Capítulo 1 1
―Si ese hombre cruza la puerta de mi restaurante, juro que le arrojo una olla.
Mara dejó de revisar la carpeta que tenía entre las manos y levantó una ceja.
―Procura que esté vacía. No podemos pagar otra demanda.
―Qué bueno que siempre estés de mi lado.
―Estoy del lado de no ir a prisión por tu mal carácter.
Apreté la cuchara de madera con tanta fuerza que casi crujió.
Diez minutos antes estaba celebrando.
Diez minutos antes creía que el universo, después de años mirándome tropezar con las cuentas del restaurante, había decidido concederme una tregua.
Mesa Abierta nos había seleccionado.
Seis meses de asesoría, renovación parcial, promoción y, si todo salía bien, acceso a una inversión que podía evitar que cerráramos.
Era la primera buena noticia en demasiado tiempo.
Hasta que Mara pronunció el nombre del consultor.
Adrián Salvatierra.
El hombre que había convertido una de las peores noches de mi vida en una reseña que todavía podía encontrar en internet con dos clics.
El crítico que escribió que nuestro restaurante era “un lugar incapaz de entender la diferencia entre tradición y descuido”.
Cinco años y todavía recordaba cada palabra.
―Podemos rechazar el programa ―dije.
Mara soltó una risa seca.
―Claro. Y después podemos imprimir billetes en la cocina.
―No voy a trabajar con él.
―Entonces dime con qué vas a pagar proveedores el próximo mes.
Eso me calló.
Odiaba cuando mi hermana usaba números porque los números no podían ser insultados hasta sentirse culpables.
Miré alrededor.
Las mesas estaban vacías porque aún faltaban dos horas para abrir, pero podía imaginar a mi abuela pasando entre ellas con un trapo sobre el hombro, corrigiendo flores, acomodando cubiertos y fingiendo que no vigilaba cada movimiento que yo hacía.
El restaurante olía a caldo de jitomate, pan tostado y madera vieja.
A casa.
A Rosa.
―No puedo perderlo ―murmuré.
Mara bajó la carpeta.
―Lo sé.
―Entonces busca a otro consultor.
―No funciona así.
―Haz que funcione.
―Elena.
―Mara.
―Tienes veintinueve años.
―Gracias por recordármelo.
―Compórtate como si no tuvieras nueve.
Le lancé la cuchara.
La atrapó en el aire.
―La cárcel ―recordó.
Una voz masculina sonó desde la entrada.
―¿Interrumpo algo?
Todo dentro de mí se puso rígido.
No necesitaba girarme.
Conocía esa voz.
Más grave de lo que recordaba. Más tranquila también. Como si cinco años no hubieran sido suficientes para enseñarle que no debía entrar en mi vida sin casco.
Me volví.
Adrián Salvatierra estaba junto a la puerta.
Traje oscuro sin corbata. Camisa blanca con las mangas dobladas hasta los antebrazos. Cabello ligeramente más corto. Barba de dos días. Una carpeta negra bajo el brazo.
Y esa cara.
Seguía teniendo esa cara absurda que resultaba especialmente ofensiva en un hombre al que yo quería odiar con dignidad.
Sus ojos verdes bajaron un segundo hasta la cuchara que Mara todavía sostenía.
―Veo que la reunión empezó bien.
―Todavía no ha empezado ―dije.
Me sostuvo la mirada.
―Entonces tengo esperanza.
―No deberías.
Mara dejó la cuchara sobre una mesa.
―Voy a revisar inventario.
La miré.
―Cobarde.
―Administradora.
―Traición familiar.
―Supervivencia empresarial.
Y se marchó hacia la cocina.
Adrián esperó hasta que desapareció.
―Sigue siendo encantadora.
―No hables de mi hermana.
―He dicho que es encantadora.
―En tu boca podría ser una crítica.
Una esquina de sus labios se levantó.
Eso me irritó.
También me obligó a recordar que, antes de aquella reseña, yo había pensado que su sonrisa era bonita.
Una estupidez de otra vida.
Adrián caminó hacia una mesa y dejó la carpeta.
―Supongo que ya sabes por qué estoy aquí.
―Para comprobar si te queda algún negocio familiar por arruinar.
La sonrisa desapareció.
Bien.
Eso sí me gustó.
