Capítulo 8 Capítulo 8

Nicolás

La tormenta sobre Corleone no solo arrastraba lodo de las colinas; también traía a los espectros de la traición directamente hasta mi puerta. Estaba en mi despacho del piso superior revisando los informes de las rutas del norte cuando Elioth entró sin llamar, con la respiración inusualmente alterada.

Su mensaje fue conciso: la chica del mercado central estaba en el vestíbulo, empapada, herida y exigiendo hablar conmigo. No necesité que me diera más detalles para saber que la cacería de sangre había dado un giro inesperado.

Cuando bajé por la escalinata de mármol, la escena parecía sacada de una pintura macabra. Arthur White, mi mano derecha, ya estaba en el vestíbulo con cuatro hombres armados rodeando a la joven. Arthur mantenía su mano sobre la culata de su Beretta, con las facciones rígidas por la desconfianza crónica que le había permitido sobrevivir tantos años a mi lado.

—¡No te muevas! —le rugió Arthur a la chica, quien permanecía estática en mitad de las baldosas claras, envuelta en una manta de lana que ya estaba manchada de fango y sangre—. Señor Nicolás, esta mujer cruzó el perímetro burlando la seguridad. Lleva las manos pegadas al pecho bajo la manta. Podría traer un artefacto, un cable trampa o una navaja del bloque del norte. Tengo que registrarla por las malas de inmediato.

—Pruébalo, White —desafió la joven. Su voz era un hilo cortante, temblorosa por la hipotermia pero carente de cualquier rastro de sumisión o miedo. Sostuvo la mirada de mi segundo al mando sin pestañear, como si las armas que la apuntaban fueran simples juguetes de madera.

—¡Atrás, Arthur! —ordené desde el descanso de la escalera. Mi voz de barítono profundo cortó la tensión del vestíbulo como un hachazo. Los hombres bajaron los cañones de inmediato y Arthur dio un paso al costado, ajustándose el abrigo húmedo pero sin apartar los ojos de la intrusa. Descendí los últimos peldaños con parsimonia, deteniéndome a dos metros de ella. El aroma a pino viejo, lluvia y pólvora de mi propia ropa se mezcló con el olor a humo y barro que ella emanaba. La examiné con mis ojos de escarcha: el vestido de algodón destrozado, los pies descalzos ensangrentados y esa maldita postura erguida que me había intrigado en el mercado.

—Te advertí que en Corleone las mujeres bajaban la cabeza o rezaban cuando me acercaba —dije, manteniendo una neutralidad gélida—. Y tú acabas de irrumpir en mi fortaleza a las cuatro de la mañana. Eres la esposa de Pablo Arenales. Te casaste con el heredero de la traición hace dos días ante notario. Dame una sola razón válida para no ordenar que te entierren en los patatales del norte antes de que salga el sol.

Maya

La sombra de Nicolás Wichelson me cubrió por completo, trayendo consigo el frío letal de un verdugo que no aceptaba disculpas. Sin embargo, frente al hombre más peligroso de Sicilia, supe que mi única moneda de cambio era la verdad desnuda y las pruebas que me quemaban la piel.

—Bajar la cabeza no evitó que la tormenta alcanzara a tus padres, señor Wichelson —respondí, clavando mis ojos grises en los suyos con una fijeza que hizo que Arthur diera un paso al frente con una maldición entre los dientes. Hice un gesto lento, abriendo la manta de lana con deliberada calma para demostrar que no portaba armas, y metí la mano en mi corpiño húmedo.

Saqué el fajo de documentos: la libreta de cuero gastado de Leandro Arenales, el borrador del contrato de fraude de la hacienda y las facturas médicas alteradas de la morfina de mi madre. Los arrojé con fuerza sobre la mesa de caoba del vestíbulo, donde quedaron expuestos bajo la luz de la lámpara de cristal. Los papeles estaban salpicados de gotas de lluvia y rastros de mi propia sangre.

