Capítulo 4

Durante la cena, Astrid se mantuvo callada mientras pudo, pero su padre, su madrastra y Logan Pierce mantuvieron una conversación amena. Astrid no dejaba de pensar que mientras ella solo podía pensar en el loco plan de un matrimonio por conveniencia, ellos estaban disfrutando el momento sin pensar en su desdicha. Además, Logan la tenía en una tensión constante. Él parecía regocijarse cada vez que ella saltaba cuando le hablaba o la tocaba como si no se diera cuenta. Cada vez que sus miradas se encontraban, ella dejaba de respirar. El aire entre ellos era denso.

Después de la cena fueron al salón y, aunque intentó escaparse, fue imposible. Mientras seguían conversando, ella se recriminaba por no ser más valiente e irse sin más. Se quedó sin aliento cuando Logan la invitó a bailar. Ni siquiera se había dado cuenta de que habían puesto música y que su padre y Madison ya bailaban mientras le daban miradas cómplices. La sospecha cayó sobre Astrid, era obvio que la querían más cerca del hombre que le inyectaría dinero cuando les hiciera falta.

Ella dudó, no deseaba darle el gusto, pero también podía ser una oportunidad para dejarlo claro que no deseaba casarse con él. Se levantó, llevada por la emoción, de verse libre de un compromiso que no deseaba y nunca iba a querer. Pero en cuanto estuvo en sus brazos, la chispa que sintió antes se encendió entre ellos.

—Respira, Astrid, de lo contrario vas a desmayarte —le ordenó él y ella ni siquiera se había dado cuenta de que lo había hecho.

Ella inhaló profundamente, el aire volvió a sus pulmones mientras apartaba la mirada de él.

Logan le tomó la barbilla con dos dedos y le levantó el rostro hasta que sus ojos volvieron a encontrarse. La intensidad que vio en los de él la hizo temblar. Él le sonrió, una sonrisa lenta y sensual que la hizo derretirse por dentro. Y cuando la hizo girar al ritmo de la música y el cuerpo de él se movía con el suyo, la cercanía fue abrumadora. En ese instante, Astrid se convenció de que tenía que huir, lejos, muy lejos de Logan.

Esa misma noche huyó con Bruno. Con muy poco dinero en el bolsillo, pero llenos de sueños. Durante los primeros años de su matrimonio vivieron apretados en un pequeño apartamento alquilado. Sobrevivieron con los trabajos temporales de él y las pinturas que ella vendía. Él le prometió que, cuando tuviera éxito, le daría lo mejor del mundo para compensarla. Y, en efecto, lo hizo, por mucho tiempo, hasta que otra mujer le dio lo que ella no podía. Ahora, el hogar cálido que una vez compartieron no era la sombra de lo que una vez tuvieron. Mientras él trabajaba y pasaba tiempo con la mujer que le iba a dar un hijo, ella se sentaba sola, en una casa lujosa y vacía.

Astrid regresó al presente, miró al reloj de pie que se erguía en la esquina del salón y al ver que era casi medianoche, se dirigió al dormitorio. No esperaría más por Bruno, estaba cansada de esperar.

Él regresó a casa pasada la medianoche, la ropa que traía puesta ni siquiera se parecía a la que había usado durante la fiesta.

—¿Ella está bien? ¿El bebé? —Astrid no podía decir su nombre, sin embargo, se escuchó preguntando por su salud.

—Sí, los dos están bien. —respondió él con calma y se acercó a la cama.

Bruno se sentó a su lado y un suspiro profundo lo abandonó.

—No la quiero, pero me preocupa todo lo que tenga que ver con mi hijo. No puedo abandonarla cuando tenga problemas con el embarazo, tengo que cuidarla para que todo salga bien. —Bruno tomó una pausa y luego siguió hablando—. Todo este inconveniente es temporal. Cuando nazca el niño seremos una familia, él, tú y yo.

Ella se quedó en silencio, mirándolo. Bruno seguía prometiéndole que serían una familia, pero seguía diciendo “mi hijo” sin incluirla a ella como futura madre del bebé.

Él se inclinó hacia ella intentando besarla, pero Astrid giró la cara evitando el beso y cuando intentó abrazarla, ella le dio la espalda rechazando su intento de disculpa. Apagó la luz y fingió dormir. Cuando él se cambió de ropa, entró a la cama y la abrazó por detrás, ella siguió fingiendo, durante toda la noche lo ignoró.

La mañana fue tan incómoda como la noche, Bruno seguía intentando “compensarla”, haciendo que Astrid se preguntara si había ocurrido algo más que llevar al hospital a la secretaria. Y cuando se fue a la oficina, la sospecha persistió.

Sintiéndose inquieta y tratando de sacudirse la sensación de desasosiego que la ahogaba, se dirigió al estudio de arte que Bruno había construido para ella, para hacer lo único que en esos días la calmaba. Pero cuando estaba colocando el lienzo sobre el caballete, el mensaje de un número desconocido atrajo su atención. Con el ceño fruncido, Astrid abrió el mensaje y lo que vio la hizo sentir que el corazón se le detenía por un momento y que la sangre abandonaba su cuerpo.

Una foto donde dos cuerpos desnudos se entrelazaban íntimamente se burlaba de ella. No había dudas de quienes eran. El mensaje que la acompañaba se lo confirmó.

¿Desde cuándo no te toca? ¿Siente tanto deseo por ti como siente por mí? Mira la foto, incluso estando embarazada, no deja de desearme. ¿Tu vientre seco, aún lo atrae?

Lágrimas comenzaron a caer de sus ojos y rodaron por sus mejillas sin que pudiera contenerlas. El dolor la golpeó y una tristeza desgarradora la invadió. Mientras lloraba, el recuerdo de la noche que escaparon juntos llegó a su mente. Él la miraba con los ojos brillantes y con tanto amor, que ella le creyó cuando le prometía, con una sinceridad desbordante, que jamás en su vida volvería a amar a otra mujer.

—¿En qué momento olvídate tu promesa? —preguntó en un susurro, aun sabiendo que no obtendría una respuesta.

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