Capítulo 4 Capítulo 4
Pablo.
Las ratas no sobreviven porque sean valientes, sino porque saben con absoluta precisión cuándo es el momento de arrastrarse por el alcantarillado.
Mi padre creía en el honor, en las viejas rendiciones de cuentas selladas con un apretón de manos y en la absurda lealtad de los subordinados que nos sirvieron durante décadas en Corleone.
El viejo Leandro murió con un agujero perfecto en la sien derecha por culpa de esa maldita debilidad romántica.
Yo no cometeré el mismo error.
El imperio de los Arenales se estaba desmoronando como un castillo de naipes húmedos y yo no pensaba enterrarme con los cadáveres de mi estirpe.
Nicolás Wichelson estaba pisándome los talones; sus camionetas blindadas cruzando el mercado central eran un mensaje directo y sangriento.
Mis fondos en el extranjero seguían congelados por orden de los jueces de Palermo y los hombres del Bloque del Norte ya no respondían mis llamadas de cortesía.
Exigían respuestas, exigían su dinero, y las amenazas que dejaban en mi buzón encriptado eran cada vez más explícitas.
Necesitaba un escudo legal inmediato, una propiedad limpia y registrada que estuviera fuera del radar de las expropiaciones bancarias y donde los sicarios de los Wichelson no pudieran entrar a disparar sin provocar un escándalo civil que atrajera a las autoridades federales.
La hacienda de Víctor era la solución perfecta a todos mis problemas logísticos. Los Arenales poseían el setenta por ciento de estos terrenos en los títulos de propiedad originales, un beneficio feudal que mi abuelo había establecido.
Sin embargo, el treinta por ciento restante pertenecía legalmente al viejo capataz por sus años de servicio ininterrumpido.
Si lograba unificar mi apellido con el de la hija de Víctor en un acta matrimonial exprés, redactada bajo las leyes de fideicomiso agrícola familiar de Sicilia, toda la extensión de la finca quedaría blindada de manera inmediata.
Ningún juez corrupto de la capital ni ningún escuadrón de Nicolás podría tocar un solo metro cuadrado de esta tierra sin arrastrar en el proceso al viejo Víctor, quien resultaba ser el hombre más respetado y querido por todos los sindicatos de campesinos de la provincia de Corleone. Usar su reputación como mi chaleco antibalas era una jugada maestra.
Observé a Maya desde el umbral de la cocina, oculto tras la densa penumbra del pasillo.
Servía el caldo rancio para su madre moribunda con una parsimonia y una sumisión que me resultaba casi cómica, rozando la patraña.
Aquella campesina tonta, vestida con un desgastado trapo de algodón y con las manos ásperas por el trabajo rústico de la tierra, creía verdaderamente que yo era su caballero andante.
Se tragaba el cuento del heredero caído que, en un arranque de nobleza absoluta, la sacaría de la miseria para darle el lugar que merecía en la alta sociedad. Qué criatura tan jodidamente ingenua.
Su ignorancia era el combustible que yo necesitaba para ganar esta partida de ajedrez sangrienta.
Ajusté los puños de mi camisa, borrando cualquier rastro de desprecio de mis facciones y reemplazándolo con esa máscara de falsa calidez y vulnerabilidad que tan bien había ensayado frente al espejo del despacho de mi padre.
—Maya —la llamé, suavizando el tono de mi voz hasta que sonó como un susurro protector y melancólico—. Trae a tu padre al comedor ahora mismo. El doctor ginebrino, el notario de la familia, acaba de cruzar el portón trasero. Es el momento de asegurar nuestro futuro y el de esta casa antes de que la tormenta destruya lo poco que nos queda.
Maya.
El peso del papel sellado sobre la mesa de madera rústica del comedor se sentía tan denso y frío como una lápida de mármol negro.
Frente a mí se sentaba el doctor Signorelli, un hombre gordo, de cuello corto y ojos huidizos que no paraban de parpadear con nerviosismo.
Era el abogado personal que Pablo llamaba su notario de máxima confianza, pero el temblor en las manos del burócrata delataba que lo que estaba haciendo allí no era un procedimiento legal ordinario, sino una transacción clandestina bajo la sombra de la coacción.
Extendió dos copias idénticas de un contrato de matrimonio exprés, un documento plagado de tecnicismos legales en latín, cláusulas de separación estricta de bienes preexistentes y términos de herencia forzosa e inmediata en caso de deceso de alguno de los cónyuges.
Mi padre, Víctor, permanecía de pie justo a mi lado izquierdo.
Tenía la espalda encorvada por sus setenta años de trabajo duro, y sus ojos, cansados y nublados por las cataratas, estaban completamente empañados por las lágrimas.
