Capítulo 2 Capítulo 2
Maya
Tres días transcurrieron desde que Pablo pisó nuestra casa, y el ambiente en la hacienda se había vuelto denso, masticable. Se movía por los pasillos con una mansedumbre calculada que a mi padre le sacaba lágrimas de orgullo, pero cada vez que lo atrapaba mirando por la ventana del comedor, sus ojos no buscaban recuerdos: calculaban rutas de escape.
La tos de mi madre había empeorado esa madrugada.
El frasco de sus analgésicos estaba casi vacío, por lo que tomé la cesta de mimbre y el escaso dinero que nos quedaba en el cajón de la cocina para ir al mercado central de Corleone. Necesitaba conseguir más morfina con el boticario y verduras frescas antes de que la lluvia volviera a anegar los caminos de piedra.
El mercado del pueblo era un hormiguero de susurros. El suicidio de Leandro Arenales y el asesinato de los esposos Wichelson eran el único tema de conversación entre los puestos de naranjas y las carnicerías. La gente hablaba en voz baja, mirando por encima del hombro, temerosa de que la sombra de la mafia cayera sobre sus puestos. —Dicen que el joven Nicolás juró no dejar piedra sobre piedra —murmuraba la anciana del puesto de pan mientras me entregaba una hogaza—. Dios nos ampare si esa guerra llega a las calles. Apreté el asa de la cesta y me dirigí hacia la farmacia.
No había dado diez pasos cuando el sonido de los motores rompió la rutina del mercado. Dos camionetas oscuras, blindadas y cubiertas con el barro del camino de la costa, se detuvieron en la entrada de la plaza. Los transeúntes se apartaron instintivamente, creando un pasillo de silencio sepulcral. De la segunda camioneta descendió un hombre. No necesité que nadie pronunciara su nombre para saber de quién se trataba.
Nicolás Wichelson dominaba el espacio sin necesidad de alzar la voz ni hacer gestos bruscos. Llevaba un abrigo negro de corte impecable que contrastaba con la humedad y la suciedad del pueblo. Su porte era el de un depredador que recorría sus dominios en busca de la presa que le había arrebatado a su manada.
A sus treinta años, su rostro parecía tallado en piedra volcánica: pómulos marcados, una mandíbula rígida y unos ojos grises, fríos como la escarcha de invierno, que escaneaban cada rincón de la plaza con una precisión quirúrgica. A su lado, un hombre alto y de aspecto severo —su mano derecha, según los rumores— le mostraba un plano desplegado sobre el capó del vehículo, señalando los límites de los terrenos que colindaban con las propiedades de los Arenales.
El pánico se apoderó de la gente.
Las vendedoras bajaron la vista, los hombres se quitaron los sombreros en un gesto de sumisión apresurada y las madres arrastraron a sus hijos hacia el interior de los locales. Todos se doblaban ante la presencia del nuevo patriarca de Sicilia.
Todos menos yo.
Me quedé estática en mitad del pasillo de piedra, sosteniendo mi cesta contra el pecho. Pablo estaba escondido en mi habitación, durmiendo en las sábanas de mi familia mientras este hombre buscaba al responsable de la muerte de sus padres. Si Nicolás descubría que Víctor albergaba al heredero de la traición, mi casa se convertiría en cenizas antes del atardecer.
Nicolás levantó la vista del plano. Sus ojos grises recorrieron la plaza desierta hasta que se toparon con los míos. El aire pareció congelarse en mis pulmones. Un escalofrío me recorrió la espina dorsal, pero me obligué a no bajar la cabeza.
Estaba acostumbrada a la intimidación; la había visto en los capataces de la hacienda y en la frialdad latente de Pablo. Pero lo que emanaba de Nicolás no era crueldad gratuita, era autoridad absoluta y una pena contenida que amenazaba con devorarlo todo.
Sostuve su mirada.
No había desafío infantil en mi gesto, sino la cautela de quien sabe que está caminando sobre hielo delgado y no piensa mostrar flaqueza. Le mostré la misma perspicacia silenciosa con la que observaba a Pablo en la mesa: la de alguien que evalúa el peligro y busca la manera de sobrevivir a él.
