Capítulo 3
Gabriel negó con la cabeza y el rostro de Astrid perdió el color. Por una fracción de segundo, pensó que iba a desmayarse por el impacto de los planes de su padre.
—Es un nuevo rico. Recién comienza su camino en los negocios, pero es brillante. En muy poco tiempo se ha ganado el respeto de todos. —explicó Gabriel. Vendiéndoselo para que ella aceptara—. Este matrimonio será beneficioso, sobre todo para nosotros, porque nos ayudará a salir de este bache económico.
Astrid no podía creer lo que había escuchado; la incredulidad se apoderó de ella.
—No puedo creer que me estés vendiendo —exclamó, enojada—. No aceptaré este matrimonio. ¡Ni siquiera sé con quién quieres casarme!
El rostro de su padre se endureció y la miró como si lo estuviera defraudando.
—No te estoy vendiendo, Astrid. Pero necesitamos el dinero —dijo él entre dientes—. Tendrás una buena vida con él, sin preocupaciones. Es un buen partido. Además, no es un desconocido; solo que tú vives en tu mundo, dentro de tus cuadros. Todos en la ciudad lo conocen. Logan Pierce se ha convertido en el soltero más codiciado; es considerado un buen partido entre las mujeres.
A ella no le importaba si era el soltero de oro, el más deseable. No quería un matrimonio por conveniencia. Se levantó y comenzó a caminar por la oficina.
—No me casaré con él. Buscaremos otra forma de sacar tus negocios a flote.
—¿Con qué lo haremos? ¿Con tus cuadros? Cariño, te quiero y por eso pagué esas clases de arte, pero seamos sinceros, ¿crees que alguna vez esos cuadros lleguen a colgar de una pared?
La poca fe que su padre tenía en sus habilidades siempre le había dolido. Cuando le dijo que le pagaría la mayoría de los gastos de la universidad, pensó que al fin había comprendido su amor por la pintura. Sin embargo, no había cambiado nada, solo la complacía porque se sentía culpable.
—Sabes que tengo un novio y que lo amo.
Gabriel se puso de pie tan rápido que dejó caer el sillón en el que estaba sentado al suelo.
—Ese muerto de hambre no puede ofrecerte nada. Lo único que hará es llevarte a la miseria. Logan podrá darte lo que ese noviecito tuyo nunca podrá. Olvidarás ese romance que nunca debí permitir que prosperara y te casarás como es debido —dijo Gabriel, con voz autoritaria.
Lágrimas inundaron los ojos de Astrid.
—No lo haré —protestó, con la voz temblorosa—. No lo amo y no podrás obligarme a casarme. ¿Crees que es justo para mí?
—El amor no siempre es lo mejor. Este matrimonio nos sacará de la crisis financiera. Te dará estabilidad. ¡Podrás seguir soñando y pintando sin miedo a perder la casa donde vives!
—¿Y qué pasa con mis sentimientos? —Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas—. ¿Te importa mi felicidad?
—Me importan. —dijo su padre y suspiró.
Gabriel bajó la mirada al piso, pero vio en ella una mezcla de frustración y tristeza. Por un momento, en esa mirada contempló al padre que tuvo antes de la muerte de su madre. Pero se fue tan rápido como llegó y volvió a ser el hombre a quien no le importaba con quién se casara mientras tuviera dinero.
—A veces hay que ser realistas, porque el amor no es suficiente. En este momento deben pensar en la familia.
—No puedo hacerlo.
—Logan estará aquí para la cena. Compórtate para que no se arrepienta de casarse contigo —dijo su padre, ignorando el daño y el dolor que sus palabras le causaban—. No podemos perder esta oportunidad.
Mientras su padre salía del estudio, Astrid se quedó dentro, sintiendo que le dolía el pecho y en ese mismo instante tomó una decisión. Nada haría que enfrentara el destino que su padre quería para ella. Lucharía, pero ganaría.
Cuando el timbre sonó, sacándola de sus pensamientos, siguió a su padre porque quería plantarse frente a Logan Pierce para decirle que nunca sería su esposa.
Al llegar al salón, su padre le sonreía triunfante a un hombre que le daba la espalda al lugar de donde ella venía. Lo estudió en silencio. Era alto; tal vez medía alrededor de un metro noventa. Debajo del traje de corte impecable se percibían los músculos que no podía ocultar. Tenía el cabello oscuro. Aun de espaldas, podía decir que era impresionante. Y cuando notaron su presencia y el hombre se dio la vuelta, los ojos oscuros como dos pozos profundos que la miraron le hicieron sentir que podía llevarse su alma. Astrid no pudo evitar un escalofrío que le recorrió la espalda.
Sin darse cuenta, dio un paso atrás, como si quisiera huir. Él se acercó a ella con una sonrisa tan oscura como sus ojos. Estiró la mano y tomó una de ellas, que le temblaba del nerviosismo.
—No sabes cuánto llevo esperando este momento. —El tono de su voz y la nueva mirada que le dedicó le hicieron encoger el estómago.
Había algo en él que la asustaba; sin embargo, para su consternación, algo en él la atraía.
—¿Tú también esperabas este encuentro? —preguntó Logan con una media sonrisa—. Ahora que te conozco, quiero que llegue rápido el día de la boda.
Con las últimas palabras, la burbuja llena de tensión en la que la tenía explotó. En su interior, la ira comenzó a burbujear como un volcán a punto de despertar.
—No, no quiero que llegue. ¿Te parece bien casarte con alguien que no siente nada por ti? —Estalló Astrid borrando la sonrisa de todos en el salón.
Logan se carcajeó como si le resultara divertido lo que ella le decía. Se acercó más a ella y, en voz baja, le dijo.
—No es amor lo que espero, pero estoy seguro de que lograré que me ames si me lo propongo.
Otro escalofrío recorrió a Astrid. Logan Pierce no se parecía en nada a la imagen que se había formado de él cuando su padre le habló de las maravillas de su persona.
—¿Te doy miedo, Astrid? —le preguntó él antes de darle la espalda para conversar con Gabriel.
