Capítulo 7 Capítulo 7.

Maya.

El cañón de la pistola de Pablo brillaba bajo la pálida luz de la luna con un destello azulado y letal.

En sus ojos oscuros ya no quedaba rastro del heredero desvalido que había pedido asco en la casa de mi padre; solo había la desesperación de un depredador acorralado que veía cómo su última carta de salvación intentaba escapársele entre los dedos.

—Da un paso atrás, Maya —siseó Pablo, avanzando con una lentitud calculada, manteniendo el arma apuntada directamente a mi pecho—. Saca las manos del corpiño y pon los documentos sobre el escritorio si quieres que tu padre despierte vivo mañana por la mañana. Te creíste muy lista fingiendo ser la sirvienta perfecta, pero una maldita muerta de hambre del campo jamás va a ser más inteligente que un Arenales.

Mis dedos seguían aferrados a las pruebas contra mi piel: la libreta contable de Leandro, el contrato de fraude de la hacienda y las facturas de la morfina robada de mi madre.

Si cedía ahora, si le entregaba los papeles, la sentencia de muerte de mis padres se firmaría esa misma noche y yo terminaría en un burdel de Palermo antes del amanecer. La sumisión había terminado.

El miedo se evaporó de mi sistema, reemplazado por una descarga pura de adrenalina que me enfrió la sangre.

A mi derecha, sobre la esquina del escritorio de caoba, descansaba la pesada lámpara de aceite de bronce que Nadia utilizaba para revisar las cuentas.

Todavía estaba tibia. Sin pensarlo un solo segundo, aprovechando la arrogancia de Pablo que lo hacía dar por sentada mi sumisión, estiré el brazo con la velocidad de una faca siciliana y le arrojé la lámpara directamente a la cara.

El impacto fue brutal.

El cristal se estrelló contra sus pómulos y el combustible ardiendo se derramó sobre su camisa de seda y los tapizados de la alfombra persa.

Pablo soltó un alarido desgarrador, soltando el arma para cubrirse el rostro mientras las llamas comenzaban a lamerle las mangas.

El fuego se propagó de inmediato por las cortinas del despacho, iluminando la habitación con un resplandor anaranjado y violento.

No miré atrás. Me giré hacia el gran ventanal del despacho, golpeé el pestillo de madera con el hombro y salté hacia la oscuridad del jardín exterior, cayendo sobre la hierba húmeda. Los gritos de alarma de Nadia comenzaron a resonar dentro de la mansión, mezclados con las maldiciones de Pablo.

La tormenta que había estado amenazando a Corleone estalló en ese mismo instante.

El cielo se rompió en un diluvio torrencial que me empapó el vestido de algodón en un segundo, borrando mis huellas mientras corría desesperadamente hacia las verjas traseras de la propiedad.

Salté el muro de piedra, desgarrándome la tela del dobladillo, y me interné en el laberinto de callejones oscuros de la ciudad.

El pavimento de piedra de Corleone era un espejo negro bajo los relámpagos.

Corrí sin calzado, sintiendo el filo de las rocas y el barro frío bajo mis pies, pero el dolor no existía.

Solo existía el eco lejano de los motores de las camionetas de los Arenales que comenzaban a patrullar las avenidas principales.

Pablo no iba a dejarme ir; si el Bloque del Norte descubría que las pruebas de su traición a los Wichelson estaban sueltas por las calles, el clan Arenales sería exterminado antes del amanecer. Iban a cazarme como a un animal.

Sabiendo que las salidas de la ciudad estarían bloqueadas por sus hombres en cuestión de minutos, tomé la única decisión lógica que me quedaba para sobrevivir. Había un solo lugar en toda Sicilia donde Pablo Arenales jamás se atrevería a entrar a buscarme.

Un lugar blindado por el terror y el respeto reverencial de toda la mafia. Los dominios de los Wichelson.

Giré hacia la periferia norte, donde los callejones adoquinados daban paso a los grandes muros de piedra volcánica que protegían la residencia principal de Nicolás Wichelson. La caminata bajo el aguacero fue un calvario de asfixia y pánico; cada vez que las luces de un vehículo iluminaban los muros, me pegaba a las sombras de los portales, conteniendo el aliento con las pruebas apretadas contra mi pecho húmedo.

