Capítulo 5 Capítulo 5

Maya.

La opulencia de la residencia Arenales en el centro de Corleone no lograba enmascarar el hedor a decadencia y miedo que se filtraba por sus paredes de piedra. Llegamos al atardecer, bajo un cielo plomizo que amenazaba con descargar una nueva tormenta sobre los tejados de la ciudad.

El contraste entre la humildad de la hacienda de mi padre y la majestuosidad de aquella mansión de techos altos, lámparas de cristal de Murano y suelos de mármol pulido era tan violento que me obligó a tragar saliva para mantener mi máscara de docilidad intacta.

Al cruzar el umbral del gran vestíbulo, el recibimiento fue desconcertante.

No hubo gritos, ni miradas de desprecio explícito, ni el balde de agua sucia que yo misma había anticipado en mis peores conjeturas.

En su lugar, una comitiva de bienvenida perfectamente orquestada me esperaba al pie de la escalinata principal.

Al frente estaba Nadia, mi suegra, una mujer de facciones rígidas y mirada felina, enfundada en un vestido de seda negra que delataba un luto estrictamente protocolario. A su lado, Raquel, la hermana de Pablo, sostenía de la mano al pequeño Leandro, mi nuevo sobrino de apenas seis años, quien me miraba con la timidez propia de un niño atrapado en un mundo de adultos silenciosos.

Nadia dio tres pasos hacia mí, extendiendo sus manos enjoyadas con una sonrisa tan perfecta como artificial. Sus dedos, fríos y cargados de anillos de oro, me apretaron las palmas con una falsa calidez que me erizó el vello de los brazos.

—Bienvenida a tu nuevo hogar, Maya querida —susurró Nadia, modulando una voz suave, casi maternal, que resonó en el eco del vestíbulo—. Mi hijo nos ha contado el enorme sacrificio de tu familia al cobijarlo en la hacienda durante sus peores momentos. Los Arenales no olvidamos a quienes nos sirven con lealtad. A partir de hoy, eres una de los nuestros. Camina con la cabeza en alto, hija mía.

—Gracias, señora Nadia —respondí, bajando la mirada con una timidez estudiada, dejando que mi cuerpo adoptara la postura encorvada de la campesina deslumbrada por la riqueza—. Solo quiero ser una buena esposa para Pablo y no resultar una carga para ustedes.

Pablo, que caminaba detrás de mí, me rodeó los hombros con el brazo, apretándome con una suficiencia que pretendía demostrar propiedad absoluta ante los ojos de su madre. La actuación familiar fue impecable durante los primeros treinta minutos; nos guiaron por los salones, me mostraron las pinturas de los antepasados y fingieron una aceptación tan almibarada que cualquiera en mi posición se habría creído a salvo.

Pero en una tierra donde los salvadores son verdugos disfrazados, la amabilidad extrema es solo el preámbulo del matadero.

El quiebre de la ilusión ocurrió a las ocho de la noche, de manera fulminante.

Nadia convocó a todo el personal de servicio en el comedor principal. Los siete empleados —desde el viejo mayordomo hasta las cocineras de Palermo— se alinearon frente al mesón de caoba con los rostros demacrados por la incertidumbre. Sin un ápice de emoción en la voz, Nadia les informó que, debido a la reestructuración financiera de la casa tras la muerte del patriarca Leandro, sus contratos quedaban rescindidos de forma inmediata. Les ordenó recoger sus pertenencias y abandonar la mansión antes de que el reloj marcara las nueve, bajo la amenaza de llamar a las patrullas locales si ponían alguna objeción a las liquidaciones de miseria que les arrojó sobre la mesa.

Giré la cabeza hacia Pablo, esperando que su supuesta nobleza dictara alguna palabra de mediación, pero mi nuevo esposo permaneció inmóvil junto a la chimenea, encendiendo un cigarrillo con una indiferencia absoluta.

Ni siquiera se molestó en mirar a los sirvientes que le habían servido desde la infancia mientras cruzaban la puerta principal arrastrando sus maletas bajo la lluvia. La mansión se quedó desierta, sumida en un silencio sepulcral que amplificaba el sonido del viento contra los ventanales.

Fue entonces cuando las máscaras se derrumbaron por completo, revelando el nido de víboras en el que me había metido voluntariamente.

Nadia regresó al comedor, pero su rostro ya no tenía rastro de la dulzura artificial de la tarde. Sus ojos grises se clavaron en mí con una frialdad quirúrgica, y su sonrisa se transformó en un rictus de repugnancia absoluta. Con un gesto seco de la mano, señaló los platos sucios que el personal saliente había dejado sobre el mesón y la suciedad acumulada en las esquinas del gran salón.

