Capítulo 1 Capítulo 1
Prólogo
El eco de un disparo en un despacho cerrado por dentro siempre suena más fuerte que el trueno que azota las calles de Corleone.
En Sicilia, los hombres de honor no piden perdón; firman sus confesiones con plomo y dejan que sus herederos carguen con el peso de los ataúdes. La dinastía de los Arenales se construyó sobre campos de labranza, sudor y el respeto reverencial de quienes agachaban la cabeza al ver pasar el apellido. Pero el respeto es una moneda volátil, y la ambición, un veneno que nubla la razón cuando el poder total está en juego.
Cuando la pólvora se disipa en la carretera de la costa de Palermo, no solo mueren Elías y Soledad Wichelson. Muere también la paz ficticia que mantenía los secretos enterrados bajo el lodo de las haciendas. Hay deudas que una nota de suicidio no puede enmendar. Hay agravios que no se saldan con la muerte del deudor, sino con la erradicación absoluta de toda su estirpe.
Ahora, las calles de Corleone caminan sobre cenizas calientes. Mientras un monstruo agazapado trafica con la agonía ajena y manipula la lealtad de los inocentes para salvar su pellejo, otro recorre sus dominios con ojos de escarcha, escaneando cada rincón en busca de la presa que le arrebató a su familia.
En medio de esta cacería de sangre, una joven con el vestido de algodón manchado de tierra y las manos trabajadas por el campo se niega a bajar la cabeza. Porque en una tierra donde los salvadores son verdugos disfrazados de víctimas, bajar la vista no evita que la tormenta te alcance. Solo te impide ver de dónde viene el golpe.
La guerra ya ha entrado por la puerta principal. Y cuando el cielo ruge sobre Sicilia, nadie sale ileso.
Capítulo 1
Nicolás
El olor a pólvora quemada en la carretera de la costa jamás se extingue del todo; se queda pegado a la garganta como una lija fina.
Llovía a cánticos sobre la bahía de Palermo cuando mis hombres acordonaron el perímetro.
Las luces rojas de las patrullas parpadeaban sobre la carrocería perforada del sedán blindado, reflejándose en los charcos de agua y sangre que flanqueaban el asfalto. Me detuve a dos pasos de la puerta del conductor.
Arthur White, mi mano derecha, me sostuvo el paraguas en silencio, comprendiendo que cualquier palabra en ese instante era una sentencia de muerte. Elías Wichelson, mi padre, yacía sobre el volante con tres disparos en el tórax. En el asiento del copiloto, Soledad, mi madre, mantenía la cabeza inclinada hacia un lado, con sus facciones de cincuenta y cinco años petrificadas en una mueca de incredulidad absoluta. —Fue un trabajo limpio, señor Nicolás —susurró Arthur, ajustándose el abrigo húmedo—. Conocían la ruta confidencial, los horarios de la escolta y el punto ciego de los inhibidores de frecuencia. No fue un ataque aleatorio del bloque del norte. Hubo una filtración interna. Apreté la mandíbula hasta sentir un chasquido seco en los oídos. A mis treinta años, el peso del clan Wichelson había caído sobre mis hombros no por una transición pacífica, sino por una carnicería cobarde.
Mi pequeño Heiner, de apenas cuatro años, esperaba en la residencia principal sin entender por qué sus abuelos no llegarían a cenar. —Leandro Arenales —dictaminé con una voz helada que cortó el murmullo del viento—. Solo tres personas tenían las coordenadas de este convoy. Dos están muertas en este coche. Encuentren al viejo Leandro y tráiganmelo vivo.
Quiero que vea cómo desmantelo su dinastía antes de cobrarme la sangre de mis padres. —El patriarca Arenales no responderá a ninguna citación, señor —respondió Arthur, bajando la vista con pesadez—. Recibimos el reporte del centro de Corleone hace diez minutos. Leandro Arenales se disparó en la cabeza dentro de su despacho al verse acorralado por su propia conciencia. Dejó una nota confesándolo todo.
Miré los cadáveres de mis padres una última vez antes de dar media vuelta hacia mi camioneta. Leandro había preferido la vía rápida del cobarde, pero la deuda de los Arenales no se saldaba con una tumba en el cementerio municipal.
El imperio Wichelson no aceptaba disculpas de papel. La línea de sangre de la traición continuaba viva en sus herederos, y yo estaba dispuesto a quemar Sicilia entera hasta erradicar el último vestigio de esa familia.