Llegué a las monumentales puertas de hierro forjado de la mansión Wichelson con los pulmones ardiendo y las fuerzas al límite.

No había guardias en la garita exterior debido a la intensidad de la tormenta, así que me colgué del timbre de bronce y comencé a golpear el metal con los puños cerrados, dejando marcas de mi propia sangre sobre la superficie fría.

El cielo rugió con un trueno que hizo vibrar el suelo bajo mis pies desnudos.

Pasaron dos minutos que se sintieron como horas, hasta que la pequeña mirilla de hierro se abrió. Un par de ojos severos y analíticos me observaron desde el otro lado.

La puerta pesada cedió sobre sus bisagras, revelando la figura de un hombre maduro, impecablemente vestido con un traje oscuro a pesar de la hora, que sostenía un gran paraguas negro. Era Elioth, el mayordomo de confianza de Nicolás y el encargado de la seguridad interna de la casa.

Me desplomé hacia adelante, sosteniéndome del marco de hierro para no caer de rodillas sobre el fango.

El agua me corría por la cara, pegándome los mechones de cabello a las mejillas. Estaba temblando incontrolablemente debido al frío y al desgaste físico.

Elioth me miró fijamente. Su rostro parecía tallado en la misma piedra volcánica que los muros de la propiedad. Reconoció de inmediato mis facciones; yo era la chica del mercado, la campesina que su patrón había ordenado investigar hacía apenas unos días.

Observó mi vestido desgarrado, mis pies descalzos cubiertos de cortes y la forma desesperada en la que protegía mi pecho con las manos.

En un entorno gobernado por la mafia, una aparición como la mía a las cuatro de la mañana solía ser el preludio de una emboscada o una trampa. Sin embargo, Elioth demostró la experiencia de los hombres que han sobrevivido a tres generaciones de guerras de clanes.

No sacó un arma, no me apuntó a la cabeza, ni comenzó un interrogatorio estéril bajo la lluvia que solo me habría hecho perder el conocimiento. Vio la verdad de la desesperación en mis ojos.

—Entre de inmediato, señorita —dijo Elioth, con una voz profunda y serena que cortó el murmullo del viento—. La tormenta en Corleone no perdona a los inocentes.

Me tomó firmemente del brazo con una caballerosidad estricta y me guió hacia el interior del gran vestíbulo de la residencia Wichelson.

El calor de la calefacción central me golpeó la piel, haciéndome tiritar aún más. El suelo del recibidor, cubierto de baldosas de piedra clara, comenzó a llenarse de charcos de agua sucia y sangre que goteaban de mi cuerpo.

Elioth cerró la pesada puerta de hierro tras de nosotros, echando los cerrojos de seguridad con tres golpes secos que resonaron como sentencias absolutas. El ruido de la tormenta se extinguió casi por completo, reemplazado por la opulencia silenciosa y letal de la boca del lobo.

El mayordomo me alcanzó una manta de lana gruesa que descansaba sobre un diván cercano y me la colocó sobre los hombros sin pronunciar una sola palabra de reproche por el desastre que estaba causando en su vestíbulo pulido.

—Espere aquí —ordenó Elioth, mirándome con una perspicacia que rivalizaba con la de su propio jefe—. Voy a informarle al señor Nicolás de su llegada. No intente moverse. En esta casa, las sombras tienen ojos y las órdenes de disparar ante cualquier movimiento en falso siguen vigentes.

Asentí con la cabeza, apretando la manta contra mi cuerpo, sintiendo cómo el papel de los documentos seguía intacto y crujía sutilmente contra mi piel. Estaba dentro del territorio del hombre más peligroso de Sicilia, el monstruo que había jurado erradicar a toda mi nueva familia política.

Había escapado de las víboras para meterme directamente en la jaula del león, pero mientras escuchaba los pasos de Elioth subir por la gran escalinata de mármol, supe que esta era mi única oportunidad para salvar a mi padre, vengar la agonía de mi madre y ver cómo Corleone ardía bajo los pies de Pablo Arenales.

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