―Estoy aquí por Mesa Abierta.
―Lo sé.
―Y supongo que quieres rechazarme.
―Qué perspicaz. Se nota la experiencia como crítico.
―Ya no trabajo como crítico.
―¿Te quedaste sin restaurantes que insultar?
Su mandíbula se tensó apenas.
Punto para mí.
Entonces rodeó la mesa.
No esperaba que se acercara tanto.
Yo tampoco esperaba notar que olía a jabón limpio y café.
O que sus mangas recogidas dejaban ver antebrazos fuertes.
Mi cuerpo eligió aquel momento para recordar que el odio no anulaba la vista.
Traidor.
Lo peor fue que él tampoco parecía inmune. Su mirada se detuvo un segundo más de lo necesario en mi boca antes de subir de nuevo. No sonrió. No hizo ningún comentario. Ese silencio me alteró más que una provocación.
―¿Qué miras?
―Estoy intentando decidir si sigues pensando en lanzarme una olla.
―Ahora estoy considerando algo más pesado.
―Eso me tranquiliza.
―No debería.
―No lo hace.
Tuve que apartarme porque el aire entre los dos empezaba a sentirse estrecho. Fui hasta la barra y fingí ordenar unas servilletas que ya estaban ordenadas.
Excelente. Cinco años odiándolo y mi cuerpo acababa de traicionar la causa en menos de cinco minutos.
Adrián se detuvo frente a mí.
―Puedes odiarme todo lo que quieras.
―Excelente.
―Puedes discutir cada recomendación.
―Lo haré.
―Puedes decirme que soy un imbécil.
―Eso ni siquiera requiere esfuerzo.
Otra vez esa maldita sonrisa.
―Pero si aceptas el programa, voy a hacer mi trabajo.
―¿Y si no quiero que toques nada?
―Entonces tendremos seis meses muy largos.
Estaba demasiado cerca.
Alcé la barbilla.
―No vas a cambiar este lugar hasta que deje de reconocerlo.
Su mirada se movió hacia mi boca durante un instante mínimo.
Fue suficiente.
El calor me subió por el cuello.
Me odié por eso.
Más todavía cuando sus ojos volvieron a los míos y descubrí que lo había notado.
―No vine a borrar lo que construyó tu abuela ―dijo.
Mi pecho se cerró.
―No pronuncies su nombre.
Adrián respiró despacio.
―Elena.
―No.
―Hay cosas que tenemos que hablar.
―Hace cinco años tuviste muchas cosas que decir.
―Y tú también.
El golpe fue pequeño, pero preciso.
Me acerqué un paso.
―Tú escribiste esa reseña.
―Sí.
―Tú pusiste nuestro nombre en todos los portales.
―Sí.
―Tú hiciste que la gente nos mirara como si servir una cena aquí fuera jugar a la ruleta rusa.
Sus facciones se endurecieron.
―No voy a fingir que no ocurrió.
―Por fin estamos de acuerdo.
―Tampoco voy a fingir que sabes todo lo que ocurrió.
Sentí un tirón bajo las costillas.
No quería preguntas.
Las preguntas abrían puertas que yo llevaba cinco años manteniendo cerradas.
Señalé la carpeta.
―Llévate eso.
―No.
―No tienes autoridad para decirme que no en mi restaurante.
―Todavía no.
Lo miré con incredulidad.
Adrián abrió la carpeta y deslizó un documento sobre la mesa.
Mi firma estaba al final.
La que había puesto esa mañana sin leer quién sería el consultor.
―Aceptaste las condiciones del programa ―dijo―. Si te retiras ahora, pierdes la financiación.
La sangre me subió a la cara.
―Eres un desgraciado.
―Probablemente.
―¿Sabías que me asignarían contigo cuando recomendaste el restaurante?
Silencio.
Eso bastó.
Di un paso hasta quedar a centímetros de él.
―Fuiste tú.
Adrián no retrocedió.
―Sí.
―¿Por culpa?
Su mirada se clavó en la mía.
―No.
―Entonces dime por qué.
Se inclinó apenas, lo suficiente para que su voz no necesitara volumen.
―Porque llevo cinco años sabiendo algo que tú todavía no entiendes.
―¿Qué?
Adrián apoyó una mano sobre la carpeta.
―Que el problema nunca fue tu comida.