Maya El barro de los caminos de la hacienda siempre anunciaba las tragedias con un chasquido pesado contra la madera de las ruedas. Tenía veintidós años y el peso de una casa en ruinas sobre la espalda. Mientras la lluvia castigaba los ventanales de la cocina, mi madre Agustina tosía con violencia en la estancia contigua, encogida en su cama por el avance implacable del cáncer. El choque violento contra el portón exterior me hizo soltar el trapo de limpiar. Corrí hacia la entrada al mismo tiempo que mi padre, Víctor, habría la puerta de madera rústica. La luz de los relámpagos iluminó el patatal del patio, donde dos figuras avanzaban a tropezones. —¡Agustina, trae sábanas y agua hirviendo! —gritó mi padre con una ronquera que jamás le había escuchado en sus setenta años de vida. Víctor traía a rastras a un hombre joven. Ropa fina de diseñador, ahora desgarrada y cubierta de lodo espeso; el cabello oscuro pegado a la frente y las manos temblando con un espasmo rígido.
Era Pablo Arenales.
El heredero mimado del imperio de la región venía desarmado, respirando con una agitación artificial mientras mi padre lo depositaba en el sillón del comedor. —¿Qué ocurrió en la villa principal, Víctor? —pregunté, acercándome con cautela mientras observaba los movimientos del recién llegado. —El señor Leandro se ha quitado la vida, Maya —respondió mi padre, pasándose una mano arrugada por el rostro demacrado—. El patriarca ha muerto. Todo es un caos en la ciudad. Giré la vista hacia Pablo. Mi padre lo miraba con la devoción del capataz leal que ve en el hijo de su difunto patrón a una figura castigada por la desgracia, un muchacho roto que necesitaba amparo. Pero yo no vi a un hombre devastado por el luto.
Me acerqué dos pasos más, entregándole un paño seco. Pablo levantó la cabeza y sus ojos oscuros se clavaron en los míos. No había lágrimas en sus pestañas, ni el vacilante dolor de un hijo que acaba de perder a su padre.
Su mirada era un pozo helado de cálculo y desconfianza. Recorrió la humilde estancia de nuestra casa con un ligero rictus de repulsión en los labios, midiendo la distancia de las salidas, evaluando si este lugar le servía como una ratonera segura o un escondite temporal. —Se suicidó por la culpa —balbuceó Pablo, adoptando de inmediato una voz rota al notar que mi padre lo observaba—. Traicionó a los Wichelson. Entregó las rutas de Elías y Soledad al bloque del norte... Una locura. Una maldita locura que nos ha dejado en la quiebra. —Tranquilo, señorito Pablo —intervino Víctor, colocándole una mano pesada sobre el hombro—. En esta hacienda los Arenales siempre tendrán un refugio.
Yo cuidaré de usted como su padre cuidó de nosotros cuando la enfermedad de Agustina comenzó. Pablo inclinó la cabeza en un gesto que mi padre interpretó como sumisión y agradecimiento. Sin embargo, desde mi posición, noté el imperceptible ajuste de sus hombros y la rigidez de sus puños.
No había gratitud en sus facciones, solo una frialdad especulativa. Su mente estaba trabajando a gran velocidad, metabolizando la tragedia no como una pérdida humana, sino como un problema logístico que debía resolver a costa de quien fuera. —No tengo a dónde ir, Víctor —continuó Pablo con un tono ensayado que hizo que se me erizara el vello de los brazos—. La ley y los sicarios de Nicolás Wichelson están rastreando todas mis cuentas. Soy un prófugo en mis propios dominios. —Se quedará aquí —sentenció mi padre sin consultar, guiado por ese código arcaico de lealtad ciega—. Nadie buscará al heredero de Corleone en la casa del viejo capataz. Pablo me miró de nuevo.
Esta vez, una sonrisa diminuta y carente de calor rozó la comisura de sus labios. Para mi padre, Pablo era una víctima de la tormenta; para mí, un depredador acorralado que acababa de encontrar un escudo humano para salvar la piel. —Gracias, Maya —susurró con una falsa suavidad que me congeló la sangre—. Sé que nos vamos a llevar muy bien durante esta estancia. Sostuve su mirada sin dar un paso atrás, apretando la tela del paño contra mi palma. Las calles de Sicilia podían estar regadas con la sangre de los Wichelson y la culpa de los Arenales, pero en esta casa, bajo el olor a tierra mojada y medicinas vencidas, la guerra acababa de entrar por la puerta principal.
Y yo no pensaba cerrar los ojos.
