Capítulo 5
La luz del atardecer se filtraba por una de las ventanas del estudio. Faltaban pocas horas para la exposición que tenía esa noche, pero Astrid no podía dejar de observar el retrato que años atrás había dibujado de su esposo. Era su obra más preciada no solo porque había capturado la apariencia juvenil de Bruno, en cada trazo de ese lienzo estaba la esencia de un amor que creyó sería eterno. La felicidad que habían compartido se reflejaba en cada pincelada. La imagen estaba impregnada de su alma.
Astrid recordó una época en la que Lucas intentaba a sacar a flote la nueva empresa y no les iba bien económicamente. Ella había vendido el cuadro para ayudarlo y cuando él se enteró, se sintió profundamente culpable. Ella había sentido tristeza y que una parte de su corazón se había fragmentado. Se llevó una enorme sorpresa cuando, una noche, Bruno llegó con el cuadro.
—Pertenece a esta casa, a nosotros. Es un pedazo de nuestra vida juntos, nadie más puede tenerlo. —le había dicho él, con tanto amor en sus ojos.
Desde ese día, el cuadro había permanecido en el mismo lugar y ella lo conservó con sumo cuidado.
Con un suspiro, Astrid pasó un dedo por la superficie rugosa y con el alma desgarrada tomó una decisión: Esta vez, sería parte de la exposición. Con lágrimas brotando de sus ojos y sin limpiarlas para que continuaran rodando por sus mejillas, lo tomó de la pared y se dirigió con él hacia la galería.
Horas más tarde, Astrid observaba desde un rincón como la galería estaba repleta. Sus obras colgaban de las paredes y eran admiradas por cada persona que se deshacían en elogios de su trabajo. El retrato de Bruno atrajo la atención de numerosos compradores desde el instante en que, tardíamente, lo habían colgado con el resto.
—¿Estás segura de que quieres venderlo? —preguntó a su lado, Sara, su socia en la galería—. Todos saben que es el símbolo perfecto del amor que tu esposo y tú se tienen.
Cuando llegó con el cuadro y ordenó que lo pusieran en venta, todos en la galería se sorprendieron. No solo conocían la historia que había detrás del retrato, sabían que ella, de forma contundente, afirmó que jamás lo vendería.
—Las cosas cambian, Sara. Hoy me di cuenta de que no es tan importante. Puedo dibujar más, iguales o tan diferentes de este como quiera —dijo Astrid y las palabras se le atragantaron en la garganta.
Además, creía que Bruno ni siquiera se acordaba de su existencia. Tampoco se iba a enterar de si lo vendía esa noche. Como sucedía cada vez más, Bruno no estaba a su lado. La ausencia de su esposo era más que notoria.
Sara sabía que algo iba mal, pero no era el momento de interrogar a su amiga, socia y artista más talentosa delante de tantos clientes. La galería estaba más llena que nunca.
—Hace unos días comencé a colaborar con una organización benéfica —Astrid esperaba que la explicación fuera suficiente. Sara no había sido la primera que cuestionaba la venta—. El dinero recaudado por esa y otras obras lo donaré a esa ONG.
—Hubieras comenzado por ahí, en ese caso necesita más protagonismo. —Sara no perdió tiempo y, llamando la atención de los presentes, anunció la importancia de la venta del retrato.
Lo que más deseaba Astrid en ese momento era apartarse, llorar a solas, sin embargo, cerró los ojos por un momento y cuando los abrió, se acercó a la Sara con una sonrisa brillante. No sabía si quería engañar a sus admiradores o engañarse ella de que en su vida todo era felicidad.
Finalmente, al final de la noche, una tarjeta de “vendido” estaba junto a la mayoría de los cuadros. Alrededor del retrato de Bruno había un grupo de personas. Astrid trató de acercarse para ver quién había sido el comprador, pero constantemente la detenían para decirle lo increíble que eran sus obras.