Nicolás detuvo la conversación con su acompañante. Se erguí en toda su estatura y dio tres pasos parsimoniosos hacia mi posición. El sonido de sus botas contra el pavimento húmedo retumbó en el silencio del mercado. —Señor Nicolás... —susurró su subordinado, intentando detenerlo, pero él levantó una mano para callarlo sin apartar los ojos de mi rostro. Se detuvo a menos de dos metros de mí. Su sombra me cubrió por completo. Podía oler el aroma a pino viejo, lluvia y cuero que lo rodeaba. De cerca, el cansancio y la rabia en sus facciones eran aún más evidentes.
La pérdida de sus padres pesaba sobre él como una armadura de hierro. —Nadie en este pueblo sostiene la mirada cuando me acerco —dijo Nicolás. Su voz era un barítono profundo, rasposo, como el crujido de la madera bajo la presión del viento—. Las mujeres de Corleone rezan o bajan los ojos. Tú me estás midiendo. —Bajar la cabeza no evita que la tormenta te alcance, señor Wichelson —respondí, manteniendo la voz firme a pesar de que el corazón me martilleaba las costillas—. Solo te impide ver de dónde viene el golpe.
Una chispa de intriga matizó la frialdad de sus ojos grises. Entornó la mirada, evaluando la sencillez de mi vestido de algodón, las manos trabajadas por el campo y la firmeza postura que desafiaba su reputación. —Tienes una postura demasiado erguida para ser una simple campesina —observó, dando un paso más, lo suficientemente cerca como para que pudiera notar la tensión en su postura—. ¿A quién le perteneces? La pregunta cortó el aire como una navaja. Sabía lo que buscaba: lealtades.
Si mencionaba a los Arenales, si descubría que mi padre era el capataz de Leandro, las sospechas caerían sobre nosotros de inmediato. —No le pertenezco a nadie —sostuve con una calma ensayada, clavando mis ojos en los suyos—. Pertenezco a la tierra que trabajo y a la madre que se me está muriendo en casa. Si me disculpa, el boticario me espera. Hice una inclinación de cabeza, no por sumisión, sino por pura cortesía táctica, y di un paso al lado para rodearlo.
Esperaba que sus hombres me interceptaran, que me obligaran a responder más preguntas, pero una orden silenciosa de Nicolás los mantuvo inmóviles. Al pasar a su lado, sentí la fijeza de su mirada siguiendo cada uno de mis movimientos. No me amedrenté.
Mantuve el paso firme hasta cruzar el umbral de la farmacia, consciente de que el peligro no solo estaba dentro de mi casa con el falso arrepentimiento de Pablo, sino también afuera, encarnado en el hombre que acababa de jurar destrucción sobre todo lo que rozara el apellido Arenales. Nicolás —¿Quiere que la investiguemos, señor? —preguntó Arthur, acercándose a mi espalda mientras la joven desaparecía en el interior de la botica.
Me quedé contemplando la puerta de madera por la que había entrado. Había algo en la rigidez de sus hombros y en la agudeza de su mirada que no encajaba con la docilidad habitual de la gente del pueblo. Sus ojos no reflejaban el miedo paralizante de los demás; reflejaban inteligencia, cautela y una necesidad desesperada de protección que intentaba ocultar tras una máscara de orgullo. —Averigua su nombre —ordené sin volverme, ajustándome los guantes de cuero—. Y qué relación tiene su familia con las fincas del límite norte. —¿Sospecha de ella? —Sospecho de todo el mundo, Arthur —respondí, abordando de nuevo el vehículo blindado—. Pero esa chica sabe algo. O está guardando un secreto que no le pertenece. Arranqué el motor mirando una última vez hacia la farmacia.
En mitad de la cacería de sangre que acababa de empezar, aquella joven de mirada perspicaz era el único elemento que no encajaba en mi mapa de la traición. Y yo no pensaba dejar ningún cabo suelto en Sicilia.