Para él, para su mentalidad arcaica formada bajo el código del honor siciliano, el hecho de que el hijo de su difunto y venerado patrón decidiera unirse en matrimonio con su hija en mitad de la ruina absoluta de ambas familias no era una estrategia de supervivencia; era un acto de nobleza suprema, un sacrificio de caballerosidad que lavaba cualquier ofensa pasada.
Mi padre estaba ciego por la devoción.
No veía la red que se cerraba sobre su cuello.
No era capaz de comprender que Pablo solo nos estaba utilizando como un maldito escudo humano para protegerse de la escarcha asesina que habitaba en los ojos de Nicolás Wichelson.
—Firma aquí, querida —susurró Pablo, inclinándose sobre mi hombro con una delicadeza ensayada que me revolvió las entrañas. Deslizó la pesada pluma estilográfica de oro sobre el papel, señalando la línea de puntos con la uña de su dedo índice. Su mano rozó la mía por un breve segundo y una oleada de asco visceral, un frío paralizante, me recorrió toda la espina dorsal.
Me obligué a mantener los ojos fijos en el suelo, controlando la respiración para que pareciera el suspiro trémulo de una chica de campo asustada por la solemnidad del momento. Nadie en esa habitación debía sospechar que detrás de mi aparente docilidad se escondía el fuego helado de una ejecución calculada.
—Confío en ti, Pablo —mentí con una suavidad que me dolió en la garganta. Mi voz sonó perfecta: sumisa, devota, entregada al destino que él había diseñado para mí.
Tomé la pluma entre mis dedos y firmé ambas copias con un trazo firme, sin vacilar una sola vez. Mientras el doctor Signorelli sacaba el mechero y sellaba los bordes del documento con cera roja y el anillo de armas de la familia Arenales, Pablo soltó un suspiro de alivio tan profundo que pareció desinflar la tensión de sus hombros.
Se levantó de inmediato de la silla para acompañar al notario hacia la salida trasera de la finca, ansioso por asegurarse de que el abogado desapareciera por los caminos de barro antes de que alguna patrulla o informante de los Wichelson lo interceptara en la carretera principal. Estaba celebrando su victoria legal en silencio, creyéndose el hombre más astuto de Sicilia.
Su arrogancia desmedida fue su peor error estratégico.
En su prisa por cerrar el trato, dejó su maletín de cuero italiano abierto de par en par sobre la silla de mimbre del comedor.
Fueron apenas cuarenta segundos, pero para mí se transformaron en una eternidad de oportunidades.
Mi padre se había girado por completo hacia la estancia contigua al escuchar un nuevo ataque de tos violenta de mi madre, alejándose del comedor a tropezones para socorrerla.
Me quedé completamente sola en la habitación. Con la velocidad y la precisión de una ráfaga de viento en los callejones de Corleone, metí la mano derecha en el compartimento lateral y oculto del maletín de Pablo. Mis dedos, fríos por la adrenalina, tropezaron con la textura rugosa de un fajo de cartas oficiales que llevaban impreso el membrete negro del Bloque del Norte.
Escaneé las líneas principales del documento con una velocidad desesperada, memorizando cada cifra y cada nombre.
Eran las órdenes de ejecución y cobro inmediato. Pablo debía la exorbitante suma de ochocientos mil euros por los cargamentos de contrabando que se habían perdido y quemado en la carretera de la costa de Palermo durante el atentado contra los Wichelson.
Lo peor estaba escrito en la cláusula de contingencia en la parte inferior: el contrato de matrimonio que yo acababa de firmar ponía automáticamente todos los terrenos de la hacienda de mi padre como garantía secundaria e hipotecaria.
Si Pablo no efectuaba el primer pago de trescientos mil euros antes del fin de mes, el Bloque del Norte tenía el derecho legal e ilegal de tomar posesión absoluta de la finca, expulsándonos a la calle o eliminándonos si oponíamos resistencia.
El crujido de los tablones del porche exterior me devolvió a la realidad.
Escuché los pasos pesados de Pablo regresando hacia la entrada.
Guardé las cartas exactamente en la misma posición, cerré sutilmente la solapa de cuero y me aparté tres pasos hacia la ventana, fingiendo mirar la lluvia justo cuando él cruzaba el umbral del comedor con una sonrisa de suficiencia grabada en el rostro.
El monstruo creía que me había atrapado de por vida en su red de deudas y mentiras.
No tenía la más mínima idea de que, al obligarme a firmar ese papel y hacerme su esposa ante la ley, me había entregado la llave maestra para entrar en lo más profundo de sus secretos familiares y destruirlo por completo desde las sombras.