—El cuadro que compré es tan hermoso, captura tanta tristeza que no pude resistirme —le decía una de sus clientas más fieles.
Astrid quería continuar su camino, pero le daba un poco de pena dejar a la mujer con la palabra en la boca. Por encima de la cabeza de la mujer parlanchina vio a un hombre de cabello oscuro al que felicitaban y cuando él se dio la vuelta, lo único que vio fue unos ojos oscuros, profundos y llenos de algo que no supo describir, pero la hizo sentir un escalofrío que le recorrió la espalda.
—Astrid, querida, ¿escuchaste lo que te dije? —La cliente llamó su atención.
—Por supuesto, señora Martin. El reconocimiento que le da a mis obras me complace inmensamente —respondió Astrid sonriéndole a la mujer.
Cuando volvió a mirar hacia la sección de la galería que le interesaba, el hombre misterioso había desaparecido. Estuvo tentada de buscar a Sara para preguntarle quién, pero decidió no hacerlo. No tenía sentido averiguar quién era el nuevo dueño cuando lo que deseaba era deshacerse del cuadro. Era un recordatorio constante de un pasado que no volvería.
Cuando todos se fueron y no quedaba nada más que hacer en la galería de arte, Astrid conducía su auto de regreso a la casa. Su mente estaba inundada de preguntas sin respuestas: ¿Bruno se daría cuenta de la ausencia de su retrato? ¿Estaba en la casa esperándola o acompañaba a la secretaria en una urgencia que cada vez eran más frecuentes?
Sus pensamientos fueron interrumpidos por el sonido de la llegada de un menaje a su teléfono móvil. Sin pensarlo, miró la pantalla que mostraba notificación de un número desconocido, que estaba segura de que era el mismo de la mañana. Tomó el dispositivo del soporte y, efectivamente, era de la secretaria. Otra vez enviaba una foto y un mensaje escrito. Esta vez, la mujer vestía un traje de novia y a su lado estaba Bruno, sonriendo para la foto, como si estuvieran posando para la foto de su propia boda.
Astrid sintió que su mundo se hundía un poco más y notó un dolor en el corazón. Pensaba que estaba seca, pero las lágrimas seguían cayendo como río por sus mejillas. Consideró dejar el teléfono en el soporte o el asiento del copiloto, pero como masoquista leyó las líneas que estaban en él.
Bruno me ama. Lo que queda de la relación de ustedes está basada en la responsabilidad, no en el amor. ¿Te conformas con tan poco? ¿No quieres lo que yo tengo con él? Acepta el divorcio. Hazte a un lado. Lo único que haces es molestar a nuestro amor.
Estaba tan distraída por cada palabra, que mientras leía el mensaje, se olvidó que estaba llegando a un semáforo. Cuando notó el otro auto, este se acercaba a ella rápidamente. Intentó esquivarlo girando el volante con fuerza; sin embargo, el choque fue inevitable.
Mientras un dolor punzante la recorría y aturdida, escuchaba voces lejanas, temió lo peor. Vio al conductor del otro automóvil bajarse y creyó que la iba a ayudar, pero el hombre, que veía borroso, comenzó a insultarla por no saber conducir y salir a causar problemas.
Con esfuerzo y su corazón latiendo a mil por horas, buscó el teléfono y marcó el número de su esposo para pedir ayuda. La desesperación la embargó cuando él colgó la llamada.
—Contenta… por favor —murmuró, cuando la segunda vez que llamó fue al buzón de voz. Después… el teléfono estaba apagado.
Con un último esfuerzo y las pocas fuerzas que le quedaban, Astrid logró llamar a emergencias. Luchó para mantener los ojos abiertos, pero en cuanto la operadora le confirmó que iban por ella, le dio un abrazo a las sombras y perdió el conocimiento.
Su último pensamiento fue hacia su esposo.
Te necesité y no estuviste para mí.
