Capítulo 2 2

―¿Qué significa que el problema nunca fue mi comida?

Adrián sostuvo mi mirada sin pestañear.

―Significa exactamente eso.

―Qué respuesta tan útil.

―No vine a darte respuestas en la puerta.

―Estás dentro de mi restaurante.

―Entonces técnicamente ya avancé.

Lo odié un poco más por hacerme querer sonreír.

No lo hice.

Mara regresó desde la cocina con una carpeta azul y una expresión que reconocí demasiado bien. Era la misma que usaba cuando iba a decir algo que no me gustaba y ya había decidido que mis sentimientos podían esperar.

―Antes de que alguno empiece a lanzar cubiertos, necesito hablar con Elena.

―Perfecto ―dije―. Dile que este hombre se va.

―No.

La miré.

―¿Perdón?

Mara dejó la carpeta sobre la barra.

―Ven conmigo.

―Estoy ocupada despidiendo gente.

―No puedes despedir a alguien que no contrataste.

Adrián carraspeó.

―Puedo fingir que no estoy aquí.

―Eso sería lo mejor que has hecho en cinco años ―respondí.

Mara me agarró del codo y me llevó hacia la pequeña oficina del fondo.

Cerró la puerta.

―Si me vas a sermonear, al menos dame café.

―No hay dinero para café.

La miré en silencio.

Ella sonrió apenas.

―Sí hay. Quería asegurarme de tener tu atención.

―Te odio también.

―Haz fila.

Abrió la carpeta.

Números.

Mi enemigo natural.

Facturas, pagos atrasados, nóminas, proveedores y una columna marcada en rojo que parecía haber sido diseñada para humillarme.

―¿Qué es eso?

―Nuestra realidad.

―Nuestra realidad necesita mejor presentación.

―Nuestra realidad necesita dinero.

Me senté.

Mara giró una hoja hacia mí.

―Si seguimos como estamos, en cuatro meses no podremos cubrir nómina y renta al mismo tiempo.

Sentí el golpe en el estómago.

―Dijiste seis.

―Eso fue antes de que subiera el precio de dos proveedores.

―Puedo recortar gastos.

―Ya recortaste.

―Puedo trabajar más turnos.

―Ya haces demasiados.

―Entonces cambiamos de proveedores.

―Precisamente por eso necesitamos el programa.

Cerré los ojos.

No quería que Adrián tuviera nada que ver con la supervivencia del restaurante.

Mucho menos quería necesitarlo.

―Debe existir otro consultor.

―Pregunté.

Abrí los ojos.

―¿Y?

―No.

―Eso fue rápido.

―Porque tú estabas aquí amenazándolo con utensilios mientras yo hacía algo útil.

―La cuchara era de madera.

―Tu defensa legal va mejorando.

Solté el aire y miré otra vez las cifras.

La tinta roja parecía multiplicarse.

―Si abandono Mesa Abierta, ¿qué pasa?

―Perdemos la asesoría, el presupuesto de renovación y la posibilidad de la inversión final.

―¿Y si acepto?

―Tenemos seis meses para demostrar que esto puede sostenerse.

Seis meses.

Miré por el cristal de la oficina hacia el comedor. Una de las sillas tenía una pata reparada por mi abuelo. La lámpara sobre la caja había sobrevivido tres mudanzas. Hasta las manchas del piso tenían historia. Era ridículo encariñarse con objetos, pero allí nada era solamente un objeto. Cada cambio que Adrián propusiera iba a sentirse como una mano entrando en un cajón que yo nunca abría.

Con Adrián.

Prefería cocinar para cien personas con un solo quemador.

―No puedo.

Mara se apoyó en el escritorio.

―Sí puedes.

―No quiero.

―Eso es distinto.

La puerta se abrió.

Adrián asomó la cabeza.

―No quiero interrumpir.

―Entonces practica ―dije.

―Necesito saber si me voy.

Mara recogió la carpeta.

―Se queda.

―Mara.

―Elena decidirá después de leer todo.

Adrián me observó.

―Puedo volver mañana.

―No. Si voy a cometer un error, prefiero hacerlo despierta.

―Qué romántico.

―No uses esa palabra cerca de mí.

Algo cambió en sus ojos.

Fue mínimo.

Suficiente para que mi cuerpo reaccionara antes que mi sentido común.

Él entró y cerró la puerta.

El espacio se volvió pequeño.

Demasiado pequeño.

