Capítulo 3 Capítulo 3
Maya
El frasco que traje del mercado duró apenas dos días. Para el viernes, la agonía de mi madre Agustina había atravesado cualquier límite humano. Sus gemidos no eran gritos; eran un silbido roto, constante y desgarrador que hacía vibrar las paredes de madera de la habitación.
Mi padre, Víctor, permanecía sentado al borde del colchón, envejecido diez años en una sola semana. Sostenía la mano de mi madre con una desesperación rígida, apretando los dientes para que no se le escapara el llanto delante de Pablo, quien aguardaba en el umbral de la puerta con la cabeza gacha y los brazos cruzados, representando a la perfección su papel de huésped compasivo. —No lo entiendo, doctor... —murmuró mi padre cuando el médico del pueblo recogió su maletín con un suspiro de impotencia—. Le damos la dosis exacta. Gasté el último centavo en la botica, pero pareciera que le estamos dando agua bendita. El dolor no le da tregua. —El cáncer está en fase terminal, Víctor —respondió el médico, evitando mirarlo a los ojos—. A veces el organismo crea resistencia a la morfina y a los analgésicos pesados. No hay nada más que hacer, salvo acompañarla.
Pablo dio un paso al frente, colocando una mano tosca sobre el hombro de mi padre. —Usted descanse un rato, Víctor —dijo con una voz suave, llena de una falsa calidez que me erizó la piel—. Maya y yo nos encargaremos de darle la siguiente toma a medianoche. Le debo la vida a esta familia; dejen que al menos alivie su carga. Mi padre lo miró con los ojos empañados, quebrándose ante la supuesta nobleza del heredero. —Eres un buen hombre, Pablo.
El señor Leandro estaría orgulloso de ver tu corazón. Sentí una náusea profunda amagando en mi garganta. Observé a Pablo detenidamente. Sus ojos oscuros no mostraban piedad; había un brillo volátil en su mirada, un nerviosismo reprimido que no encajaba con el dolor de un duelo.
A las tres de la mañana, la casa cayó en un silencio aplastante, interrumpido solo por la respiración artificial de mi madre. Me levanté de la cama sin calzarme, moviéndome como una sombra sobre las tablas del suelo que conocía de memoria.
El pasillo estaba oscuro, pero una fina hilera de luz amarilla se filtraba por debajo de la puerta de la cocina. Me pegué a la pared, contenida en el aire, y me asomé por la rendija del marco. Pablo estaba de pie junto al mesón de granito.
Sobre la superficie limpia había desplegado un pañuelo de tela y un envoltorio de plástico transparente. Con una navaja pequeña y la precisión de un cirujano, abría cuidadosamente las cápsulas rojas de la medicina de mi madre —las únicas que lograban adormecer sus células moribundas— y vaciaba el polvo carmesí dentro del plástico. Luego, sacaba de su bolsillo un frasco comercial de comprimidos blancos para el malestar estomacal, los trituraba hasta convertirlos en polvo y rellenaba las cápsulas originales antes de volver a sellarlas. Mis dedos se clavaron en el marco de madera con tanta fuerza que las uñas me dolieron.
No era resistencia médica.
No era la enfermedad.
Pablo estaba robando el tratamiento oncológico de mi madre en sus últimos días de vida. Estaba traficando con la agonía de Agustina para financiar su huida o pagar sus deudas, dejando que se pudriera de dolor en la cama mientras mi padre lo bendecía por su falsa lealtad.
El impulso primario me empujó a abrir la puerta de un golpe, a gritarle que era un monstruo y despertar a mi padre. Pero la imagen de Nicolás Wichelson en la plaza del mercado cruzó por mi mente como un látigo. “Bajar la cabeza no evita que la tormenta te alcance... Solo te impide ver de dónde viene el golpe.” Si confrontaba a Pablo ahora, sin pruebas físicas y en mitad de la noche, manipularía a mi padre.
Víctor estaba destruido, ciego por la devoción a la dinastía Arenales. Pablo no dudaría en usar la violencia o inventar una historia para ponernos en mi contra. Estábamos aislados, el dinero se había terminado y él tenía contactos en la ciudad.
Tragué el hiel que me quemaba la garganta y obligué a mis manos a dejar de temblar. Apoyé la espalda contra la pared del pasillo y cerré los ojos. El dolor por mi madre se convirtió en un fuego frío y calculado. Pablo creía que yo era una campesina ingenua a la que podía moldear con suspiros y caricias ensayadas. Le daría exactamente lo que quería ver. Esperé a que terminara su matanza silenciosa y guardara los envoltorios.
Cuando escuché el chasquido de la puerta de la cocina al cerrarse, regresé a tientas a mi habitación. A la mañana siguiente, me levanté antes del amanecer. Preparé el café y me acerqué a la mesa donde Pablo leía unos documentos ajados con el ceño fruncido. —Buenos días, Pablo —susurré, bajando la vista con una timidez estudiada mientras le servía la taza—. La medicina de anoche pareció calmar un poco a mi madre.
Gracias por estar con nosotros. No sé qué haríamos sin tu apoyo en este momento tan duro. Pablo levantó la mirada, sorprendido por la docilidad de mis palabras. Delineó mi rostro con una sonrisa complaciente, esa misma mueca vacía con la que creía tenerme dominada. —Te lo dije, Maya —dijo, tomándome la mano sobre el mantel y acariciando mis nudillos con una suavidad que me hizo querer arrancarme la piel—. Yo soy tu protección ahora. Cuando todo esto pase y limpie el nombre de mi familia, nos iremos de este pueblo.
Te llevaré a Corleone y dejarás atrás esta miseria. —Confío en ti —mentí, clavando mis ojos en los suyos sin dejar transparentar el asco que me carcomía—. Haré lo que sea necesario para ayudarte. Solo dime qué necesitas que haga. Pablo sonrió ampliamente, convencido de que la ratonera estaba cerrada y la trampa había funcionado. —Solo mantén a tu padre tranquilo y no te separes de mi lado —respondió, dándole un sorbo al café.
Mientras me daba la vuelta para ir a la habitación de mi madre, guardé el secreto bajo bajo una coraza de hielo.
No tenía el poder de Nicolás Wichelson ni sus armas, pero tenía acceso a los rincones de esta casa.
Buscaría cada papel, cada frasco modificado y cada registro de las deudas de Pablo.
Esperaría el momento exacto para golpear, proteger a mi padre de la ruina final y hacer que Pablo Arenales pagara por cada segundo de sufrimiento que le estaba robando a mi madre.