—Muy bien, muchacha —dictaminó Nadia, sentándose en la cabecera con la autoridad de una reina regente—. La comedia del vestíbulo ha terminado. No gastaremos un solo euro de las pocas cuentas operativas que nos quedan en pagarle a extraños para que limpien los desastres de esta casa, teniendo aquí a una campesina acostumbrada a romper de rodillas la tierra del norte. Tu ropa de algodón está en la habitación de servicio del sótano.

Limpiarás este comedor, la cocina y los pasillos principales antes del amanecer. Mañana te encargarás de la ropa de Raquel y del niño.

Me quedé estática, asimilando el golpe psicológico. La humillación no me dolía; mis manos ya estaban endurecidas por el trabajo rústico de la hacienda y mi orgullo estaba convenientemente sepultado bajo mi plan de venganza. Lo que me heló la sangre fue la confirmación de mi estatus en esta casa: no era la esposa del heredero, era una esclava legal con un anillo de bodas en el dedo.

Pablo se acercó a mí, sosteniendo un pequeño plato de loza con una sola rebanada de pan duro y un trozo de queso rancio. Lo depositó sobre el borde de la mesa, mirándome desde su altura con la misma expresión especulativa con la que un capataz mide la resistencia de un animal de carga.

—Es todo lo que hay para cenar esta noche, Maya —dijo Pablo, con una voz que había perdido cualquier matiz de la calidez ensayada en el campo, reemplazada por un tono gélido y extorsionador—. Tienes que entender que la situación de la familia es delicada. Las deudas nos ahogan y cada centavo cuenta.

—Pablo... —susurré, forzando un temblor en mis labios y dejando que una lágrima de aparente desesperación rodara por mi mejilla—. Yo firmé el contrato porque prometiste que cuidarías de los míos. ¿Qué pasará con mis padres? ¿Qué pasará con la medicina de mi madre?

Él se inclinó hacia adelante, tomándome de la barbilla con una presión dolorosa que me obligó a sostenerle la mirada.

Su aliento a tabaco me golpeó la cara, pero no permití que el asco apagara el fuego calculado de mis ojos.

—Escúchame con mucha atención, pequeña campesina —siseó Pablo, apretándome los dedos contra la mandíbula—. Tu permanencia en esta casa y tu obediencia absoluta son las únicas garantías de que tu familia siga respirando en el norte. Si te portas bien, si limpias cada rincón de esta mansión sin quejarte y complaces los caprichos de mi madre, yo me encargaré personalmente de seguir pagando el tratamiento oncológico de Agustina y permitiré que, una vez al mes, el viejo Víctor venga a la ciudad a comprobar que sigues viva.

Pero si me fallas, si abres la boca con los vecinos o si muestras un solo arranque de soberbia, suspenderé los envíos a la botica de inmediato.

Tu madre morirá gritando de dolor en esa cama de madera y tu padre sufrirá un accidente desafortunado en los caminos de Corleone antes de que puedas pestañear. ¿Te ha quedado claro cuál es tu lugar aquí?

—Sí, Pablo —respondí en un hilo de voz, bajando la cabeza en una sumisión perfecta, dejando caer mis hombros como si el espíritu se me hubiera quebrado definitivamente—. Haré todo lo que la señora Nadia ordene. Solo te pido que no dejes desamparados a mis padres.

Él sonrió con una suficiencia asquerosa, dándome una palmada despectiva en la mejilla antes de soltarme.

—Así me gusta. Una esposa obediente vale más que cualquier sirvienta de Palermo —concluyó, dándose la vuelta para retirarse hacia el despacho principal junto a su madre, dejándome sola en la inmensidad del comedor vacío.

Tomé el trapo de limpieza que la cocina había dejado olvidado sobre el gran mesón. Mientras me arrodillaba sobre el mármol frío para comenzar a fregar la primera mancha de cera, miré fijamente la rebanada de pan duro.

El dolor por la crueldad de Pablo se transformó en un frío glacial dentro de mi pecho.

Ellos creían que me habían reducido a la nada al quitarme el personal y convertirme en su sirvienta. No eran capaces de comprender que, al dejarme a cargo de la limpieza absoluta de la mansión, me estaban dando libre acceso a cada rincón, a cada cesto de basura, a cada papel desechado en los escritorios y a los movimientos financieros que se desarrollaban en las sombras de Corleone.

La cacería continuaba, y el nido de víboras acababa de dejar la puerta de sus secretos abierta de par en par para su nueva y silenciosa habitante.

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