No me gustó descubrir que seguía recordando su altura. Ni que, a esa distancia, podía ver una cicatriz fina cerca de su mandíbula que no estaba allí cinco años atrás.

―Explícame las condiciones ―dije.

Adrián se apoyó contra la puerta.

―Primera: seis meses completos.

―Ya la odio.

―Segunda: revisión de menú, costos, proveedores, servicio e identidad de marca.

―No vas a tocar las recetas de mi abuela.

―Eso lo decidiremos después de probarlas.

Me levanté.

―Eso no está en discusión.

Él también se enderezó.

―Todo está en discusión si afecta al restaurante.

―No conoces este lugar.

―Por eso estoy aquí.

―Una reseña no te convierte en dueño.

―Nunca dije que lo fuera.

―Actúas como si tuvieras derecho a entrar y señalar lo que está mal.

Adrián dio un paso.

―Es literalmente mi trabajo.

Yo también avancé.

―Tu trabajo casi nos cerró.

El silencio cayó entre los dos.

Mara miró de mí a él.

―Voy a buscar café.

―Cobarde ―murmuré.

―Sobreviviente.

Salió.

Adrián y yo quedamos solos.

Otra mala idea.

―No voy a pedirte que olvides lo que pasó ―dijo.

―Qué considerado.

―Pero si cada comentario mío va a terminar en aquella noche, no vamos a llegar ni al viernes.

―Tal vez ese sea mi plan.

―Entonces perderás el programa.

―¿Eso te preocupa?

―Sí.

―¿Por culpa?

Su mandíbula se tensó.

―Ya te dije que no.

―Y yo no te creo.

Me acerqué hasta quedar frente a él.

No debería haberlo hecho.

Porque entonces noté su respiración.

Y porque él bajó la mirada.

A mi boca.

Otra vez.

El calor se instaló bajo mi piel con una precisión irritante.

―Mírame a los ojos ―dije.

―Lo intento.

Mi estómago hizo algo indecente.

―Eres insufrible.

―Tú estás demasiado cerca.

―Esta es mi oficina.

―Eso no cambia la distancia.

Quise retroceder.

No lo hice.

Su perfume era discreto, limpio, mezclado con café.

Recordé de golpe cómo me había mirado cinco años atrás, antes del desastre. Antes de saber quién era realmente.

La memoria me enfureció.

―Primera regla ―dije―. No vuelves a hablar de mi abuela para ganar una discusión.

Adrián asintió.

―Aceptada.

―Segunda. Ningún plato desaparece del menú sin mi autorización.

―Lo discutiremos.

―No.

―Entonces no acepto esa regla.

―No estás negociando.

―Precisamente eso estamos haciendo.

Lo fulminé con la mirada.

Él sonrió.

―Tercera ―continué―. Nada de entrevistas sobre nosotros.

La sonrisa desapareció.

―De acuerdo.

―Cuarta. Todo lo que hagas aquí se habla conmigo antes.

―Mientras no pongas en riesgo el programa, sí.

―Quinta. No quiero favores.

―No pensaba darte ninguno.

―Ni trato especial.

―Créeme, Elena, contigo sería imposible.

Me crucé de brazos.

―Y sexta.

Él esperó.

―No vuelvas a mirarme la boca.

Por primera vez conseguí sorprenderlo.

Después su mirada bajó lentamente.

Deliberadamente.

Hasta mis labios.

―Esa regla va a ser difícil.

El pulso me golpeó en el cuello.

―Pues aprende.

Adrián levantó los ojos.

―Acepto los seis meses si tú aceptas una condición mía.

―No estás en posición de exigir.

―Entonces rechaza el programa.

Maldito.

―Habla.

Se acercó lo suficiente para que tuviera que inclinar la cabeza hacia atrás.

―Cuando te diga algo sobre este restaurante, no vas a decidir que estoy equivocado solo porque me odias.

Tragué saliva.

―Puedo intentarlo.

―No. Quiero que lo prometas.

Pensé en las cuentas.

En Rosa.

En las mesas vacías.

En todo lo que podía perder.

Extendí la mano.

―Seis meses.

Adrián la tomó.

Su palma estaba caliente.

Demasiado.

No soltó inmediatamente.

Yo tampoco.

―Seis meses ―repitió.

―Y después desapareces de mi vida.

Sus dedos apretaron los míos.

―Ese es el problema, Elena.

―¿Cuál?

Adrián me sostuvo la mirada.

―Que todavía no sabes quién de los dos va a querer que me quede.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo