Capítulo 2

—Sabes que Bruno te ama, pero no puedes darle un hijo. Esta es su única oportunidad de ser padre y quiere hacerlo bien. Habrá otras veces como esta noche donde tendrá que dejarlo todo para asegurarse que el bebé esté bien. No puedes recriminarle que quiera ser responsable. Además, estuviste de acuerdo.

Astrid escuchaba a su suegra sin dejar de mirar hacia el jardín alumbrado por las farolas. Hubo un tiempo que pensó que Sophia la quería, pero ahora casi podía asegurar que la odiaba, no perdía oportunidad para recordarle que no era tan fértil como otras mujeres.

—Cuando llegue mi hijo no lo agobies con más problemas. No es lo que necesita en estos momentos.

Astrid estuvo a punto de reírse y de preguntarle si alguno de ellos se preocupaba por lo que ella necesitaba. Sin embargo, prefirió callar, su suegra siempre tenía palabras hirientes hacia su persona. Para ella Bruno hacía todo bien y ella tenía que adorarlo.

—¿Escuchaste lo que te dije? —preguntó Sophia un poco enojada.

Ella apenas reaccionó, asintió con la cabeza, pero su mirada continuaba fija en el jardín.

Sophia notó el desinterés de su nuera y sintió una punzada de frustración.

—Cuando nazca mi nieto, todo volverá a la normalidad. Espero que cuando mi hijo llegue a la casa ya se te haya pasado el berrinche. —dijo Sophia antes de marcharse.

Astrid asintió de nuevo, aunque ya se encontraba sola. Ya no estaba segura de esa afirmación y creía poco probable que su vida sería como antes.

Sus labios temblaron y recuerdos del pasado llegaron a su mente. Últimamente, sus pensamientos vivían perdidos en el pasado.

La casa donde había nacido se había convertido en una prisión. Cuando su madre falleció y su padre se casó con otra mujer, ella comenzó a odiar ese hogar. La presencia de la nueva esposa había convertido una casa llena de luz en una llena de sombras.

Para todos, ella era una malcriada que no quería que su papá rehiciera su vida y fuera feliz. Lo que no sabían era que la mujer de sonrisa deslumbrante y carácter dulce, cuando estaba a solas con ella, dejaba ir todo el veneno que guardaba dentro.

Mientras bajaba la escalera, al final la esperaba su madrastra la esperaba en el último escalón. Una sonrisa maliciosa adornaba sus labios.

—Tu padre te espera en su estudio. Te tiene una sorpresa que sé que te va a encantar. —le dijo Madison, cuando llegó a su lado.

Dudaba de sus palabras, menos si le daba tanta satisfacción. Conociendo a la malvada mujer que tenía frente, era posible que le hubiera pedido a su padre que la echara de la casa. Astrid pasó por su lado sin dirigirle la palabra. Cuando entró a la habitación, Gabriel la esperaba sentado detrás del escritorio, con una expresión en su rostro que no presagiaba nada bueno.

—¿Querías verme? —preguntó desde la puerta.

—Necesitamos hablar, cariño, pasa y cierra la puerta. —A pesar de que el tono era grave y serio, el apelativo cariñoso le quito un poco de miedo.

Con pasos aún cautelosos se acercó al escritorio y se sentó en una de las sillas que estaban frente a él.

—¿Qué sucede? ¿Hay algún problema? —preguntó, tratando de mantener la calma, aunque se sentía nerviosa.

Su padre puso los brazos encima de la mesa y entrelazó las manos.

—Este último año ha sido difícil para los negocios. A mi empresa no le ha ido bien y el dinero ya no entra como antes —anunció él e hizo una pausa mientras la miraba fijamente a los ojos.

A Astrid un nudo se le alojó en la garganta, pensó que su padre le diría que no podía seguir ayudándole con la matrícula y otros gastos de la universidad. Sin embargo, la confusión la llenó cuando él la miró como si ella pudiera revertir esa situación. Y no podía, entre sus clases y el trabajo de medio tiempo que la ayudaba a pagar los gastos que su padre no cubría, no tenía tiempo para otro trabajo.

—¿Tendré…? No podrás pagar mis clases de arte, ¿verdad? —preguntó con tristeza.

—No, no, no es nada de eso. De hecho, ni siquiera tendrás que trabajar para pagar tus clases de arte —dijo Gabriel de inmediato.

A ella no le gustaba el desprecio con el que su padre se refería a la carrera que tanto amaba, pero la alivió saber que podía continuar. Sin embargo, las siguientes palabras que pronunció le hicieron sentir que su mundo se detenía.

—Tuve una oferta de matrimonio y he aceptado. Tu esposo nos va a ayudar económicamente. —En la voz de Gabriel no se escuchaba culpa por tomar decisiones sobre su hija sin tomarla en cuenta. Lo dijo como si estuviera hablando de un arreglo que le gustaría.

—¿Qué? —La voz de Astrid salió de su boca en apenas un susurro—. ¿De qué hablas? Es una broma, ¿verdad?

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