Capítulo 7
—¿Qué se supone que debo hacer? —Un suspiro profundo abandonó a Bruno cuando terminó de hacer la pregunta. Pregunta que no respondía la que le había hecho su esposa—. Es mi hijo. No puedo ignorar a su madre. Si está en problemas, tengo que ayudarla.
Al ver que la angustia que la ahogaba se reflejaba en el rostro de su esposo, la poca esperanza que Astrid albergaba le fue arrancada en ese momento. Había trabajado duro para ser feliz, pero la vida le estaba mostrando que no podía confiarse. Menos cuando el camino para lograrlo estaba plagado de tormentas, y no solo eso, tendría que recorrerlo sola.
—Lo único que deseo es que mi vida vuelva a ser como antes —La voz de Astrid se quebró y tuvo que hacer una pausa para calmarse—. Estoy arrepentida de haber aceptado una situación tan absurda en mi matrimonio. Fue una locura pensar que iba a terminar bien.
Una risa amarga brotó de los labios de Astrid y segundos después se convirtió en un sollozo desgarrador. Su mundo se estaba desmoronando sin que pudiera hacer nada. Cuando la mezcla de risa y llanto sacudió su cuerpo, las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas.
Bruno corrió a su lado y le tomó el rostro entre las manos.
—Nuestra vida será como antes o tal vez mejor porque tendremos un hijo al que darle amor —le prometió él.
—No hagas promesas que no puedas cumplir, Bruno. —Ella trató de alejarse, pero él no se lo permitió.
—Te prometo que seremos una familia. —Bruno siguió haciéndole promesas—. Estaremos a tu lado en cada exposición y él estará orgulloso de tenerte como madre.
Astrid quería creerle. Sin embargo, lo único que sentía era tristeza. Cada vez que se imaginaba a su esposo consolando a la otra mujer, los celos la atormentaban. Pensamientos que prefería ignorar la dominaban siempre que Bruno corría al lado de su secretaria. Solo de pensar que estaban juntos, una punzada de traición le rasgaba el alma.
—Esa mujer está dudando en entregárnoslo. —le recordó ella—. Además, creo que ya no quiero a ese niño.
Sin embargo, Bruno no paró de hacer promesas. Estaba completamente seguro de que en cuanto el bebé naciera sería de ellos dos. Le aseguró que Emily, su secretaria, solo tenía dudas porque se sentía vulnerable. Por ese motivo tenía que estar a su lado cada vez que lo llamara. Ayudarla en esos momentos difíciles era una prioridad.
—Y aunque yo haga todo eso, no pienses nunca que ella es más importante que tú. —En los ojos de Bruno se podía ver arrepentimiento.
Astrid entendía un poco el momento crítico, pero la situación la afectaba demasiado y nada podía borrar el dolor que le provocaba. Tampoco podía olvidar las fotografías que constantemente le enviaba.
—Esa mujer te quiere para ella. Nunca va a dejar que me acerque a su hijo.
—Ella no…
Astrid no lo dejó continuar, enojada, le pidió que guardara silencio y le mostró una a una todas las fotos que se encargaba de enviarle.
—¿Puedes decirme que hace vestida de novia y tú estás a su lado sonriendo? —inquirió ella con un nudo en la garganta—. Te ves tan feliz.
Bruno se pasó una mano por la cabeza y desordenó más el cabello que ya estaba desordenado. Era clara la frustración que sentía. En la mirada incómoda que le daba se podía ver que sopesaba las palabras que diría a continuación.
—Ella me pidió que nos tomáramos esa foto y otras porque serán las únicas que tendrá. Está segura de que no será capaz de amar a otro hombre como me amó a mí y no ve una boda en su futuro.
—Y tú aceptaste, aunque estás casado con otra mujer.
—Acepté. Lo hice para calmarla, Astie. Ella lloraba desconsolada y estaba casi histérica. Tenía que asegurar el bienestar del bebé.
Las palabras de Bruno en vez de calmarla, solo le mostraron el futuro. Emily Flynn estaba obsesionada con él y había logrado llamar su atención. Ahora lo atraía con el embarazo, luego sería con el niño y su esposo no hacía nada y por lo visto nunca haría nada para poner un alto a su obsesión.
—Y si ella te pide tener relaciones sexuales donde estés consciente sin una gota de droga en tu sistema, ¿la vas a complacer solo para calmarla?
Con temor, Bruno se inclinó hacia ella y tomó sus manos entre las suyas para que no pudiera huir de su mirada.
—Nunca he amado a Emily, ¿cómo podría si te amo a ti? Por favor, nunca dudes de mis sentimientos. Mi amor por ti nunca ha cambiado y nunca lo hará. Esa noche… esa noche fue el mayor error de mi vida.
Los latidos del corazón de Astrid se aceleraron. Tenía tantas ganas de recuperar a su esposo que solo escuchó sinceridad en el tono de su voz. Se mordió el labio sopesando cómo actuar y qué responder a sus palabras. Pero en el momento en que abrió la boca para hablar, un gemido de llanto proveniente de la puerta la interrumpió.
Debajo del marco de acero inoxidable con recubrimiento de vinilo estaba Emily. Los ojos de la secretaria estaban llenos de lágrimas y su rostro estaba desencajado como si el dolor estuviera atormentándola.
Astrid no podía creer que la obsesión de la mujer la hubiera llevado a seguir a Bruno hasta el hospital. Además, observaba a su esposo como si fuera ella la esposa engañada. Estaba claro que había escuchado la confesión de Bruno y estaba completamente destrozada.
La tensión en la habitación era palpable y el silencio era denso e insoportable.
Sin decir una palabra, Emily dio un paso atrás, se puso las manos en el rostro antes de dar la vuelta y salió corriendo como si no pudiera soportar estar un segundo más allí.
Durante unos segundos Bruno y Astrid se quedaron viendo el espacio vacío. Luego se miraron a los ojos y desviaron la mirada. La rabia llenó a Astrid; la mirada de él se desviaba constantemente hacia la puerta y en su rostro se podía ver lo preocupado que estaba.
—Quieres correr hacia donde está ella, ¿verdad? —preguntó ella sin fuerzas para seguir luchando.
—Me preocupa el bebé —respondió él—. No se veía bien.
—¿Yo me veo bien? ¿No importa que esté en una cama de hospital? —inquirió ella en el mismo tono de voz.
—Por favor, Astrid, no me hagas esto. Yo te amo, pero no me perdonaría si por mi culpa ella pierde a mi hijo. ¿Y si lo daña?
Astrid cerró los ojos sintiendo una mezcla de tristeza y desilusión. Sin darle una mirada a su esposo, agitó una mano indicándole que se fuera.
—Volveré pronto —le dijo él antes de marcharse.
