Capítulo 6 Capítulo 6

Maya.

El crujido de la porcelana fina contra el metal de la bandeja era el único sonido que delataba el temblor de mis dedos. Habían pasado dos días desde que me convirtieron en la sirvienta oficial de la mansión Arenales, dos días en los que mis rodillas habían conocido el frío del mármol y mis oídos el desprecio constante de Nadia.

Sin embargo, el dolor físico no era nada comparado con la angustia que me carcomía el pecho al pensar en mi madre, Agustina, resistiendo como podía en la lejanía de la hacienda, engañada junto a mi padre por las falsas promesas de este clan de víboras.

A las cuatro de la tarde, Nadia me ordenó preparar un servicio de té Earl Grey y llevarlo al salón principal, donde se encontraba reunida a puerta cerrada con Pablo. Me coloqué el delantal de sirvienta, acomodé las tazas con una parsimonia estudiada y caminé por el pasillo principal con la cabeza gacha, adoptando esa postura rota que ellos ya daban por sentada.

Al acercarme al umbral, noté que la pesada puerta de madera tallada no estaba cerrada del todo; una rendija de apenas dos centímetros dejaba escapar la luz de las lámparas y el murmullo denso de sus voces.

Justo cuando iba a llamar con los nudillos, las palabras de mi suegra me congelaron la sangre en las venas. Me pegué a la pared lateral, ocultándome tras las pesadas cortinas de terciopelo granate que decoraban el pasillo, conteniendo la respiración para convertirme en una sombra invisible.

—Tienes que ser frío, Pablo —la voz de Nadia resonaba con una nitidez espantosa, desprovista de cualquier rastro de la elegancia que fingía ante la sociedad—. El Bloque del Norte no va a esperar hasta el próximo mes. Si no les entregamos los títulos completos de la hacienda esta misma semana, expondrás a tu hermana y al pequeño Leandro. El viejo Víctor es el único obstáculo legal que nos queda para transferir el fideicomiso de forma inmediata.

—Lo sé, madre, lo sé —respondió Pablo, y escuché el sonido del hielo chocando contra el cristal de su vaso de whisky—. Pero el viejo es duro. Si le exijo la firma de la cesión total de tierras de manera brusca, va a sospechar. Ya es bastante difícil mantenerlo controlado con la mentira de que seguimos enviando la morfina legítima para Agustina. Si se entera de que el boticario solo les está entregando placebos triturados, se me va a ir encima.

—Por eso mismo no se lo vas a pedir, hijo mío —siseó Nadia, y pude imaginar la sonrisa calculadora en su rostro de serpiente—. Los hombres de su edad tienen corazones débiles, especialmente bajo una presión extrema. El viernes por la noche enviarás a dos de nuestros hombres de confianza a la hacienda. Cortarán las líneas telefónicas y simularán que Maya ha huido de la mansión tras robar los últimos ahorros de nuestra caja fuerte. Le dirán al viejo Víctor que su preciosa hija los ha traicionado a todos y que se ha largado de Sicilia con un amante. El impacto emocional, sumado a la impresión de ver su honor destruido, será suficiente para provocarle un infarto fulminante. Parecerá una muerte natural por causas médicas. Nadie dudará del informe de un forense de Corleone si pagamos la tarifa correcta.

Apreté la bandeja contra mi pecho con tanta fuerza que los bordes de metal me perforaron la piel a través del delantal.

Las náuseas me subieron a la garganta. No solo estaban dejando que mi madre agonizara de dolor en el campo de manera criminal, sino que estaban planificando el asesinato de mi padre, diseñando una mentira perversa para culparme a mí de su muerte y encerrarme en los sótanos de esta casa para siempre.

—¿Y qué haremos con la vieja? —preguntó Pablo con una indiferencia que me heló el alma—. Agustina no durará más de tres días sin asistencia si el viejo muere.

—Ese es el plan, ignorante —replicó Nadia con desprecio—. Con el padre muerto por el infarto y la madre fallecida poco después por la falta de cuidados en el aislamiento del campo, la hacienda pasará legalmente a manos de los Arenales como herencia forzosa de tu matrimonio con Maya. Nadie reclamará por una vieja moribunda.

Una vez que tengamos los títulos firmados por el juez, encerraremos a Maya en la bodega del sótano y la entregaremos al Bloque del Norte como moneda de cambio para saldar los ochocientos mil euros restantes. Ellos sabrán qué hacer con una campesina viuda en sus burdeles de Palermo.

No escuché más. Mi mente, lejos de bloquearse por el pánico, se transformó en un bloque de hielo afilado.

El tiempo de la sumisión había terminado. Si me quedaba en esa casa una sola noche más, mi padre sería asesinado el viernes y mi madre moriría en la más absoluta de las miserias mientras yo terminaba vendida como esclava.

Tenía que huir esa misma noche, bajo el amparo de la oscuridad, y tenía que hacerlo con las pruebas necesarias para destruir a Pablo antes de que él pudiera poner un pie en la hacienda.

Retrocedí sobre mis pasos con una cautela milimétrica, regresando a la cocina para dejar la bandeja de té intacta.

Nadie me vio. Pasé el resto de la tarde limpiando los pasillos con una tranquilidad artificial que rozaba la locura, esperando a que la medianoche cayera sobre Corleone y los habitantes de la mansión se retiraran a sus habitaciones.

A las tres de la mañana, la residencia Arenales quedó sumida en un silencio de tumba.

Me despojé del uniforme de sirvienta y me vestí con mi ropa rústica de algodón, la misma con la que había llegado del campo. Bajé al sótano de servicio con los pies descalzos, cuidando de no hacer crujir ni una sola tabla del suelo. De entre los pliegues de mi jergón, saqué la libreta contable del viejo Leandro que había robado en la hacienda, donde constaba la entrega de las coordenadas de los inhibidores de los Wichelson al Bloque del Norte por parte de Pablo.

Pero necesitaba más.

Necesitaba la prueba del fraude médico y del complot actual.

Con el corazón galopando en mi pecho, me deslicé hacia el despacho principal de Pablo en la planta baja. La puerta cedió con un suave quejido. Utilizando la débil luz de la luna que se filtraba por el ventanal, me acerqué al escritorio de caoba.

Comencé a registrar los cajones con movimientos rápidos y precisos.

En el compartimento inferior, debajo de un fajo de billetes falsos, encontré lo que buscaba: el borrador del contrato de cesión de derechos de la hacienda que Nadia pretendía validar tras la muerte de mi padre, junto a las facturas médicas alteradas del boticario de Corleone que demostraban el desvío de la morfina oncológica de mi madre.

Guardé todos los documentos —la libreta contable de Leandro, el contrato de fraude de la hacienda y las pruebas de los medicamentos robados— en el interior de mi corpiño, asegurándolos contra mi piel como si fueran mi único escudo contra la muerte.

Justo cuando me giraba para salir del despacho y dirigirme hacia la puerta de servicio, el chasquido metálico de un arma al amartillarse resonó desde la penumbra de la entrada, cortando el aire de la habitación como una navaja.

—Te dije que una buena esposa debía ser obediente, Maya —la voz de Pablo, pastosa por el alcohol pero cargada de una malicia letal, emergió de la oscuridad junto al marco de la puerta—. Pero parece que las campesinas de tu tipo siempre terminan metiendo las narices donde no deben. Saca las manos de donde las tienes o te juro que tu padre no llegará vivo al viernes.

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