Capítulo 6
El ruido constante de la alarma era tan molesto que Astrid sentía que la cabeza le iba a explotar y se le dificultaba concentrarse. Parpadeó varias veces tratando de despejar la fatiga y las náuseas que la asaltaban. El dolor era punzante y se esforzó por abrir los ojos, pero por mucho que lo intentó, fue imposible para ella apagar el despertador. La confusión la envolvió cuando el olor a desinfectante le inundó las fosas nasales, pero cuando pudo abrir los ojos y vio a un hombre que vestía una bata blanca a su lado, recordó el accidente.
—Es normal que el ruido te moleste porque has tenido una conmoción cerebral —le informó el médico mientras ajustaba el volumen del monitor al que estaba conectada.
Aunque moverse era todo un desafío, Astrid recorrió la habitación con la mirada buscando a su esposo; sin embargo, Bruno no estaba allí.
—¿Mi esposo espera fuera de la habitación? ¿Pueden dejarlo entrar? —preguntó con la voz entrecortada—. No quiero estar sola.
El galeno dejó escapar un suspiro antes de acercarse a ella para examinarla.
—No hay nadie en la sala de espera, pero podemos llamar a su esposo para avisarle que está aquí. —respondió él, con el rostro serio, pero con una sonrisa amable dibujada en su boca que suavizaba su mirada.
Ella asintió lentamente. No sabía cuánto tiempo había pasado desde el accidente, pero que Bruno no hubiera respondido a su llamada era un mensaje alto y claro que tenía que aceptar.
—La conmoción es leve, no obstante, es necesario que te quedes en observación. —le informó después de examinarla—. ¿Te sientes en condiciones de proporcionarnos el número de teléfono de tu esposo o prefieres que una enfermera lo busque entre sus cosas?
—¿Puedo ir a casa? Es que no quiero molestar a nadie con mis problemas —Astrid no quería recibir otra desilusión. Si Bruno no respondía a otra llamada, ella no creía resistir.
—Lo siento, pero eso no es posible. Es mejor si permanece en el hospital hasta que el medicamento que la enfermera le dará en un momento haga efecto y no haya dudas de que la conmoción no representará un problema para su salud. Los esposos son un equipo, usted no es un problema para él, pero si no quiere que venga, una enfermera estará en todo momento a su lado.
Astrid volvió a asentir resignada y bajó la cabeza cuando vio lástima en los ojos del doctor. Estaba segura de que ahora la comparecía; si no, ¿por qué le iba a dar esa mirada? Suspiró aliviada cuando minutos después abandonó la habitación.
En el instante en que el altavoz del hospital resonó llamando a la enfermera para que recogiera sus medicamentos, el teléfono de Astrid vibró en la mesita de noche. El corazón se le aceleró cuando vio en la pantalla que su esposo, Bruno, por fin, le devolvía la llamada. Cerró los ojos antes de responder.
—¿Astrid? Llevo una hora esperándote en casa. Sara me dijo que la exposición terminó hace tres horas. ¿Dónde estás? —inquirió Bruno, molesto.
Aun en medio de la confusión que aún la embargó, Astrid se preguntó si lo que había detectado en la voz de él eran celos o la urgencia de que ella lo estuviera engañando. El dolor de cabeza no la dejaba pensar demasiado y no quería agregar más problemas a los que ya tenía. Antes de que Bruno pudiera hacerle otra pregunta, le contó dónde estaba.
—¿Qué ha pasado? ¿Por qué no me llamaste antes? —le preguntó él con un tono cargado de ansiedad.
Astrid no tuvo tiempo de recordarle que lo había hecho y ninguna de las veces le respondió. Además, sentía tanto alivio que estuviera de camino al hospital, que prefirió quedarse con la preocupación que escuchó en su voz.
Un tiempo después, cuando la puerta de la habitación se abrió y Bruno entró a través de ella, pudo ver como el alivio le transformaba el rostro. Se quedó observándola unos segundos y luego se acercó a su lado con pasos apresurados.
—¿Qué sucedió? —preguntó, mientras le acariciaba la cabeza con una mano temblorosa.
Astrid estuvo a punto de echarse toda la culpa encima, pero se detuvo a tiempo. En ese instante dejaría de ser una mártir y comenzaría a ser fuerte. Si había más culpables involucrados, ¿por qué tendría que cargar ella sola con las causas de su accidente?
Con cada palabra que salía de sus labios, una tormenta de emociones pasó por el rostro de Bruno. La mezcla de culpa y miedo fue la que más predominó.
—Me asusté tanto. En lo único que pensé fue en llamarte, pero no respondías y luego… la oscuridad me llevó —la voz de Astrid, que apenas era un susurro, tembló. Lágrimas amenazaron con escapar, pero respiró hondo para contenerlas. Él se veía incómodo; sin embargo, una pregunta tenía que hacerse—. ¿Por qué no respondiste a mis llamadas?
Bruno se alejó de ella y caminó como un lobo enjaulado de un lado para el otro frente a la cama. La culpa que no lo había abandonado se hizo más evidente, no se atrevía a mirarla a la cara, todo el tiempo tuvo la mirada hacia el suelo.
—¿Por qué, Bruno? ¿Por qué me ignoraste de esa forma? —inquirió ella, consciente de que la respuesta podía ser dolorosa.
Él la miró durante unos segundos y volvió a desviar la mirada. Abrió y cerró la boca varias veces, como si no tuviera valor de responder.
—Lo siento, Astrid. Yo… No quise… Lo siento mucho, más de lo que puedas imaginar —comenzó él y un escalofrío le recorrió la espalda a Astrid—. Emily…
—¿Estabas con ella y por eso no quisiste responder?
—¡No!
—¿No estabas con ella o no fue ese el motivo para no contestar? ¿Dónde fuiste después del trabajo?
Bruno se pasó una mano por el cabello con frustración y lo desordenó. Se quedó en silencio, sin responder ninguna de las preguntas.
—No entiendes —dijo, finalmente, dos minutos después.
—Entonces, explícame. Si no lo haces, ¿cómo quieres que entienda?
Él se mordió los labios como si le costara responder, luego, con un suspiro profundo, se armó de valor.
—Emily no está segura de dejarnos el niño, pero también está angustiada por la perspectiva de criar sola al bebé.
El silencio llenó la habitación. Era tan denso que se podía cortar con un cuchillo. Fue tan ensordecedor que Astrid sintió como el mundo se detenía.
—¿Qué? ¡Me prometiste que ese niño sería mío! —exclamó con fuerza, a pesar de que su mente aún se sentía nublada.
—¿Qué quieres que haga? —respondió él, con el mismo tono de voz.
—No sé, Bruno. Tal vez y solo tal vez, ¿no te ha pasado por la cabeza, poner en primer lugar a tu esposa?