—Ahí tienes tu razón —sentencié, dando un paso hacia adelante, desafiando la distancia de seguridad—. Pablo Arenales te vendió una mentira de papel. Tu padre Elías y tu madre Soledad no murieron por una locura del viejo Leandro. Fue Pablo quien vendió la ruta confidencial de la costa de Palermo y las coordenadas de los inhibidores de frecuencia al Bloque del Norte por quinientos mil euros. Su propio padre se suicidó en su despacho por la culpa de haber engendrado a ese monstruo, y ahora mismo Pablo me mantiene como una esclava en su casa mientras planea asesinar a mi padre este viernes con un falso infarto para quedarse con los terrenos y pagarle los ochocientos mil euros restantes a sus acreedores.

Nicolás no se movió. Su rostro de piedra volcánica no mostró una sola emoción, pero noté el imperceptible estiramiento de los músculos de su mandíbula. Arthur se inclinó sobre la mesa, tomando la libreta de cuero con guantes quirúrgicos. Sus ojos se abrieron con sorpresa al escanear las páginas.

—Señor Nicolás... —susurró Arthur, con una gravedad que le cambió el tono de voz—. Es la caligrafía auténtica de Leandro Arenales. Los registros contables coinciden con las fechas exactas del atentado de sus padres. Y la última anotación... es la firma digital y el puño de Pablo. Nos han estado viendo la cara desde el escondite del capataz. La chica está diciendo la verdad. Pablo planeó la emboscada.

Nicolás dio un paso hacia la mesa, tomó el borrador del contrato de la hacienda y lo leyó en silencio. El silencio en el vestíbulo se volvió tan denso que el sonido de la tormenta en el exterior parecía un murmullo lejano. Cuando levantó la vista, sus ojos grises ya no tenían la intriga del mercado; tenían el fuego helado de una sentencia irrevocable.

—¿Qué es lo que buscas aquí, Maya? —preguntó Nicolás, y su voz rasposa retumbó en las paredes de piedra—. Viniste a entregarme al asesino de mis padres, pero eres su esposa ante la ley de Sicilia.

—Vine a ofrecerte un trato de sangre, Don Wichelson —sostuve, enderezando aún más los hombros a pesar de que el frío me hacía crujir los dientes—. Te entrego la cabeza de Pablo Arenales y todas las rutas financieras de su clan para que desmanteles su dinastía hasta los cimientos. A cambio, exijo protección total e inmediata. Quiero que tus hombres saquen a mi padre Víctor de esa hacienda antes del amanecer y que traigas a los mejores médicos de Palermo para atender a mi madre Agustina en un lugar seguro.

Pablo está robándole la morfina y la botica de Corleone está compinchada con él. Si me garantizas la vida de mis padres, yo misma te guiaré por los puntos ciegos de la mansión Arenales para que cobres la deuda de tu familia.

Nicolás me miró fijamente durante un minuto completo, evaluando el valor suicida de la campesina que tenía enfrente.

Vio la sangre en mis pies, el fuego de la venganza en mis ojos y la resolución de alguien que ya no tenía nada que perder porque el dolor se había transformado en estrategia.

Se giró hacia Arthur con una presteza militar.

—Arthur, toma dos camionetas blindadas y sal hacia la hacienda del límite norte ahora mismo. Saca al viejo Víctor y a su esposa con la máxima discreción médica. Si el boticario de Corleone pone una sola objeción, quémale el local con él adentro. Traerás a la madre al ala médica de esta residencia antes de que amanezca.

—Entendido, señor —respondió Arthur, guardando su Beretta y saliendo al vestíbulo exterior bajo el aguacero junto a tres de sus hombres.

Nicolás regresó su mirada hacia mí. Dio un paso más, lo suficientemente cerca como para que pudiera notar el aroma a cuero y poder que emanaba de su porte. Levantó una mano y, con una suavidad inesperada que me sorprendió, me acomodó la manta de lana sobre los hombros caídos.

—El trato está cerrado, Maya Arenales —dictaminó Nicolás, y por primera vez una diminuta sonrisa carente de piedad rozó la comisura de sus labios—. Tu padre estará a salvo en una hora y tu madre tendrá la medicina real en sus venas. Pero a partir de este instante, tu vida le pertenece a este clan hasta que la última ceniza del apellido de tu esposo se haya dispersado sobre el suelo de Corleone. Prepárate. La guerra que iniciaste en su despacho va a incendiar Sicilia entera esta misma noche.

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