, por mucho tiempo fue rubia.
La mujer comenzó a reír y Astrid se quedó paralizada. Su esposo la había engañado. No estaba en un viaje de negocio, prefirió acompañar a su secretaria embarazada a un control prenatal, que ir con ella a los exámenes donde podía decirle que otra vez había fallado.
El corazón comenzó a latirle con fuerza y la tristeza se transformó en un torbellino de emociones: el enojo y la traición sobresaliendo por encima de las demás. La atmósfera de la sala de la clínica se volvió irrespirable y el dolor la noqueó. Trató de levantarse decidida a hacerle frente; sin embargo, no podía. El miedo y la sensación de que se desmoronaba por dentro la hizo quedarse inmóvil, esperó que pasaran a la consulta y, como pudo, se puso de pie y se marchó. Se alejó de la clínica, aunque dentro de ella se quedaban sus sueños de ser madre.
Mientras huía, a su mente llegaron retazos de la conversación que tuvieron cuando le informó que Emily, su secretaria, llevaba tiempo enamorada de él. En un descuido, en una de las tantas veces que se quedaron solos en la oficina, le echó GHB en la bebida y, tras una noche juntos, había quedado embarazada.
Llevaban tanto tiempo intentando tener un hijo sin éxito, que la noticia había sido un balde de agua fría. Aquel día había sido un infierno en la tierra para ella, su vida comenzó a caerse a pedazos. Él, con los ojos enrojecidos —algo inusual en él—, le pidió perdón y le rogó que permitiera que naciera el niño. Ella estuvo a punto de negarse. Saber que había tenido intimidad con otra mujer y fruto de esa noche había engendrado a un bebé la llevó a la locura. Llevaba años intentándolo y en una sola noche la secretaria le había dado lo que ella no podía. Su suegra había intervenido y fue tanto la presión por parte de la madre de su esposo, que accedió. Tampoco se veía exigiéndole a la otra mujer que interrumpiera el embarazo, no albergaba tanta maldad en su corazón.
Bruno juró y perjuró que no sentía nada por la secretaria, si no hubiera puesto una droga en su bebida nunca la hubiera tocado. Le prometió que solo sería una madre sustituta y que una vez naciera el bebé, se lo entregaría y luego se iría a vivir al extranjero. Les aseguró que su vida juntos volvería a la normalidad.
Ella eligió creer en sus palabras por los años de amor que compartían.
De regreso a la habitación vacía, Astrid se preguntó si había sido una tonta al aceptar la situación. Tal vez su seguridad no estuviera tan minada como ahora.
De regreso a la fiesta se obligó a sonreír. Conversó con los invitados y rio con ellos como si nada hubiera sucedido. Sin embargo, después de la cena, Bruno se veía distraído, pendiente del teléfono y parecía que se había olvidado que estaban celebrando su cumpleaños. Astrid supuso que las contantes notificaciones eran de felicitación, pero minutos después no pudo evitar acercarse a él cuando lo vio fruncir el ceño.
—¿Qué pasa?
—Emily no se siente bien —respondió él, renuente.
—Es normal en un embarazo, las náuseas…
—No son náuseas —la cortó él, como si estuviera diciendo estupideces—. Es algo más y tengo que llevarla al hospital.
—Te acompaño. —Se brindó, sintiendo dentro de ella que tenía que acompañarlo.
—No, no podrás hacer nada por ella, ni siquiera sabes algo de enfermería.
Astrid se aguantó las ganas de decirle que él tampoco sabía nada y estaría allí. Insistió en acompañarlo, no quería quedarse atrás, pero él fue contundente y le aseguró que estaría de vuelta en cuanto le aseguraran que Emily y el bebé estaban bien.
—Quizás hizo reacción a algún perfume. Cualquier perfume femenino le da una crisis de alergias. —dijo Bruno antes de abandonar su fiesta de cumpleaños, dejándola sola con los invitados.
Ella lo vio alejarse por segunda vez esa noche. Se preguntó si era hora de tomar valor y pedirle el divorcio.
No era la primera vez que él se alejaba de ella por esa mujer.
Tampoco era la primera vez que pensaba en el divorcio.
